Por Leonardo Parrini
En el periodismo nacional hay vidas de primera y vidas de segunda. Los primeros, por lo general, todos tienen diplomados universitarios, fueron ungidos con toga, discurso y champagne. Y los segundos, algunos mercenarios de profesión, son de rostro inalterable, no registran emociones, no se sorprenden con casi nada, ni siquiera con la asignación periodística a sueldo bajo ropaje de opinólogos con que ejercen la columna diaria o semanal en el pasquín de turno para subvertir la verdad, esa prestigiosa forma de vanidad con que fungen de inteligentes, de versados, de leídos. Qué importa, si la verdad no suele importarle a nadie.
En su mester de clerecía, según entienden el periodismo, escriben para los suyos casi siempre con caligrafías célebres pero enmarañadas, convencidos de que no convencen a nadie más allá de su círculo próximo. Al final del día, duermen conformes con haber recibido los likes de sus fans. Ganan en engreimiento personal insuflado y el medio en prestigio inflado, como globo con helio que los eleva, pero también los puede asfixiar en la atmósfera de la mentira. No los perturba el fundamento de que la mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor. Una suerte de perversión por la masificación de escuelas que siguen la línea viciada de lo informativo en vez de lo formativo. Mester de opinólogos que nunca hicieron un reportaje que siempre tuvimos como el género estrella, pero que es también el que requiere más tiempo, más investigación, más reflexión, y un dominio certero del arte de escribir. Para ellos les es ajeno: el mal periodista piensa que su fuente es su vida misma – sobre todo si es oficial- y por eso la sacraliza y la consiente de manera acrítica.
Mester de editorialistas que nunca aprendieron en alguna universidad cómo redactar un editorial, hasta que el dueño del medio de marras los ungió de comunicadores, cual muñecos de ventrílocuos. Remedos de hispanoparlantes probos, suelen ser moralistas, condenan la concupiscente moral por delante, aunque por detrás están desprovistos, expuestos, sin importarles un bledo la dignidad.
Poderoso caballero es don dinero, les asegura un futuro de esplendor en una de las formas del periodismo mercenario en que todo se vale, la verdad simulada, la mentira con rostro de verdad hasta fungir de simulacro. Para eso la virtualidad de las redes sociales ha creado el lenguaje preciso, la sonrisa perfecta, la expoliación entre gallos y media noche, la credibilidad recién pulida para incautos, tereques con que los opinólogos engalanan sus editoriales. Y dictan cátedra, proclaman sentencia, moralizan la vida, se rasgan vestiduras por esto y aquello. Son los fariseos de ayer, de hoy y de siempre que, afectando virtud, juzgan severamente la conducta de los demás aparentando rectitud y austeridad. ¡Sepulcros blanqueados! Según confesiones del propio periodismo que toma la posta para develar lo inconfesable, ciertos personajes del jet set periodístico hacen Media Training a fiscales generales con oscuros dineros de empresarios sujetos a fiscalización, y la UAFE mutis por el foro.
Algunos hicieron carrera, y otros fama, cuando en un periódico cabía tres grandes secciones: noticias, crónicas y reportajes, y notas editoriales. La sección más delicada y de gran prestigio era la editorial. Situación que imponía la necesidad de formarse una base cultural, que soslayaban, y que el mismo ambiente de trabajo se encargaba de exigirles.
Hoy los muchachos estudiantes de periodismo salen ilusionados de las academias, con una vida por delante, parecen desvinculados de la realidad y de sus problemas vitales, y prima un afán de protagonismo sobre la vocación, en especial sobre las dos condiciones más importantes: la creatividad y la práctica, constata el Gabo. La mayoría de los graduados llegan con deficiencias flagrantes, tienen graves problemas de gramática y ortografía, y dificultades para una comprensión reflexiva de textos.
Gajes del oficio
Algunos dirán, son los gajes del oficio o inconvenientes propios del empleo o de una situación inherente al ejercicio periodístico. Gajes del oficio que hace tener literalmente la palabra empeñada, distintos a los gajes de la vida, emolumento, sobresueldo, plus, gratificación, propina, beneficio o regalía que reciben como recompensa.
Bien decía García Márquez -ante un auditorio en la SIP- que la profesión del periodismo, siendo el mejor oficio del mundo, siempre ha estado acompañada de inimaginables gratificaciones, pero también de sorpresas y desilusiones.
Uno de los gajes del oficio periodístico es la impotencia frente al drama humano. Me lleno de incapacidad cuando no puedo alcanzar mi objetivo, dar esperanza a personas que sufren una historia de desolación. También vivimos bajo el asalto de la duda del periodista tras la noticia. Me pregunto con García Márquez: ¿Cómo hacer un periodismo que no solo compartamos a nuestras audiencias narrativas de los horrores que vive la humanidad, que pueda abrir un horizonte de soluciones? ¿Será cierto eso que dicen que los periodistas viven de las desgracias de los pueblos?
Gabriel García Márquez calificó el periodismo como el mejor oficio del mundo: “El periodismo es la profesión que más se parece al boxeo, con la ventaja de que siempre gana la máquina y la desventaja de que no se permite tirar la toalla”.
Una verdad que los periodistas de primera ni de segunda pueden soslayar.



