Por Leonardo Parrini
No vamos a caer en el lugar común de decir que Edgar Allan García tiene alma de niño, porque no es así y no puede serlo, en todo caso, es un adulto con la sensibilidad exacta y a ratos rebosante para comprender el universo infantil. Un ser humano de espíritu lúdico, juguetón e imaginativo, que no tiene complejos para arrellanarse en el suelo a juguetear con las palabras para hacer los más bellos e ingeniosos poemas infantiles. Por eso Edgar Allan García tiene la doble virtud de escribir sobre niños y para niños, y diríamos, también para adultos en capacidad de descifrar y disfrutar de esos juegos del lenguaje, con esos giros del idioma con que el autor construye, como un castillo encantado, una cultura de la inocencia con ronca ternura.
Ronca, porque no tiene que falsetear su voz propia de la adultez en rebeldía, y tierna cuando su acento literario se resuelve en un genuino gesto de amor. No sin ese sentido de un humor blanco y, en algunos casos, gris que lo caracteriza. No sabemos si Edgar tuvo una infancia feliz o en sus cuentos, poemas y microrelatos anda al encuentro del niño que no logró ser a plenitud. Pero, qué duda cabe, en algún instante de su formación germinó la semilla amatoria en el surco de su talento literario. Para escribir sobre niños y para niños se requiere inteligencia y sensibilidad, salirse de sí mismo sin dejar de ser un igual a ellos, que reconocen en Edgar al cómplice capaz de cambiarles la vida, como le confesó alguna vez uno de sus lectores.

No hallarás olvido
Es el titulo de su reciente libro, la novela histórica que revela un José Eloy desconocido, impensado por la historiografía convencional que nos muestra al héroe, Alfaro, el “viejo luchador” imposible de haber sido el niño que juega; al liberal que en realidad fue radical, el prócer difícil de concebir en su dimensión humana de adolescente que ama, ensueña y sufre las cuitas del amor. En tal sentido, la novela de Edgar Allan García es una revelación con la simultánea virtuosidad de haber sido escrita con rigor y con ternura, en un contexto de vida de su autor al límite, de tal extremadura al ver de cerca la muerte agobiado por una enfermedad terminal que aún no le da tregua.
¿Cómo se puede escribir con rigor y ternura de cara a la muerte? ¿De dónde surge esa reserva de energía vital para hacerlo? Tal vez en este libro conmovedor está la respuesta. “Bueno, después de la crisis de salud grave que tuve hace año y medio yo quedé como en stand by, o sea, sin querer ni poder escribir, pero poco a poco he ido retomando esta pasión, que no es otra cosa, para continuar ciertos textos. Uno de los textos que se me iba quedando y que si yo hubiera muerto en ese tiempo no habría salido seguramente o habría salido de otra forma es esta novela No hallarás olvido”, reconoce Edgar Allan.
Libro desmitificador que narra un tiempo de luchas intestinas entre conservadores y liberales, obra escrita con la pasión del fuego y alzada en ristre cual antorcha encendida, dispuesta a iluminar las opacidades de la historia. Transitan por sus páginas personajes de quienes teníamos diferentes referencias, desmitificados por una nueva visión de sus historias. El padre de José Eloy, mucho más que el comerciante español, Manuel Alfaro un luchador de causas abrazadas con el tesón propio de un espíritu conservador inclaudicable, que engendrara en doña María Natividad Delgado a su vástago preferido entre sus hermanos. José María Urbina, el justiciero de la nueva Patria, que cautivó la admiración del joven Eloy. Marietta de Veintemilla, la generalita que viviera convencida de que no es fácil ser una luciérnaga en un mar de oscuridad. Que arroja luz sobre tanta mundana opacidad y a cambio recibe en retribución -a diferencia de su tío Ignacio, posesivo e impetuoso-, el aprecio de la gente. La mujer que creía en el amor como algo más que una ilusión y que se puede llegar amar una utopía, siempre y cuando se sepa cuándo es cuando.
Tengo mis dudas si Edgar Allan García da vida a sus personajes, o aquellos lo reviven a él en su enorme dimensión de creador de universos plenos en los que habitan con la naturalidad de anfitriones imbuidos de ese ideal supremo que les asiste. Lo que no cabe duda es que cree en ellos.
El odio como el amor ambos alimentan, pero a diferencia del amor el odio rezuma su veneno hasta que un día acaba con quien lo cultiva, pero antes de eso se habrá encargado de pudrirle el alma, cavila uno de los personajes en el libro. Esta novela es todo lo contrario. Escrita de puño y letra con ronca ternura, destila humanidad que emerge de la idoneidad de su autor. Solo sé que el día que su pluma se incline en silencio, capoteada en una hora definitiva, algo ya muy nuestro se silenciará con ella.



