A la luz de la praxis política vemos que las grandes transformaciones sociales en la historia de la humanidad fueron hechas por miembros de las nuevas generaciones. La idea de redimir al mundo, las revoluciones que eximieran a la sociedad de las injusticias sociales, así como las luchas libertarias por la Independencia de nuestros países del yugo colonial, en su momento, fueron emprendimientos de jóvenes que aún no cumplían los treinta años de edad.
En periodos claves de la historia la juventud representó una alternativa de transformación social, de cambio revolucionario, de inauguración de nuevas formas de vida, sin embargo, en algún momento los jóvenes dejaron de soñar un mundo nuevo y de luchar por conseguirlo. Es en la sociedad capitalista con sus valores de individualismo, propiedad privada sobre los recursos vitales, obsolescencia y descrédito de las ideas y el reemplazo de la política por una enajenante tecnología, cuando la juventud abandona su vocación renovadora de la vida.
La imagen del joven pasivo y desinteresado en los asuntos políticos ha adquirido tal fuerza en el discurso social que se ha convertido en una característica distintiva de la juventud contemporánea.
La confirmación de esta tendencia salta a la vista. No por casualidad los políticos profesionales identifican a la juventud como una reserva que pueda acompañar viejas iniciativas y apoyar conservadoras propuestas electorales. En Ecuador, desde hace una década, la juventud viene observado un comportamiento electoral reaccionario, otorgando el voto a viejos politicastros sin voluntad de cambio o a improvisados oursiders de la política, sin ninguna experiencia para gobernar.
A un candidato vetusto le bastó calzar zapatitos rojos para cautivar el voto de un electorado juvenil inmaduro. Aquello sirvió para que sectores políticos que profesan ideas periclitadas, es decir, anti juveniles, se entronizaran en el poder con nefastos resultados para el país. Luego, un candidato espontáneo, valiéndose de mensajes superficiales en la red social TikTok y de su imagen de muñeco de cartón, obnubiló a una generación joven y se alza en el poder representando, en la práctica, viejos intereses de una clase empresarial obsoleta en sus propósitos.
Pese a ello, en Ecuador el populismo demagógico otorgó derecho a voto a los adolescentes de 16 años de edad, de manera irresponsable y oportunista, acaso pensando que este segmento de la población podría contribuir con su opinión electoral a la solución de los problemas nacionales. No obstante, la inclinación de los jóvenes en sondeos de opinión muestra una tendencia contraria.
La gran mayoría de los jóvenes parecen relacionarse con el mundo de la política de manera uniforme, distante y desconfiada, atrapados en una maraña de factores estructurales e institucionales que escapan a su capacidad de decisión
¿Qué sentido tiene otorgar derecho a voto a niños de 16 años de edad que no tienen poder de decisión, claridad política, ni voluntad de cambio? Esta pregunta cobra mayor vigencia cuando encuestas ciudadanas señalan que los jóvenes muestran desinterés por la política, desconfianza en los partidos políticos e indecisión en su preferencia electoral.
Se trata de un conglomerado de 4 millones de electores entre 16 y 29 años de edad, un tercio del electorado de 13.736.314 votantes, que ejerce un derecho de manera irreflexiva, objeto de la demagogia política de candidatos dispuestos a ofrecer cualquier promesa que luego incumplen.
Una encuesta de la empresa Cedatos señala que 7 de cada 10 ciudadanos menores de 35 años no se identifica con los partidos políticos. Mientras que de los menores de 25 años solo el 17% tiene afinidad con los partidos y un 76,2% expresa rechazo.
Podemos colegir que la decepción de los jóvenes se debe a los candidatos que, al llegar al poder, no cumplen sus promesas. Algunos políticos proponen hacer “política útil”, que se traduzca en resultados tangibles. No obstante, dicho “utilitarismo” contradice el rol de la política como gestión generadora de ideas.
¿Hasta qué punto los medios de comunicación son responsables que frecuentemente muestran solo los aspectos negativos de la política? Algunos proponen comunicar de manera “profunda y educativa” ¿tiene sentido hacerlo en un contexto ideológico que banaliza la política?
La reversión de esta realidad no es para nada fácil. Solo un cambio politico y social lo haría posible, a través de una revolución educativa dentro y fuera del sistema educacional formal. Sin embargo, a eso se opone la juventud instalada complaciente en una zona de confort de la cual no requiere salir, con una cultura acrítica de respuestas fáciles que fomenta una conducta acomodaticia, que no suscita rebeldía juvenil sino todo lo contrario.
Para esa juventud el cambio social puede esperar, redimir al mundo es cuestión ajena, hacer la revolución es cosa de locos idealistas, liberarse de las injusticias cuesta trabajo, lo realista es dejar de soñar un mundo nuevo. Es posible que conservar un mundo al revés sea lo políticamente correcto. No obstante, los jóvenes llegarán a viejos, cuando será irremediablemente tarde para cambiar el mundo.
Es imperativo reflexionar sobre cómo es ser joven en la modernidad tardía y los procesos dinámicos que moldean sus experiencias vitales y orientan su transición a la vida adulta. Conocer más acerca de cómo los jóvenes viven su juventud permite entender mejor cómo plantean su relación con el mundo de los significados y las expresiones políticas.



