No deja lugar a dudas el hecho de que estamos condenados a seguir padeciendo la confusión entre libertad de expresión y prensa y libertinaje de contenidos de programas de la más baja calidad televisiva y periódica, difundidos en diarios, radios y cadenas de televisión locales.
Un llamado a la paciencia de los públicos condenados a la programación tal y cual la conocemos, resulta ser un abuso de confianza con nuestros lectores: pidiéndoles soportar contenidos coludidos en la mediocridad, reiterativos, sensacionalistas, carentes de mensajes veraces y próximos al peor gusto y la ignorancia o faltos de cultura y sentido educativo.
¿Qué tiene que ver la libertad de prensa con la irresponsable emisión de contenidos de dudosa intención de la televisión abierta en Ecuador, que debería emitir espacios diferentes en otros horarios y para la diversidad de una teleaudiencia que se rehúsa a ser objeto del telemercadeo, el rating y la publicidad mentirosa?
En realidad, nada. Excepto por el discutible divertimento que pretenden brindar ciertas películas de añeja producción, copan los horarios los concursos triviales sin propósito formativo o conocimientos que eduquen a niños, niñas y adolescentes. Como guinda del pastel, los programas faranduleros campean en todos los horarios con su secuela de chismes e impertinencias transmitidas por presentadores que hacen gala de sus modales afeminados y cursis o mujeres de apariencias prostibularias, en el convencimiento de que aquello forma parte del televisivo morbo del público, que se solazan en hacer revelaciones y denuncias de discutibles contenidos éticos y estéticos. Abusos sexuales, acosos laborales y violaciones que son materia de debates, “exclusivas” y polémicas entre “talentos de pantalla” y artistas del chapuceo farandulero de todo tipo.
Los escándalos de turno relativos a la vida privada de animadores, locutores, personajes de realitys, modelos, actores, actrices, bailarinas y bailarines, están a la orden del día en los guiones de la programación diaria de estos “programas” de farándula, transmitidos de canal en canal, a través de shows y concursos bobalicones que les proporcionan el cuarto de hora de popularidad, conforme el alboroto televisivo de moda cada semana.
¿Qué más podemos esperar el público mediático?
Lo mismo de lo mismo entre espacios de formatos claramente repetitivos de productoras y áreas de “contenidos” de los canales donde limitados “realizadores” hacen lo suyo, yendo de canal en canal en cada temporada de acuerdo con las posibilidades de incrementar sus ingresos, sin importar la calidad ni los atributos éticos o estéticos de sus “productos” mediáticos.
No es de extrañar que oficios y competencias estén confundidos en los medios tradicionales. Abogados, ingenieros o doctores que ofician de opinadores redactando editoriales, sin título profesional de comunicadores o ex burócratas de servicios públicos, exjueces, expolicías y médicos especialistas dedicados en diversos programas a comentar, recomendar productos y hasta analizar situaciones judiciales, de salubridad, educación y conocimientos básicos de psicología junto a lecturas del tarot y otras “ciencias” esotéricas. Y lo hacen con un común denominador: un sentido moralista, “políticamente correcto”, según su acomodaticia postura ante la vida.
Mientras esto ocurre en los medios tradicionales, las redes sociales se ven inundadas de las mal llamadas “fakes news” que no son sino lisa y llanamente mentiras, falsedades que nada tienen que ver con el concepto técnico de noticias, pero que son el caldo de cultivo de cada día, como receptáculos de informaciones de los más oscuros orígenes y transmitidas por fuentes igualmente cuestionables.
Y esto ocurre en el país, a vista y paciencia de organizaciones gremiales como colegios profesionales y asociaciones que perdieron hace rato su rol de entidades de derecho que resguardaban la tuición de ética y códigos de comunicación y que, en la actualidad, amparan a un reducido número de socios que se benefician de privilegios gremiales que les otorgan, como casas vacacionales y clubes de esparcimiento para periodistas en ejercicio en canales de televisión, prensa, radio y otros medios.
Esta realidad explicaría los excesos mediáticos, las incertezas de contenidos y las más repetitivas formas de hacer periodismo en nuestro país, por parte de una clase profesional que ostenta el rótulo de “cuarto poder”, como comunicadores, noteros, reporteros y otros integrantes de la fauna y flora mediática, que se mantienen acreditados ante fuentes informativas para diversos medios de comunicación amparados en una mal entendida libertad de prensa. Y que una ley de comunicación, desnaturalizada en sus objetivos originales, resulta incapaz de regular deficientes programas ofrecidos como “productos de mercado”, con los resultados que tenemos que soportar cada día en pantallas de televisión, emisoras de radio y periódicos locales.



