Cuando Humberto Eco dijo que el Facebook es un espacio donde se permite que una “legión de idiotas” se exprese en él, seguramente no estaba pensado en quienes, sin admitir ser incluidos en esa categorización, hemos usado el FB para decir algo a alguien, identificarnos o sentir que existimos.
Abdón Ubidia en una reflexión que enuncia el “derecho a la idiotez que explicaría los comportamientos sui generis de muchos ilustres”, sostiene que la idiotez -o pensamiento fácil- es el recurso del que echamos mano, individuos y sociedades, para zanjar conflictos de modo seguro y conciso. En su reflexión, Ubidia concluye en que tras el fondo del prestigio superficial y simplón del Facebook se ocultan impulsos complejos que remiten a la condición humana, “el ansia de ser, la persecución de la libertad, la necesidad de compañía, de comunicación, de mantener creencias”.
El Facebook, como edificio circular con múltiples entradas y rótulos en cada entrada, reales y válidos, conducen a un interior donde es obligatorio el extravío, el gran embeleco virtual y posmoderno que se asienta sobre demandas reales que existen en un mundo presuroso y estresante.
En el FB, en nuestro intento de distinguir entre realidad y fantasía – señala Ubidia- cada vez es más difícil lograrlo, sin embargo, siempre existe una fuerza gravitatoria de la realidad real que termina venciendo a la realidad virtual en la que nos mete la red social. No obstante, la realidad virtual nos ha acompañado siempre a los seres humanos en una suerte de espejo en el que nos hemos reflejado.
El doble fondo de la realidad real, “creencias, mitologías, religiones, tradiciones orales, ideologías” están ahí para recordarnos que la realidad virtual “ya no es la sombra sino la luz que descubre y convalida la realidad real”. La logósfera -señala Ubidia- es la nueva capa que envuelve al planeta. Un concierto de nubes de información a punto se precipitarse, ineludiblemente, sobre la conciencia humana. De ese modo, “la realidad virtual ha pasado de ser la sombra de la conciencia humana, en la ventana centelleante que la ilumina”.
¿Cuáles son los costos de que todo aquello ocurra en el Facebook?
En primer lugar -señala Ubidia- estamos expuestos a que las centrales de inteligencia indaguen nuestras posturas políticas, religiosas y privadas. Luego, otro costo es que nuestros gustos serán debidamente ubicados de manera que las empresas con sus algoritmos los investiguen y mercadeen con ellos.
El Facebook nos reduce a un número, mediante “la reificación”, a una cifra de conjuntos ciertos de amigos y coidearios, un colectivo aparentemente común, con intereses compartidos y aspiraciones equivalentes. Este colectivo comparte “aspiraciones básicas” que impulsan respuestas comunes inmediatas y viscerales, que expresamos como “impulsos primarios”. Es difícil guardar silencio luego de ser aludido en la red social. El silencio no solo otorga, también en este caso, disminuye. E incluso, sin guardar silencio, nuestras expresiones en el Facebook disponen de poco espacio para los “razonamientos elaborados” y, aún al decirlos, los detractores los simplificarán y reducirán a uno u otro lado en la discusión.
En momentos de debate electoral, en el Facebook no cuentan las pruebas, ni las realidades, cada quien ve lo que quiere ver, a través de su ideología como “la forma actual de la creencia, inconsciente e irracional”.
En su condición emocional el Facebook es efímero, “sus mensajes se esfuman sepultados indefectiblemente por otros mensajes”, solo duran lo que alcanza “la viralización de temas escándalosos y consignas”. Por esta razón, su fuerza motivadora es relativa y solo si se asocia a asuntos políticos ya posicionados por los grandes medios de comunicación de masas.
El costo que pagamos por el Facebook es demasiado alto, sin contar con la pérdida importante de tiempo ocupados en él. Abdón Ubidia se pregunta por qué lo pagamos. Por tres motivos fundamentales: proporciona la ilusión de la libertad y es un ámbito privado de información y comunicación, y de la desinformación e incomunicación. Es un poderoso reclamo identitario y es adictivo.
El Facebook invita hablar, si callo me condeno a ocupar un lugar anodino y anónimo. La realidad virtual se convierte en mi representación real del mundo. No tengo identidad, no existo, la respuesta debe ser inmediata, debo reaccionar: debo proclamar mi existencia. Me muestro, luego existo.
Es fácil convertirse en adicto en este juego de representaciones, porque en el jugar está la gratificación, en devolver el mensaje sorpresivo que respondemos con el instinto.
Con esa respuesta suplimos la soledad, estamos comunicados. La soledad que, si no es una forma de libertad, es una condena, señala Ubidia. Una fuente de sufrimiento que acosa y nos pone ante el vacío y la nada. La soledad duele porque es incomunicación con la red familiar, con la comunidad a la que pertenecemos. La red social “proporciona una comunicación virtual que aplaca la soledad real”. Puesto que “la angustia es un pozo de la vida cercada por la muerte”, que nos impulsa a rendirnos o a luchar. El acto de crear sirve para negar la muerte. El Facebook apela al impulso de combatir la angustia, frente a la cual en el FB encontramos alivio.
La complacencia de los halagos es otro canto de sirena en el Facebook. Los saludos, congratulaciones, lisonjas y likes son otra forma de sentirnos estimulantemente aceptados, pero es nada más una mera envoltura.
El Facebook es reiterativo, invita a usar la iteración o “la acumulación de argumentos del mismo tipo para reforzar una misma idea”. La red social no permite medias tintas, todo es blanco y negro a la hora de debatir temas o personajes políticos. Lo positivo y negativo se niegan y desconocen entre sí. En el Facebook el diálogo de sordos está garantizado. Sin embargo, comunicados o incomunicados estamos en esta red antisocial en verdad, virtual por su imposibilidad de ser algo más que un espejismo de alto costo.



