Por Lucrecia Maldonado
Cuando estaba en los últimos años de colegio comenzó a circular una profecía, macabra, como la mayoría de profecías religiosas: hablaba de que algún patriarca de la iglesia, desconocido hasta ese momento, había vaticinado tres días de oscuridad que precederían a los hechos que conducirían a la segunda venida de Jesús, al Juicio Final o para ser más escatológicos, al Fin del Mundo. En este año hubo un vaticinio parecido hasta con fecha exacta, que se ubicaba en abril, y si nadie se dio cuenta es porque no pasó.
Bueno, no pasó en esos días ni de esa forma. Según las profecías de los clérigos, y tal vez a petición de algunas tiendas locales de productos religiosos, había que conseguir cirios benditos para alumbrar los ambientes de la casa, también había que conseguir agua bendita, y además asegurar todas las entradas a las casas porque de un rato a otro las ciudades y campos se iban a llenar de algo así como zombis: seres desalmados, deformes, sucios y sangrantes que irían por ahí intentando entrar a las viviendas de la honrada gente cristiana que no debía abrirles las puertas por nada de este mundo… ni del otro.
En aquel tiempo, una parte de las reglas que imponían los agoreros de los tres días de oscuridad era cero solidaridades: si tenías tus cirios benditos, tu comida y tu agua benditas y almacenadas, no tenías para qué compartir con nadie, sobre todo con ninguno de seres que deambularían en medio de la oscuridad de aquel mundo en donde llovía fuego del cielo y no se podía ver el sol.
No recuerdo bien lo que se predecía para cuando se terminaran aquellos horribles días, no sé si el mundo se reconstruía o si venía un tiempo peor hasta que en algún momento veríamos al Hijo del Hombre o al Rey bajar sentado en una nube en toda su gloria para llevarse a los buenos consigo y enviar a los malos al llanto y al crujir de dientes, aunque no se sabía cómo se iba a resolver eso de no socorrer a nadie durante los días del pánico.
Siempre pensé que era una profecía absurda, esos anuncios escatológicos hechos para meter miedo a los feligreses y de paso darles algo qué hacer a los curitas que bendicen agua y cirios. Pero en estos últimos días de apagones de hasta doce y catorce horas, en medio de sicariatos, tiroteos, extorsiones y pánico a los incendios que ocurren el rato menos pensado, quizá provocados por zombis de alma al mando de los poderes oscuros del universo, he pensado en el valor simbólico de la profecía.
Y esto no es organizado por los poderes divinos del ámbito celestial, sino por las fuerzas de la tierra que se nutren de la codicia. Al igual que en la profecía la oscuridad ha llegado a través de la traición y las trampas mediáticas y legales que la han sostenido hasta el momento. Se persigue despiadadamente a quienes alguna vez se atrevieron a soñar con un país mejor por el solo hecho de haber enrostrado a las plutocracias los innegables derechos de la gente común. Por haber osado desear un estado de bienestar por encima de uno de privilegios, un mundo regido por la solidaridad antes que por la ambición.
Del cielo de las oligarquías llueve la metralla y el fuego de su odio manifiesto en los recursos de los delincuentes comunes en los cuales se amparan los mandatos de muerte y destrucción. Ellos son los seres descompuestos y monstruosos que deambulan por las calles estremecidas por la violencia y la oscuridad. Ellos, a quienes se les niega cualquier tipo de ayuda quizá para exacerbar su dolor y criminalidad. Ellos, además, los ejecutores del pánico y los mandatos de un poder que, una vez recuperado el mango de la sartén por obra y gracia de la artería y de la traición, no pretenden soltarlo nunca más.
Y sí, la profecía ha fallado en una sola cosa: no han sido solo tres días. Ya van siete años largos, y contando…



