El poeta Bertolt Brecht había escrito: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.
En nuestro país un hombre singular que vivió una vida intentando saber la verdad acerca de la desaparición forzada de sus hijos Andrés y Santiago, en manos de la Policía Nacional, cumple con esa sentencia del poeta. Al cabo de esa vida que se extingue a pocos dias de cumplirse 37 años de la pérdida de sus hijos el 8 de enero de 1988, Pedro Restrepo Bermúdez es el luchador de toda la vida de quien el país no puede prescindir de su legado a la hora de luchar por los derechos humanos. Restrepo cambió al país volviéndolo más consciente frente a los crímenes del poder y más solidario con las víctimas de ese poder.
No obstante, aquel fue un aprendizaje adquirido en carne propia de sus hijos, a la luz de la solidaridad con una causa que se hizo común para miles de ecuatorianos de noble corazón. Esa causa y esa solidaridad adquiere un punto significativo en el homenaje póstumo que le tributó el pueblo quiteño en la Casa de la Cultura. Fue un canto a la vida de Pedro Restrepo, el luchador incansable, el padre incondicional, el ciudadano ejemplar. Artistas de la talla de Margarita Laso, Jaime Guevara, Mario Bustos y otros, elevaron su voz melódica para evocar la vida y lucha de Pedro.

Se dieron cita, además, quienes desde hace tres décadas vienen acompañando a la familia Restrepo Arismendi en su constante búsqueda de sus hijos desaparecidos. Desde los primeros instantes en que los niños fueron detenidos por efectivos policiales, luego en su calvario, tortura y asesinato en las instalaciones policiales del tristemente célebre SIC 10, hasta las falsas pistas que llevaron a familiares de los hermanos Restrepo a buscar sus restos en quebradas, lagunas y fosas comunes y, finalmente, la revelación de la justicia de que se trató de “un crimen de Estado”, perpetrado por miembros de la Policía Nacional bajo el régimen de León Febres Cordero. El abuso de poder de un gobierno que convirtió a la represión en política de Estado y al terror en una forma de vida ciudadana.

Bajo ese clima de violencia oficial la familia Restrepo -Pedro, Luz Helena y su hija María Fernanda- se congregaban cada dia miércoles en las puertas del Palacio de Gobierno exigiendo una respuesta acerca del paradero de los niños Andrés y Santiago. A cambio recibían insultos, empujones y golpes de parte de las fuerzas represivas que custodiaban el Palacio de Carondelet, mientras eran cientos y miles quienes los acompañaban en la vigía, en busca de la verdad sobre el destino final de los hermanos Restrepo. En esa incesante búsqueda de los niños desaparecidos perdió la vida Luz Helena Arismendi, la madre que recorría el país en busca de sus hijos hasta que un accidente de tránsito la sorprendió en la carretera. Pedro Restrepo había llegado al país procedente de Colombia con su esposa en el año de 1970. Aquí nacieron sus hijos Santiago, Andrés y María Fernanda, junto a ellos compartían una convivencia normal hasta que la tragedia se cruzó en sus vidas.
María Fernanda evocó la vida junto a su padre, señalando que él nunca permitió que el dolor, la angustia y el miedo alteraran su existencia de niña. Un padre amoroso, tremendamente preocupado de su familia, sabio en sus decisiones, amante de la música clásica y de la buena lectura fue cultivando los valores de sus seres queridos, que nunca negó nada a su familia. María Fernanda reiteró que su padre “transformó a Ecuador, transformó mentes, corazones, unió gente, les dio voz y esperanza, les dijo: nadie se calla, hasta que no aparezcan nuestros niños, nadie se calla”. Y para su nieto Pedro, el abuelo fue un superhéroe: “no tenía capa, no volaba, pero combatió a los malos, a banderazos cuando le cerraban la Plaza Grande para poder ingresar una y otra vez, cercada por cientos de policías a la redonda, con bombas, y la familia arrastrada por el piso. Porque el crimen fue tan brutal que nunca lo encararon estas fuerzas oscuras. Mientras no se resuelva el crimen y entreguen el más mínimo resto de mis hermanos ellos van a seguir existiendo en las mentes y en los corazones de todos, pero con amor”.

Entregado a la formación de sus hijos la vida dio un vuelco cuando los dos varones fueron detenidos y asesinados por la policía. Restrepo acudió al llamado del amor por su descendencia, sin odio ni venganza contra sus asesinos, buscó la justicia y consagró su vida a esa causa impostergable. Hasta que un día su salud se quebrantó condenándolo a residir dos años y medio en la sala de un hospital, con una insuficiencia respiratoria crónica y una parálisis generalizada del cuerpo. En esas circunstancias nunca perdió la fortaleza espiritual ni la capacidad de resistencia física, hasta que su corazón dijo basta.

María Fernanda relató que su padre murió estrechando su mano y con una serenidad propia de quien emprende la partida en paz, luego de hacer realidad una verdad muy suya, convertido en referente imprescindible de la defensa de la vida y la lucha por los derechos humanos. Pedro, según su hija, “murió alegre, con una sonrisa en lo mejor de su ánimo, dentro de todo su dolor (…) y hasta el final luchó, no paró un instante por sus hijos, porque él decía: el día que no haga algo por mis hijos, no puedo dormir”.
Pedro Restrepo Bermúdez con su vida y muerte confirma la condición vital que subraya Brecht en sus versos como el ser humano imprescindible, cuyo ejemplo estimula a que la humanidad luche por hacer realidad los versos de Neruda: Por estos muertos / nuestros muertos / pido castigo para el verdugo que mandó esta muerte /para el que dio la orden de agonía / para los que defienden el crimen pido castigo / no los quiero de embajadores / tampoco en sus casas tranquilos / los quiero ver aquí juzgados en esta plaza en este sitio.



