A cada país le llega su momento, la crisis no es un estado ininterrumpido, hay periodos en que se vuelve casi imperceptible y otros en que se agrava. Los Estados Unidos no es una excepción como nación en la que la crisis tiene sus altos y bajos, sus periodos de mayor intensidad y como resultado sus momentos en que pierde el rumbo, se extravía y muestra su lado vulnerable.
Es lo que algunos llaman la hora de los halcones. Un escenario político internacional y una coyuntura nacional de un país agobiado por la crisis, la violencia, y otros problemas colaterales. Hoy el norteamericano medio se siente inseguro porque se da cuenta de que el piso se le mueve, y porque no ve camino de salida en el marco de los retos que tiene por delante.
Múltiples son los asuntos que agobian hoy la vida de los norteamericanos, diversos sus problemas internos y amenazas externas. El principal síntoma crítico del país del norte es, sin duda, su economía por la caída de la producción interna y la migración de sus grandes empresas con diversas compañías norteamericanas que decidieron producir fuera de las fronteras de su país, tratando de reclutar mano de obra barata. No obstante, aquello comporta un riesgo: al interior del país ha caído el empleo, se han perdido puestos de trabajo y se ha debilitado la capacidad de consuno de la población. Por tanto, ha crecido la pobreza y sus consecuencias sociales se han tornado más evidentes.
Una amenaza exterior por la presión de una migración fuera de control es otra fuente de conflicto social agudo. La población africana y latinoamericana ha crecido en forma sustancial, desempeñando funciones y tareas que si bien no son cubiertas por los norteamericanos, de todos modos suelen invadir mercados habitualmente “cerrados”. La zozobra e inquietud entre los estadounidenses no se han hecho esperar, y a su angustia se suma la vivienda, que resulta cada vez más escasa y costosa; y la salud, ciertamente carísima. Quien no tiene Seguro que lo ampare simplemente no puede darse el lujo de enfermarse en los Estados Unidos. El país del sueño americano hoy muestra una realidad de pesadilla: 60 millones de pobres, lo que implica virtualmente una población en condiciones de abandono social. Incluso en ciudades como Hollywood, paradigma de “una vida de película”, antes centro indiscutido de bonanza y riqueza hoy es un territorio en el que surgen elevados signos de pobreza, y aún de pobreza extrema en una sociedad tradicionalmente boyante. En ella el descontento parece un guión de película de terror. Hoy, en Estados Unidos, la miseria no es privativa de negros o migrantes, es un tema propio del norteamericano de origen anglosajón.
No obstante, de manera incomprensible el Estado norteamericano gasta enormes recursos en guerras. Financia operaciones militares de gobiernos cuestionados, como Ucrania e Israel. Mantiene más de 900 bases en el exterior, y tiene alrededor de 200 mil soldados dispersos en numerosos países. Este absurdo es la otra cara de la crisis que alienta conflictos en diversas regiones y produce ingente cantidad de armas que comercializa para una economía de guerra que de ese oficio se deriva, sin embargo, no le permite encarar las precariedades financieras internas, puesto que la economía de guerra es un paliativo, pero no una cura para profundas heridas sociales.
En este panorama de crisis, observadores constatan la presencia de halcones que pregonan la “mano dura”, sugieren sacrificios y norman una austeridad que jamás acatarán ellos, sino que impondrán a los americanos de clase media y baja y a los países de su patio trasero.
Los halcones tienen nombre y apellido, según analistas, son los cuatro extremistas del gobierno de Donald Trump: Marco Rubio, Secretario de Estado; Tom Horman, en Migraciones; Peter Hegseth en Finanzas; y John Ractifle en la CIA constituyen la versión gringa de la banda de los 4 que harán de las suyas en el poder en los próximos cuatro años.
Si bien no son los republicanos quienes hacen las guerras, sino los demócratas, aquella afirmación refleja una realidad del pasado. Hoy las cosas son distintas, el Pentágono dejará al neonazi ucraniano Zelensky sin apoyo, lo cual le obliga hoy a hablar “de paz”, pero eso no aleja el riesgo de una conflagración mayor, puesto que la OTAN deja en libertad a Kiev para tensar la guerra hasta el límite con la idea de bloquear un proceso de paz, mientras Trump se concentra en el Oriente Medio y en América Latina. La odiosidad contra el pueblo Palestino hace que EE.UU cierre filas con el Estado genocida de Israel, pero los dardos de la Casa Blanca, en verdad, apuntan a Cuba, Venezuela y Nicaragua, en la hora de los halcones. Los latinoamericanos debemos estar alertas ante la crisis de los Estados Unidos.



