Muchas veces hemos dicho que la política es el arte de hacer que las cosas sucedan. Olvidamos decir que los políticos creen que da lo mismo que suceda cualquier cosa tras la búsqueda del poder. Incluso la corrupción o la demagogia, que en política suele ser la más flagrante mentira. La tentación por la corrupción habita en todos, en el bicho humano indistintamente. Todos podemos sucumbir a ella.
¿Por qué unos toman la coima y otros prefieren rechazarla? Los políticos roban cuando presumen que hay impunidad, que no los van a descubrir, que más rápido se descubre un mentiroso que un ladrón, sin embargo, mienten y además roban. Unos mienten porque son pusilánimes, otros por hipócritas. La mentira es el rostro cobarde y falso de la política. Sobre todo, de la política del simulacro, del político vergonzante que no se atreve a reconocerse y aceptarse a sí mismo e incurre en la disonancia cognitiva de la que hablaba Festinger, afirmando una cosa y haciendo luego otra. El impostor de tomo y lomo, politiqueros falsetas que simulan y disimulan, que fingen y luego ocultan, que desdoblan su personalidad y sus acciones en una constante impostura.
En este país los políticos por lo general terminan presos, prófugos o amnistiados en un Ecuador que se jodió y que para muchos no tiene arreglo, es una cosa sin remedio. En nuestro país para entender la política hay que ir a las páginas de crónica roja, al mundo del hampa para saber quién está preso, fugado o sentenciado y casi todos son políticos.
¿Cuándo y cómo se jodió Ecuador? Ocurre porque no hay institucionalidad, no porque la gente sea mala, sino porque no hay partidos políticos serios, porque no hay responsabilidad política. Así de simple. Porque en Ecuador elegimos en el poder al primer improvisado que asoma con el rótulo de outsider, lo cual equivale a decir inorgánico e incapacitado para gobernar. Un ignorante que soslaya el conocimiento de las leyes. Que no conoce la historia, no tiene sentido del humor, pero que presume de ser políticamente correcto, es decir de derechas y conservador de ciertos “valores” considerados universales y válidos para dizque encausar el progreso humano, aun en medio del fin de las democracias occidentales tal cual las conocemos, rondando siempre el límite de la ley: tipos “demócratas” con ciertas ofertas facilistas y demagógicas.
Borges decía que la democracia es una curiosa exageración de la estadística, un abuso de ella, y tenía razón. Aquellos políticos improvisados, incapaces y demagógicos son elegidos por las mayorías, pero no siempre la mayoría tiene la razón, la mayoría no es la voz de Dios, porque la voz del pueblo es la voz del pueblo, sin intermediarios. Una mayoría aplaudió a Hitler y a Mussolini, la mayoría era franquista en España, la mayoría en Chile, en un momento dado, fue pinochetista. La mayoría no es iluminada.
La mayoría suele sucumbir ante los cantos de sirena de los caudillos populistas. Y los populistas juegan al puritanismo. Juegan a ser inmaculados, admiran al Opus Dei, son impolutos, posan de intachables. ¡Cuidado con el puritanismo! Estos políticos puros son, además, vergonzantes, se camuflan, fingen ser lo que no son ni lo serán jamás. Simulan perfección, todo les tiene que cuadrar, la suma y la resta, el déficit y el superávit. Olvidan que la vida es otra cosa, la vida que son sentimientos, deseos, aspiraciones populares que les son ajenas.
El líder político auténtico debe tener un perfil humano. Sin embargo, ese político que se le opone y que por lo general es de derechas, ofrece orden, tranquilidad, equilibrio y termina dando todo lo contrario, caos y crisis. Le niega al pueblo sueños y realizaciones. Es por lo general un anarcocapitalista no libertario, sino un neoliberal. No son políticos de verdad, sino de mentiras. Una banda de truhanes que merecen salir del poder al menos por un rato en la historia.
Con ellos la política no puede ser el arte de hacer que las cosas sucedan, porque suelen suceder cosas como el drama que vive hoy el Ecuador. Responsables de aquello son los políticos de mentira, que actúan impunemente cuando presumen que no hay vigilancia popular. Y, con razón o sin ella, le asiste una cruda realidad.



