Por Patricio Silva Delgado
A pesar de que frecuentemente no poseen una base firme, las convenciones sociales tienen un impacto significativo en nuestras vidas. El ritual del fin de año de: «año nuevo, vida nueva», es un caso evidente. Ayer al igual que el hombre del subsuelo de Dostoyevski, me cuestionaba: ¿desde cuándo un simple cambio de fecha en el calendario puede modificar la esencia de nuestra vida?
Esta ingenuidad en la transformación por decreto de calendario revela, como diría Nietzsche, una fe en «verdades ilusorias que hemos olvidado que existen». Nos aferramos a la ilusión de nuevos comienzos, como si pudiéramos escapar de nosotros mismos simplemente cambiando de año. El cambio verdadero no surge de promesas y artimañas inútiles, sino de una profunda confrontación interna.
Cuando leí a Dostoyevski en Memorias del Subsuelo, me presentó a través de su narrador la complejidad del alma humana, la lucha constante entre la razón y la irracionalidad, la lucha constante entre lo bueno y lo malo. Haciendo un paréntesis, creo que esa novela nació o se inspiró en el momento que estuvo frente al pelotón de fusilamiento que finalmente no se concluyó y terminó con él en el exilio a Siberia para bien de sus lectores. El verdadero cambio, desde esta perspectiva, no se encuentra en la superficie, sino en las profundidades del ser, en esa «lucha en el vacío y la oscuridad, en la caída al pozo profundo» que habla Nietzsche. Es un proceso individual, una batalla interna que se libra contra uno mismo en plena soledad, donde las certezas se desvanecen y la incertidumbre reina. Ese es el verdadero reto, no hay fórmulas mágicas en ese entorno, no son los hitos temporales que pudieran garantizar la transformación del espíritu humano.
Camus, en su filosofía del absurdo, nos recuerda que el universo permanece indiferente a nuestros anhelos de cambio. El mundo no ofrece respuestas fáciles ni significados preestablecidos. El absurdo reside precisamente en esa confrontación entre nuestra necesidad de respuestas y el silencio absoluto del cosmos, dominar ese desamparo, esa ruptura, es lo realmente heroico para el ser humano, no las fatuas y banales declaraciones y promesas de cambio.
El 31 de diciembre, desde esta perspectiva, no es más que un día más en un ciclo que se repite. Sin embargo, podemos rebelarnos contra este absurdo mediante la conciencia y la acción, asumiendo la responsabilidad de crear nuestro propio significado en un mundo cada vez más trivial y líquido, como diría Bauman.
Pero hay otra interrogante que plantea Camus «¿Qué podemos esperar si el pasado no existe y el futuro es incierto?» a lo cual él mismo responde que lo único que tenemos es el presente, el instante fugaz que se nos escapa entre los dedos. Es en este presente donde debemos actuar, donde debemos encontrar la estrategia para seguir adelante, pero obviamente conscientes de la finitud de nuestra existencia. Como en algún momento mi hijo Leonardo me dijo tomando un café no hay que vivir pensando en que será tu último día, sino porque es el hoy y se merece disfrutarlo ante un futuro incierto. El pasado, como diría Berlin, es un campo de batalla de ideas, interpretaciones en constante cambio, ya lo hemos vivido en Ecuador, traiciones, violencia, mediocridad, improvisación, corrupción. El futuro es un territorio desconocido. Solo el presente nos pertenece, pero podemos jugar las cartas correctas y conquistar el futuro.
Los ecuatorianos tenemos un hito real y concreto: la elección de nuevas autoridades. Este evento, más allá de las ilusiones de cambio mágico que puedan proponer los candidatos, representa una oportunidad para la acción, para la participación y rebelión ciudadana, para la construcción de un futuro colectivo. No se trata de esperar pasivamente a que un nuevo año nos traiga la solución a nuestros problemas. Se trata de afrontar la realidad con valentía y responsabilidad, construyamos nuestro propio destino en el presente, que la vida no se rige “por fechas, ni calendarios cuando las ganas se juntan” (caballo viejo).



