Por Leonardo Parrini
Optimista proviene de óptimo, como una propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable, tan sumamente bueno que no puede ser mejor. Las personas optimistas ven el lado positivo de las cosas, creen que las cosas van a salir bien, confían en que tienen la capacidad y la habilidad de hacer que las cosas vayan bien. El optimismo es un valor que nos ayuda a enfrentar las dificultades con buen ánimo y perseverancia, descubriendo lo positivo en cada momento.
Y para descubrir lo positivo es preciso identificar las cosas a cambiar, evaluarse, no perder el sentido del humor, mantener un estilo de vida saludable, rodearse de gente positiva, según recomiendan los expertos. Practicar un diálogo interno positivo con uno mismo, permite ser optimista, simplemente tener esperanzas sobre el futuro, incluso cuando el presente parece totalmente negativo. Desde el punto de vista cognitivo, esto es un desafío, porque requiere que reconozcamos nuestras emociones positivas y negativas a la vez y permitamos que existan simultáneamente.
Subestimar lo negativo y sobrevalorar la posibilidad de que nos pasen cosas buenas como vivir en un país seguro, con energía suficiente para no sucumbir en la oscuridad, tener un mandatario sensible a las necesidades de la población, poder confiar en el futuro político del país, son entre otras maravillas la mayor utopía del momento.
No obstante, los expertos constatan que en un 80% la gente tiende a ser optimista en el mundo, pero Ecuador es una excepción: estas aspiraciones resultan hoy, por decir lo menos, una posibilidad remota dada las circunstancias que vivimos en un país condenado a las desgracias naturales, sociales y culturales.
Y esta realidad forma parte de la percepción ciudadana. Según confirman las encuestas los ecuatorianos están perdiendo la esperanza y el optimismo. La directora de Imasen, Giovanna Peñaflor, presentó los resultados de su última encuesta que confirman el crecimiento del pesimismo entre los ciudadanos. La pérdida de la esperanza que caracteriza a la encuesta, está relacionada con la pérdida de aceptación presidencial: 50,1% desaprueban la gestión de Daniel Noboa. El 58,5% prefiere a otra persona en la presidencia. Y solo cuatro de cada diez ecuatorianos ven al 2024 con optimismo, según encuesta de Cedatos.
El optimismo en política es una categoría demasiado subjetiva. Los resultados de una gestión política dependen de factores objetivos como la realidad existente en el país, y el factor subjetivo, es decir, la voluntad, organización y movilización popular inciden en un segundo plano. A su vez, la movilización popular depende del liderazgo, de la capacidad del líder de señalar el camino, dar la línea, conducir en tal o cual sentido y esta condición es en sí mismo un acto de optimismo, porque visualiza en el futuro la posibilidad de cambio.
Un líder se percibe responsable de lo que sucede y se orienta a la solución de los problemas, por lo general analiza qué puede hacer para mejorar o cambiar las situaciones y tiende a percibir en mayor medida sus fortalezas. Para esto se requiere tener la capacidad de vivir peligrosamente, volver amar los riesgos. Y esta vocación transformadora no la tienen los políticos en el país, porque prefieren conservar la zona de confort donde nada cambie. El temor a un futuro distinto se relaciona con la falta de optimismo, de mejorar el presente, de superar el pasado. Ser o no ser optimista, es el dilema y aquello plantea una pregunta clave: ¿se puede ser optimista hoy?



