Por María Eugenia Yumiceba y Nathaly Ron*
El duelo es uno de los temas profundos y universales por su complejidad que, en algún momento de nuestras vidas, a todos nos toca vivir. La palabra «duelo» proviene del latín duellum, que significa «combate», y de dolus, que se traduce como «dolor», entendiéndose como esa lucha y proceso complejo de dolor ante la pérdida de algo querido. En alemán, la expresión trauern se traduce como «hacer duelo» y se relaciona con la idea de «caer», reflejando cómo nos sentimos cuando enfrentamos una pérdida: como si nos desplomáramos, abrumados por el peso del dolor.
No obstante, es importante tomar en cuenta que el duelo es una experiencia emocional rica y multifacética que atraviesa cada dimensión vital, Jorge Montoya Carrasquilla lo expresa con claridad: “En ninguna otra situación como en el duelo, el dolor producido es total: es un dolor biológico (duele el cuerpo), psicológico (duele la personalidad), social (duele la sociedad y su forma de ser), familiar (nos duele el dolor de otros) y espiritual (duele el alma). En la pérdida de un ser querido duele el pasado, el presente y especialmente el futuro. Toda la vida, en su conjunto, duele”.
Sin embargo es fundamental reconocer que no solo surge ante la muerte de un ser querido, sino también ante otros tipos de pérdidas significativas en nuestras vidas, como el final de una relación, la pérdida de un empleo, el sufrimiento por la partida de una mascota o la migración. Cada una de estas experiencias trae consigo un dolor único y trascendente.
Otra particularidad del duelo es que el sentimiento de pérdida puede comenzar incluso antes de que ocurra la pérdida misma. Por ejemplo, al recibir un diagnóstico grave o al enfrentar el temor a perder algo valioso. Este duelo anticipado puede ser tan intenso como la pérdida en sí misma.
Este artículo hace referencia al duelo que sentimos por la muerte de un ser querido. Este tipo de dolor es incomparable; cuando amamos a alguien, su ausencia deja un vacío inmenso en nuestras vidas. La pregunta de rigor: por qué no se nos prepara desde pequeños para enfrentar la muerte. En una sociedad que vive de espaldas a ella, tomándola como un tabú y rodeándola de silencio, es realmente difícil encontrar herramientas o espacios para aprender a afrontar y vivir nuestros procesos de duelo.
Una salida posible
Lirium es un proyecto gestado desde la tanatología – disciplina que estudia la muerte y el duelo-, y la psicología clínica, para acompañar de forma integral y empática a los dolientes, desde la terapia uno a uno, pero también desde talleres, formación continua, capacitaciones y contenido de calidad en redes. Según esta terapia, hablar de duelo es hablar de salud mental.
La realidad es que no hay una forma fácil de estar listos para dejar ir a quienes amamos. Sin embargo, podemos hablar sobre sus vidas y los recuerdos compartidos. Conocer las historias, anécdotas y deseos de nuestros seres queridos puede ayudarnos a honrarlos y afrontar su ausencia con amor, permitiéndonos generar un camino de honra y legado que nos ayuda no solo ha afrontar el dolor sino también ha seguir amando y construyendo nuestras vidas. El duelo es esencialmente transformador.
Elisabeth Kübler-Ross también nos ofrece una perspectiva valiosa: “Nuestro duelo es tan propio como nuestra vida. Las cinco etapas —negación, ira, negociación, depresión y aceptación— forman parte del marco en el que aprendemos a aceptar la pérdida de un ser querido”. Su modelo nos ayuda a comprender que cada uno de nosotros vive este proceso a su manera.
El proceso del duelo no es lineal; está lleno de etapas y emociones variadas. Es normal experimentar tristeza, ira, culpa, soledad y desesperación en diferentes momentos. Aprender a navegar por estas emociones no significa dejar de sentir dolor u olvidar a quienes han partido; se trata de aprender a vivir con su ausencia y encontrar formas significativas de honrar su memoria.
Una pregunta frecuente es: ¿cuánto tiempo durará este proceso? No hay una respuesta única. Algunos especialistas dicen que puede durar un año, otros mencionan seis meses o dos años. Lo cierto es que el tiempo es incierto, subjetivo y depende mucho de nuestra disposición para expresar lo que sentimos y vivir nuestro dolor sin miedo al juicio ajeno. Frases como “ya ha pasado mucho tiempo” o “debes ser fuerte” pueden hacer que quienes están sufriendo se sientan incomprendidos y aislados.
Es fundamental recordar que estar en duelo no es algo negativo, es una parte necesaria del proceso de sanación. Ignorar o reprimir estos sentimientos solo prolongará el sufrimiento. Permitirnos sentir y compartir nuestro dolor es esencial para avanzar hacia la sanación.
En conclusión, el duelo es un viaje personal y único para cada uno de nosotros. Aunque nunca dejaremos de extrañar a quienes amamos, podemos aprender a vivir con su recuerdo y encontrar consuelo en las memorias compartidas. Al final, el amor que sentimos por ellos siempre estará presente en nuestras vidas, guiándonos y dándonos fuerza mientras seguimos adelante. Está bien sentir dolor, lo importante es permitirte vivirlo y buscar apoyo cuando lo necesites. El duelo como parte de la muerte, es parte de la vida. Lo importante es aprender a vivir con ambos.
*Psicólogas clínicas



