Por Patricio Silva Delgado
Iniciaré con una pregunta ¿hasta dónde nos llevará la búsqueda de la utilidad a través de la tecnología? Cuando Descartes propone a la razón como argumento para acceder y procesar el conocimiento, estoy seguro, no se imaginaba en prospectiva la ruptura del oscurantismo enrumbado hacia la modernidad, tampoco se imaginaba la posibilidad de que el ser humano creara un aparato tecnológico que comprendiera y procesara ordenes deterministas que le dieran respuestas puntuales a sus inquietudes y menos aún que pudiera interactuar o conversar con otro aparato como si se tratara de un ser humano que conoce e hila lógicamente un cumulo de conocimientos que ni en sueños y peor en toda su vida pudo él solo haber acumulado, cabe especular en su asombro, en sus inquietudes filosóficas y éticas con respecto a este enfrentamiento del hombre frente a la máquina, frente a la inteligencia artificial.
Han pasado 4 siglos desde que el hombre estaba rompiendo el cascarón de los poderes feudales, de la iglesia, del dogma, de la escolástica, no todo ha sido éxito, muchas de esas tenazas de opresión se mantienen, se mimetizaron, se volvieron camaleónicas y evolucionaron de forma sofisticada funcionalizando instituciones que legitimaron su accionar como el caso de la democracia, las sectas religiosas y las metodologías educativas. Este proceso histórico permitió la vigencia del sistema de producción capitalista que utiliza correctamente los mass media como instrumento de manipulación y dominación, parafraseando a Byung-Chul Han el sistema de producción se autoperfeccionó a tal punto que no necesita de verdugos y capataces, somos nosotros quienes nos autoexplotamos y perennizamos el sistema.
Ante el avance del conocimiento, las tecnologías aplicativas y las IA se configuran como un hito crucial e importante para la humanidad. Las IA se constituyen en la nueva ruptura epistemológica, la disrupción entre la posmodernidad y la realidad general. Iniciaron como todo proyecto, tratando de solucionar las cosas simples y cotidianas, sus algoritmos eran deterministas, procesaban ordenes específicas sobre un archivo de conocimiento determinado, un ejemplo es Alexa y Siri, responden a temáticas concretas, si Juan solicita: “reproduce Gema de los Panchos” lo hacen, pero si les preguntas sobre un análisis del entorno político de Ecuador, su capacidad será igual a la del actual Presidente, no saben o responden incoherencias, su algoritmo no tiene la capacidad de procesar esa información. Sin embargo, hay otras IA llamadas generativas que tienen la capacidad de realizar ese tipo de análisis porque no solo acumula información, sino que se auto entrenan y perfeccionan para responder preguntas incluso más sofisticadas y complejas de forma mucho más efectiva que especialistas humanos en cualquier campo del conocimiento, caso de Chat GPT, Gemini, etc. Estas herramientas son capaces de generar textos creativos y coherentes, lo que plantea nuevas preguntas sobre la naturaleza de la creatividad y la originalidad. ¿Es la creatividad un producto exclusivo de la mente humana, o puede ser replicada por máquinas?
Llegar a ese nivel ha significado mucho esfuerzo y miles de pruebas de ensayo-error, en la actualidad el abanico de posibilidades se expande más y no se avizora límites para su desarrollo y crecimiento.
Los grandes capitales y las grandes corporaciones libran una batalla imperceptible y silenciosa, muy hermética dada su importancia y la posibilidad de ser un mecanismo idóneo para posicionar a estas corporaciones en la cima de la acumulación económica y del ejercicio del poder real. Lo que llama la atención es que en ese entramado no se discute las implicaciones éticas que tendrá el crecimiento, la importancia y la aplicación de las IA en el desarrollo de la humanidad, los gobiernos y la sociedad esta ausente de las consecuencias éticas, filosóficas y políticas de la incursión de las IA en nuestras vidas.
Heidegger en su propuesta del Dasein, en el texto de Ser y Tiempo, advertía sobre la posibilidad de que la tecnología deshumanice a la sociedad, que nos vuelva menos conscientes de nuestro ser y nuestra existencia «la esencia de la técnica no es nada técnico» es, por tanto, una invitación a reflexionar sobre qué tipo de humanidad queremos construir en un mundo donde la utilidad y la alienación tecnológica compiten por definirnos. Hans Jonas en su texto El principio de responsabilidad, sostiene que, si bien la tecnología ayuda a transformar el mundo, no todo esta orientado para el “bien” en el sentido platónico, sino que trae riesgos que afectan la conservación de la naturaleza y por ende pone en riesgo la misma existencia humana. Foucault en su teoría del poder aborda la coexistencia e interacción del poder y el conocimiento (biopolítica), para él, «el poder no se localiza simplemente en las instituciones, sino en la red que forman el saber y los discursos» el conocimiento puede generar mecanismos e instrumentos de control y sometimiento de la sociedad.
En este contexto no cabe conclusiones, caben preguntas e interrogantes. ¿Podemos como seres humanos desarrollar IA de forma ética y responsable? ¿Las IA son un espejo de nuestras ambiciones, temores y mitos con respecto a nuevas formas de organización social? ¿Cabe regular el desarrollo de las IA? ¿Se viene un nuevo orden mundial donde la supremacía la ostente las IA? ¿Es la inteligencia simplemente la capacidad de procesar información y responder a estímulos, o implica algo más profundo, como la conciencia y la capacidad de sentir? Si la IA logra simular la inteligencia humana, ¿qué nos hace verdaderamente humanos?



