Desde que Marshall McLuhan vaticinó la “aldea global” para un mundo unipolar estandarizado en sus preceptos políticos y culturales, han transcurrido ya varios años. El concepto original tuvo como reproductor de dichas ideas al comunicólogo alemán Gerhard Maleske, autor del libro Psicología de la Comunicación de masas, publicado en 1970 por ediciones de la Ciespal.
Fue en los años ochenta, en 1984, cuando cursábamos la carrera de periodismo en la Universidad Central que Ciespal trajo invitado a Maleske y lo presentó en una conferencia magistral en sus instalaciones en Quito. En aquella oportunidad, Maleske hace gala de su teorización sobre la globalización comunicacional del mundo polemizando con los planteamientos de Nairobi, capital de Kenia, acerca del Nuevo Orden Informativo que superaría al viejo orden desigual y hegemónico de la información internacional en mano de empresas transnacionales. Maleske propugnaba por aquello que aun no se llamaba Internet, que era una gigantesca red mundial interconectada, que Maleske defendió aludiendo al “campo de relaciones de la comunicación como un sistema dinámico complicado de dependencias e interdependencias de los factores participantes”. En otras palabras, una red que aun requería de pantallas receptoras intercomunicadas internacionalmente dispuestas a multiplicar mensajes unidireccionales, emitidos verticalmente desde centros de producción de contenidos hegemónicos, a lo que Maleske llamó la “libertad comunicacional”. Nuestra reacción no se hizo esperar, motivada por nuestra intemperante juventud e intolerancia ideológica de entonces, e imprecamos al maestro Maleske de ser un “vendedor de televisores” y confundir “liberalismo informativo con la liberación de la comunicación que propugnaba en ese entonces el Nuevo Orden Informativo de Nairobi.
La iniciativa de Nairobi fue lanzada a comienzos de la década de 1970, en el Informe McBride como una necesidad por parte de los denominados países en vías de desarrollo e impulsada por el Movimiento de Países No Alineados. Considerando que la información y la comunicación se convirtieron desde el inicio de los procesos de descolonización al comienzo de la Guerra Fría, en una herramienta de dominación, integrada dentro del denominado Imperialismo cultural o como lo definió Johan Galtung, imperialismo comunicacional. El objetivo final era que los países en vías de desarrollo debían pasar de ser receptores de los flujos de información generados por terceros Estados a ser productores y distribuidores de autónomos de información, dejando que cada sociedad regule el control de los flujos de información de acuerdo a su derecho.
Aquella utopía no prosperó y el Internet se convirtió en lo que todos conocemos lo que es hoy: un espacio de restricción comunicacional, espionaje internacional y pérdida absoluta de la privacidad personal. Se había impuesto “la aldea global” de McLuhan, globalización que, como la conocemos, acentuó las brechas económicas y culturales de la humanidad bajo un mundo unipolar en manos del hegemón internacional.
El Internet es violatorio de la libertad de expresión, de la propiedad intelectual y de la privacidad personal. Una de las respuestas actuales a esa realidad consta en el libro Ciudad Copyright, de Conrado Romo, mexicano, publicado por la editorial Tierra Adentro. Diversos ensayos agudos sobre temas como “el desplazamiento territorial, las utopías, la industria creativa y la cultura. Libro autocrítico para artistas, para empresarios y para el Estado lleno de sentencia de este tamaño: “Las burguesías locales se esfuerzan para que las ciudades respondan a las expectativas de los grandes inversionistas; y los gobiernos en turno se postran ante sus chequeras, gobernando ya no para la gente, sino para el capital”. El texto evoca los tiempos en que, entre la juventud de 2011 en Marruecos, Argelia, España, Estados Unidos, México, en todas partes, prosperó la protesta con una nueva cultura política. No obstante, esa fuerza que pretendía cambiar la forma en la que consumimos e interactuamos en Internet se perdió. La “derecha y la extrema derecha tomaron las riendas de ese nuevo mundo digital, y quienes defendían el Internet como un espacio utópico se dieron cuenta de que era una herramienta que podía ser utilizada por cualquier ideología, incluyendo los populismos de derecha”.
La utopía del Internet como derecho humano sucumbió con la aspiracional idea -muy utópica por lo demás- de que la redes representaban un espacio emancipatorio. Una serie de promesas de que el internet podría empoderar a las comunidades y a las personas nos lo hacía pensar, sin embargo, pronto supimos que todo el mundo tiene el derecho de soñar, pero pocas personas tienen la posibilidad de construir ese sueño.
No hay forma de no tener una cultura porque esta es parte de la formación del colectivo como dinámica que no permanece siempre inamovible. La cultura va cambiando, sin embargo, la política, la religión, la economía, la cultura destinada a homogenizar nuestra ideología haciendo de cada uno de nosotros un ser unidireccional, pretende fijarnos como especímenes de un insectario. Solo los artistas están llamados a soñar la diversidad, precisamente porque el papel de los artistas en la construcción de utopías.
Solo esa cultura dinámica, transgresora, nos brinda la ocasión inapreciable de ser libres bajo una visión autocrítica que nos permita “reconocer nuestras contradicciones porque a veces nos posicionamos en una altura moral de la que es imposible salir. El chiste es que reconozcamos la derrota porque no hacerlo causa muchas frustraciones. En algunas comunidades todavía hay una mirada romántica a toda la expresión de la cultura popular y cualquier cosa que sea disruptiva prende alarmas».
Globalizamos la carencia de libertad, la ausencia de privacidad, la limitación de la creatividad cultural comunitaria, atrapados como peces en las redes sociales del Internet en la aldea global, tan similar a una ciudad amurallada.



