Por Leonardo Parrini
Caminar con las manos cruzadas tras la espalda suele interpretarse como un gesto de confianza, como quien está diciendo: voy confiado, seguro de mí mismo y no me importa dejar la parte más vulnerable de mí descubierta. Pero este gesto tiene un inconveniente si se combina con otros gestos como dar pasos largos: proyecta un punto de arrogancia, y eso genera desconexión con los demás.
En otro sentido, cuando vemos a alguien con las manos a la espalda percibimos su falta de transparencia y poca honestidad. Mostrar las manos por delante significaba ausencia de peligro porque no llevas nada escondido; en cambio, al ver una persona con las manos a la espalda nos ponemos en alerta, porque el sujeto o sujeta, podría suponer una amenaza. También las manos a la espalda denota autoridad, no por casualidad es el gesto preferido de policías y militares que buscan proyectar dominio, liderazgo, poder.
Sin embargo, mis manos a la espalda cuando camino por la ciudad poco tiene que ver con esos significados, en mis caminatas citadinas ando más cerca de mi querido viejo, con una tristeza larga de tanto venir andando. Pero no toda tristeza es triste, algunas son de abandono a la indiferencia, la nueva zona de confort que sueles tener a cierta edad, luego de haber superado el tiempo en que nos importaba el paso del tiempo. Ahora, supongo, que al tiempo le importa un bledo nuestro paso irreverente. Y la verdad es que a estas alturas nada puede importar de fondo ni de forma, después de todo, haberlo visto todo o casi todo.
Cuando camino con las manos a la espalda me siento más observador, menos sentencioso, más contemplativo, es decir, contemplo-activo con el ojo de fotógrafo que llevo en la frente como un cíclope urbano, el paso del tiempo. Ese tiempo que nos habla de volvernos viejos, cuando en verdad nos volvemos más sabios, sin contemplaciones ni mentiras, asertivos, para dejar los maquillajes que ocultan heridas y destruir los mitos construidos, uno a uno, decantando lo trascendente. No es por vejez que se camina lento con las manos a la espalda, sino simplemente para sopesar el entorno citadino en sus detalles.
Cuando la ciudad es otra
Caminando por Quito con las manos atrás cruzadas a la espalda podemos caer en cuenta de locales comerciales que cierran, agobiados sus dueños por la crítica realidad del país. En los sitios tradicionalmente comerciales de la ciudad, la Mariscal, Av Amazonas, o la Zona de Plaza Foch, suelen verse restaurantes, bares, sitios de souvenires turísticos cerrados y sus locales en venta o arriendo, en un ambiente desolado. Son las ruinas de una arqueología de la crisis, testimonio de otras épocas de bonanza, como todo imperio que sucumbe al traqueteo de la historia cuando dicen que todo tiempo pasado fue mejor.
En contraste, en la zona norte de Quito, enclave bancario y comercial de la capital, se suelen ver nuevas edificaciones, enormes edificios o adefesios construidos, qué duda cabe, con recursos privados del lavado de dinero. Como identificación, enormes logotipos de conocidas constructoras que han emergido exitosas en el país del libre affaire. Es el aparente auge de la construcción, cuyos dueños no dejan de llorar miserias de una crisis que no parece ser tal en el sector.
En el deambular con las manos atrás por callejones y callejuelas de la urbe es común ver también casonas viejas remodeladas, vetustas construcciones a punto de venirse abajo declaradas patrimonio de la ciudad, cuya demolición fue prohibida por ley. Son buen caldo de cultivo para la instalación de restaurantes, bares u hostales para turistas que prefieren ambientes tradicionales de pocas estrellas. Un dato interesante que estimula la curiosidad de cualquiera es ver qué papel juega el Fonsal -Fondo de Salvamento del Patrimonio-, actual Instituto Metropolitano de Patrimonio, en la restauración de estos inmuebles que corren disímil suerte, siendo algunos derrocados ilegalmente para construir locales comerciales y otros remodelados como alquiler privado.
Lo cierto es que el rostro de la ciudad va cambiando, como una vieja dama que se maquilla las arrugas y se pinta labios y ojos para verse rejuvenecida, restaurada como las casonas de ciertos barrios quiteños. Y en apariencia, resulta igual de falso en ambos casos. Alguna vez hice un ensayo fotográfico en el Centro Histórico de Quito registrando con mi cámara todo tipo y forma de puertas existentes que son en sí mismas un atractivo turístico. Puertas de viviendas coloniales, portones de iglesias y conventos talladas en recias maderas que vencen al tiempo, puertas de locales comerciales que no tienen reparo en poner un ataúd, apoyado vertical en la puerta para anunciar servicios funerarios o aparejos mortuorios o aquella puerta de zaguán que deja entrever en su interior un amplio patio donde prevalecen peluquerías, tiendas naturistas, almorzaderos, gabinetes de abogados, bazares, en fin, todo un pandemónium comercial para el usuario que busca baratillos. Y luego de revelar -fotografía análoga- las imágenes mostraban tres tipos de puertas en el Centro Colonial de Quito. Aquellas sin restaurar, derruidas por el tiempo, otras restauradas con cierta genuina autenticidad que respeta su apariencia original y otras, mala suerte, convertidas en una caricatura, recién envejecida para turistas.
También hay una que otra plazoleta escondida en algún rincón del centro colombino de la ciudad con enamorados sentados en un escaño que, emparejados se toman de la mano, mientras se prometen el futuro esplendor del amor sin condiciones, claro, sin condiciones materiales. En esos lugares, seguro, aprendices de urbanistas ensayan sus dislocadas iniciativas, ponen y quitan rejas que cercan prados, podan árboles añiles, pintan bancos de madera con algún logotipo bancario y se olvidan de dar mantenimiento a los implementos de juegos infantiles que permanecen vacíos, como aquel columpio que se mece en el tiempo esperando un infante que crece sin una infancia feliz en un parque público.
En ese periplo de manos a la espalda, echamos de menos un personaje típico: el fotógrafo de plaza. El fotógrafo de cámara de cajón que ya no espera a sus clientes que antes venía de cajón y ahora prefiere la foto digital, un selfie que mucho se parece a un disparo suicida que mata la autenticidad del sujeto.
Caminar con las manos a la espalda, un ejercicio de añoranza, un paso hacia la reminiscencia de otras épocas de un pretérito perfecto que de tanto venir andando, no alcanzamos en el tiempo.



