El abordaje alarmista sobre el tema de la delincuencia, suele distorsionar su relación causa-efecto. Un enfoque escandaloso que trata la crónica roja mediáticamente con tono amarillento, sensacionalista, busca a los chivos expiatorios del problema delincuencial en la sociedad. La policía infiltrada por el crimen organizado, el juez corrupto que vende su sentencia al mejor postor, el fiscal cooptado que deja de investigar determinados casos, el político que hace de su agenda diaria una suerte de inventario del crimen. Estos roles protagónicos se convierten en la trama consuetudinaria de la delincuencia social descontrolada, en aumento o de reciclaje diario.
Un tratamiento divergente sobre el tema social de la delincuencia precisa que esta divergencia establezca diferencias, a saber, lo primero es distinguir dos planos, el plano de lo real y el plano de la construcción del espectáculo.
Según el experto chileno en asuntos de seguridad pública y delincuencia, Iban de Rementería, la ideología de la derecha logró “delincuenciar” la política, en otras palabras, conseguir la instalación espectacular de la delincuencia y que el tema central de la política sea el accionar delincuencial. De ese modo podemos constatar que hay una situación real del crimen, pero hay también el espectáculo de la delincuencia en que la nota roja es la página social de toda la sociedad. Por eso es dable ver una sobrecarga sobre el tema, sobre todo en los medios de comunicación, enfatizando que se “delincuenció” la política. Así, el asunto se convierte en la papa caliente que todo el mundo endilga al otro, hurgando culpables sin pruebas fehacientes y fiscalizando hechos como punibles, cuando en realidad corresponden a las esferas de la contienda política. Los medios informativos alineados con la tendencia conservadora hace rato que decidieron en sus editoriales, crónicas y reportajes que el tema principal de la agenda debe ser la criminalidad.
Al final del día se va creando con esa narrativa una diferencia entre realidad y percepción sobre el tema. Y esto se confirma por un hecho innegable: los primeros veinte o treinta minutos de los informativos de televisión matinales están dedicados a temas delincuenciales, bajo la apariencia de temas de “la comunidad”. Un ejecutivo de un canal local argumentaba que eso era necesario porque había que enfrentar la competencia del rating frente a una teleaudiencia que se caracteriza por su morbosidad. Y la responsabilidad no es solo de los periodistas que definen las pautas en las salas de redacción, sino de aquellos que financian al medio de comunicación quienes decidieron que el tema principal debe ser la crónica roja. En tanto, el gobierno le hace el juego con una estrategia comunicacional que pone énfasis en la guerra “contra” la delincuencia y un llamado Plan Fenix que nadie conoce en qué consiste y cuáles son sus resultados.
Visto así, el tema se convierte en una miscelánea de violencia cotidiana y el crimen en la forma de ser marginal, indigente, el llamado “habitante de calle”. He ahí los chivos expiatorios, pero nadie se preocupa de abordar los detonantes sociales de la delincuencia. El crimen organizado obedece a demandas sociales, señala el experto. Prueba de ello es el reclutamiento masivo de jóvenes para actividades de sicariato, narcotráfico, extorsión y robo. Son jóvenes de familias que carecen de ingresos y ellos se procuran recursos, a través de actividades ilícitas, es un camino, y el principal es trabajar para los narcotraficantes.
Crimen y demanda social
El crimen organizado es una respuesta ilícita a diversas demandas sociales. Una demanda es el acceso a las drogas, otra demanda es poder migrar. Es ahí cuando surge el tráfico de personas que deriva en la trata con fines sexuales. El contrabando y las demandas de consumo y la provisión de productos ilícitos para ese sector gigantesco que es el comercio callejero que genera miles de empleos informales. En todo aquello opera el crimen organizado.
Llama la atención el surgimiento de tanto delincuente en Ecuador. ¿De dónde surgen? Sin duda, son personas que fueron marginadas, excluidas de la sociedad formal y que buscan espacios de sobrevivencia. Se trata de una juventud sin educación ni trabajo seguro, pero también de empresarios del delito que lucran del crimen organizado relacionados con el sector informal de la economía, con el modelo delictivo urbano impuesto por el narcotráfico y con una corrupta administración de justicia cooptada por la delincuencia.
La lógica económica del narcotráfico es el monopolio. Se trata de una actividad que consolida su crecimiento controlando toda la cadena delictiva de la actividad, producción, distribución, control de mercados y eliminación física de la competencia. Mientras no se concentren los esfuerzos en destruir esta integración vertical del negocio no habrá solución posible en la necesidad de poner fin al negocio ilícito de las drogas. Y aquello no es factible solo con soluciones militares o policiales, sino con políticas sociales de recuperación de una mano de obra potencialmente apta para actividades productivas lícitas.
El gran escenario de la delincuencia se traduce en espacios donde impera la violencia real. No obstante, hay también una violencia simbólica estimulada desde los medios de comunicación encargados de crear paradigmas, interpretación de la opinión publicada, seudos análisis editoriales y profuso contenido violento en sus pantallas y páginas informativas. La prensa amarilla y la crónica roja usan símbolos para inducir a la violencia y hacer atractiva la dinámica del crimen, también para inducir al temor y al miedo, con la exhibición de armamento sofisticado, uniformes vistosos, vestuario antibalas, toda una parafernalia guerrerista de la que no se sustrae el propio presidente de la nación frente a la prensa en su afán de mostrar apoyo a las fuerzas represivas del Estado.
He ahí la otra cara de la delincuencia, que no puede ocultar el rostro ni camuflarse con el maquillaje de una sociedad timorata, doblegada por la violencia, a momentos incapaz de mostrarse más potente y eficaz que la propia acción del crimen que la acecha.



