El triunfo abrumador de Donald Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, visto desde el caleidoscopio de la izquierda, podría interpretarse como un cambio en la correlación de fuerzas, como se suele decir en el lenguaje ortodoxo. La metáfora es afortunada, puesto que ese tubo ennegrecido interiormente que encierra dos o tres espejos inclinados y en un extremo dos laminas de vidrio, es el artefacto caleidoscópico que muestra la realidad como un conjunto diverso y cambiante, con varios objetos de forma irregular cuyas imágenes se ven multiplicadas simétricamente al ir volteando el tubo, a la vez que se mira por el extremo opuesto. Ese aparatejo estimula la creación de imágenes mentales al punto de ver la realidad tal cual la imaginamos, que nos hace ver la vida como un modelo para armar. Algo similar ocurre en la política real vista desde la perspectiva de la izquierda que permite múltiples interpretaciones a la tendencia hoy bifurcada en “las izquierdas”.
Acalladas las armas de la Segunda Guerra Mundial, ante el protagonismo de la URSS y el triunfo revolucionario en China (1948), el mundo se estableció con un equilibrio pendular conocido como Guerra Fría. Luego de que el fascismo europeo durante la guerra había encarnado la extrema derecha y asumirse como tal era políticamente incorrecto, en nuestro país Ecuador al calor del llamado “retorno a la democracia” y en la polarización partidaria que advino después, nunca la izquierda representó una alternativa de poder real más allá de una utopía electoral reciclada cada cuatro años. Sería entonces un economista costeño de clase media quien le arrebató el proyecto con un lenguaje populista, una conducta organizacional inorgánica y políticamente “correcta” al distanciarse de la partidocracia tradicional y parasitaria del Ecuador. Fue aquello que se popularizó como política progresista que encarnó la década de Rafael Correa encumbrado en el poder.
En los países dependientes de los capitalistas metropolitanos, como el nuestro, el progresismo adoptó políticas socialdemócratas que beneficiaban a la clase trabajadora. El objetivo del Estado de bienestar social era evitar ser atraídos por la agenda comunista. Entonces, la derecha decidió “salir del clóset” y mostró su rostro -hasta entonces vergonzante-, con una sonrisa conciliadora que hizo aparecer la polarización ideológica ya no como una contradicción de clase entre izquierda y derecha, sino entre derecha y extrema derecha como resultó ser la lucha electoral estadounidense, y que en nuestro país tiene expresión hoy en la bronca personal entre Noboa y Topic por el liderazgo criollo de la tendencia, con una derecha convencional que respeta las reglas de la democracia burguesa y la derecha extremista que las ignora y adopta una postura autocrática.
En el concierto internacional, la elección de Trump es la cereza que faltaba en el pastel de la derecha en el mundo, pastel que se vino horneando desde que se diera la “restauración conservadora” en el nuevo milenio y que repartió la torta entre diversos países latinoamericanos.
Luego de la victoria electoral de la extrema derecha en los Estados Unidos, la posición de la izquierda en la región es crítica, al extremo que electoralmente no cuenta con buenos augurios en los comicios por venir. Es probable que en las elecciones presidenciales se repita la consabida fórmula regional de una segunda vuelta con “todos contra el progresismo”, que asegure el triunfo de un candidato único de la derecha y una merma en la representación parlamentaria de la izquierda y el progresismo.
La alternativa política de la tendencia es lidiar en las redes sociales en la tarea de generar contenidos con mensajes asequibles de análisis de coyuntura, datos de los gobiernos progresistas, desmentidos de los fakenews de la derecha, propuestas de campaña, etc. Mensajes que deben obligadamente estar en manos de profesionales de la comunicación digital, comprometidos ideológicamente con el progresismo, capaces de crear orientación en un lenguaje popular y formalmente atractivo para conseguir el impacto conceptual y visual requerido.
Amerita recordar que las victorias electorales del progresismo fueron conseguidas luego de un efectivo trabajo de base, de organización ciudadana, con mensajes claros, con unidad y disciplina partidista y un liderazgo decidido y audaz. Todos estos ingredientes mezclados en una fórmula política que acerque la tendencia al pueblo llano con una eficiente y sincera política de alianzas con aquellos sectores políticamente coincidentes que se encuentran entre el sindicalismo y el indigenismo local.
Si el progresismo ecuatoriano no elimina de los libreros los recetarios de complacencia electoral, los catecismos políticos conservadores y no retoma los textos que tratan la política como un hecho objetivo y los difunde en grupos de capacitación política a militantes, asume la ética como un principio no negociable y trastoca en su caleidoscopio la visión “reformista” por un proyecto real de cambio social, su derrota está a la vista en el 2025, como un nuevo coletazo latinoamericano de la era Trump.



