Desde que el poeta idealizó a la juventud como un divino tesoro muchas expectativas se cifraron en la conducta política y social de las nuevas generaciones. El viejo adagio de que la política revolucionaria es un mal de juventud, gravita aun en las viejas hornadas que consideran que los años verdes, son verdes por ser adolescentes, es decir que adolecen de la sapiencia que les haga ver la vida con mayor objetividad. Ser joven en un momento llegó a ser sinónimo de rebeldía y de cambio, y luego la madurez para muchos un mal necesario fue anquilosando los sueños, postergando las realidades y enterrando en el baúl de las frustraciones los mejores anhelos juveniles.
En los anales de la historia quedó el protagonismo de jóvenes que en un promedio de treinta años de edad fundaron el mundo o se dispusieron cambiarlo. Los grandes pensadores griegos fueron jóvenes, los conquistadores romanos igual, los libertarios que se rebelaron contra las monarquías medievales del mismo modo fueron muchachos, los revolucionarios anticapitalistas también tenían menos de treinta años.
En la modernidad y posmodernidad la juventud cedió protagonismo a los mayores que se apropiaron del mundo con su sapiencia y experiencia y lo frenaron en su ímpetu de cambio, mientras que la juventud se obnubiló con la tecnología digital y comenzó a ver el mundo desde esa perspectiva, en tanto los mayores conservaron los viejos prismas políticos y sociales.
Entonces amerita la interrogante: ¿es la juventud depositaria de la transformación social? De cara a los procesos electorales, única vía viable de cambio político en la actualidad, qué rol le compete a la juventud, ¿es un divino tesoro electoral?
¿Hasta dónde podemos confiar en que el ánimo juvenil que se traducía, no solo como una esperanza sino como la certeza de que podemos hacer las cosas mejor, perdure? ¿El ímpetu y la creatividad de la juventud podrá ser un motor de cambios, no sólo desde los movimientos sociales sino también desde la institucionalidad, fortaleciendo la participación y, con ello, la democracia?
Qué tan cierto es que en las últimas décadas la juventud ha protagonizado importantes procesos de movilización social, focalizado en los temas estudiantiles, promoviendo demandas que van en pos de un objetivo único: el buen vivir. La representación juvenil en la papeleta ha sido un factor determinante para los últimos ciclos electorales.
El joven ecuatoriano hoy vota a los 16 años de edad, y según resultados entre la juventud existiría una tendencia a posiciones moderadas, así como un aumento en la confianza institucional, lo que contradice la tendencia nacional que muestra altos índices de desconfianza y desafección hacia el oficio de la política y las instituciones.
La juventud en nuestro país muestra especial afección por los temas ambientales, de género y tecnológicos. Sin embargo, la ecología sin lucha de clases es jardinería, y la lucha de género sin conciencia política es mero capricho generacional, en tanto que, la tecnología es esa nube que, como la ideología, lo envuelve todo obnubilando la conciencia política de los jóvenes.
Muchos jóvenes sienten la política como algo ajeno o muy lejano, carente de un impacto tangible en sus vidas, y que no proporciona soluciones a sus problemas del día a día. Lo ven casi más como una fuente de memes y retuits que como una herramienta que les pueda ayudar a modular su futuro. Los jóvenes declaran que las elecciones y, en última posición, los partidos políticos, son los asuntos que menos les interesan. Las causas de esta desconexión son tan diversas como intrincadas. Las propuestas específicas de juventud (o para la juventud) brillan por su ausencia en la mayoría de los principales partidos políticos. La confianza en las instituciones y los políticos está en retroceso. La apatía política es una consecuencia directa de un lenguaje y un estilo de comunicación cada vez más polarizado y los medios de comunicación y las redes sociales a menudo magnifican los aspectos más conflictivos y sensacionalistas de la política. Ya es hora de desterrar la idea infantilizada que tenemos de la juventud. Ellos y ellas no son solo el futuro de nuestra sociedad, sino una parte integral de nuestro presente.
Los temas del arte y el deporte, como legitimas reivindicaciones y derechos juveniles, acaso sean una herramienta que active la disposición juvenil al cambio.
No es un mero tema generacional, a condición de que la salud, el deporte, la cultura y la educación sean considerados derechos juveniles como herramientas necesarias para avanzar en mejores políticas preventivas en pos de la seguridad generacional. En esa medida la juventud brindará esperanzas de reivindicación.



