La muerte de uno de los campesinos dedicados a la extracción de hielo de la montaña del volcán más alto del Ecuador, el último hielero del Chimborazo, como se conocía a Luis Baltazar Ushca Tenesaca, ha conmovido al país y provocado una reacción mítica desmedida en sectores políticos y culturales.
Baltazar Ushca desde niño se dedicaba a la labor de hielero, recolectando hielo de los glaciares naturales alrededor del punto más elevado del inactivo volcán Chimborazo, para dotar de dicho material al mercado de La Merced en Riobamba. Baltazar compartía la actividad con cerca de cuarenta hombres, entre los que estaban sus hermanos Gregorio y Juan, ambos criados como hieleros. Empezó el oficio de extraer hielo del Chimborazo a los 15 años de edad, por voluntad de su padre, también hielero. Baltazar vivió una vida económica y culturalmente precaria y recién en el año 2020 completó la educación primaria gracias a la campaña de alfabetización impulsada por el Gobierno.
A través del tiempo, cada hombre entre los hieleros tomó un rumbo distinto, dejando en el olvido la labor que realizaban bajando a lomo de mula 22 kilos de hielo divididos entre ocho a diez bloques envueltos en paja recolectada del páramo para mantener su temperatura. Los hieleros del Chimborazo eran personajes desconocidos, más allá de su localidad, hasta que Igor y Gustavo Guayasamin realizaron el documental, en 1977, Los hieleros del Chimborazo, que narra la realidad de esta comunidad dedicada a extraer bloques de hielo en las alturas de la montaña del volcán, para llevarlos a comercializar en los mercados de la ciudad de Riobamba entre las refrescadoras que venden helados de paila y jugos de frutas naturales conocidos como rompenucas.
En cierta oportunidad los realizadores del documental, los hermanos Guayasamin, se refirieron a su trabajo sobre los 5000 metros de altura filmando la explotación de las minas de hielo de la mayor elevación natural ecuatoriana: “El Documental se terminó de producir en 1980. Hasta ese momento las condiciones de vida de los hileros eran igual de deplorables que lo que fueron en la Colonia. Por otra parte, podemos decir que lamentablemente esas condiciones no han variado en la actualidad. Ni para sus antepasados, que fueron héroes de la Independencia, ni para ellos, ha llegado la solidaridad. Ningún cambio político o económico de la Historia Nacional ha logrado mejorar la deplorable situación de los hieleros. Parecería que hasta el tiempo se congeló en los páramos del Chimborazo”.
Entonces, ¿dónde termina la realidad y empieza la fantasía en el documental? Los realizadores responden: “El hecho de que las actuales generaciones de hieleros mantengan las duras condiciones de vida es una prueba de que captamos algo de su realidad, aunque nuestro filme irremediablemente haya sido concebido desde el punto de vista de una cámara manipulada por un artista”.
La muerte hizo el resto y se encargó de poner de relieve la real existencia de Baltazar, al fallecer a sus 80 años producto de un accidente mientras atendía a su ganado y un toro lo embistió causándole un golpe mortal en la cabeza. Años atrás ya se había producido la romantización de uno de los más deplorables oficios practicados por campesinos de la provincia del Chimborazo, extraer hielo de la montaña en condiciones adversas para hombres y animales de carga. La muerte, en cambio, motivó la mitificación de un personaje de escasos recursos que hacía lo imposible para sobrevivir junto a su familia en la extrema miseria de la sierra ecuatoriana, al punto de calificarlo de “estrella”.
La travesía de los hieleros se iniciaba a 18 Km de la ciudad de Riobamba, en la comunidad de Cuatro Esquinas de la parroquia Pulingui del cantón Guano, transitando por una ruta de piedras. El trayecto se había convertido en un atractivo para turistas nacionales y extranjeros que caminaban junto a Baltazar Ushca por el sendero empedrado admirando los paisajes donde observaban curiquingues y vicuñas.
Sectores culturales y políticos, el alcalde de Guano, entre otros, han solicitado a la familia de Baltazar Ushca continuar con la tradición de los hieleros, al fin de cuentas era un atractivo turístico de la zona; en lugar de generar otras alternativas laborales para la gente campesina de la localidad. Todo aquello forma parte de la reacción cultural de un segmento de la población media del país que asume un drama ajeno por motivos de mitificación política, conmiseración y apariencia pública.
La muerte es un definitivo pretexto para tergiversar la realidad vital de los seres humanos. Ante el aciago hecho de la desaparición física de un hombre o una mujer, surge la reacción de no aceptación y el duelo se convierte en conmiseración que da lugar a una sobrevaloración del ser humano que hace olvidar los detalles de su drama personal. Y, precisamente, en los detalles está el mito, una narrativa que edulcora las realidades, maquilla los infortunios y camufla los desaciertos. Lo que ha sucedido con Baltazar Ushca es en un doble sentido una mitificación, por una parte, es considerado una “estrella” del infortunio, y por otra, ese infortunio es soslayado en la realidad de una vida real vivida en el olvido social.



