Por Felipe Vega de la Cuadra
La “Ópera de los tres centavos”, escrita por el genial dramaturgo y poeta Bertolt Brecht, fue estrenada en 1928 en el «Schiffbauerdamm-Theater» de Berlín, bajo la dirección del propio Brecht y con música de Kurt Weill. La pieza teatral trata de las peripecias y de la asociación que establecen, para dejar el crimen callejero y fundar un banco, un delincuente de apellido Macheath, conocido en los bajos fondos londinenses como Mackie Navaja; Jonatán Jeremías Peachum, empresario de los mendigos de Londres, su esposa y su hija Polly, quien se casó a escondidas con Mackie, y Brown, alias “Brown el Tigre”, jefe supremo de la policía londinense.
La obra es una metáfora de las dos versiones de la mafia: una subterránea y tolerada por la autoridad y otra, las instituciones financieras, que operan a la luz pública y son admiradas y valoradas por la sociedad. De los parlamentos de esta pieza teatral sale aquel famoso adagio que dice: “¿Quién es un criminal mayor? ¿El que roba un banco o el que funda uno?” De hecho, es el propio Mackie quien lo insinúa al poner una justificación ontológica al delito de cuello blanco, rompiendo con el estereotipo de una criminalidad arrabalera y ajena al poder.
Nuestro Ecuador, igual que en el barrio londinense del Soho, donde, como advierte Brecht en el prólogo de su obra: “los mendigos mendigan, los ladrones roban, las prostitutas hacen de prostitutas”, también vive su historia de malhechores, de esos que matan en las calles, de los que corrompen a la policía, de los que se implican, mediante sobornos y chantajes, con las autoridades, como lo hace con solvencia patibularia el protagonista de la Ópera brechtiana; también nuestro país vive el otro lado de la historia delincuencial de Mackie y de sus socios: los fastos, lujos y empresas of shore, los bancos, las corporaciones y exportadoras que se empolvan de cocaína sin despeinarse, el descaro de sus planes y la manera obscena en la que maquinan la apropiación de la riqueza y el manejo de los ejércitos de pobres, según su voluntad, como lo hace el señor Peachum, que ha convertido a los mendigos y a los marginados de Londres en una gran y rentable empresa, un gremio al que puede lanzar a protestar en las calles para obtener beneficios políticos.
Brecht entendió, hace cien años, lo que vivimos hoy, y pudo dibujar el destino del capitalismo hampón que nos gobierna en esta década del siglo XXI; sin embargo, su visionaria metáfora no alcanzó a vislumbrar lo que los delincuentes de ahora han optado por hacer: desembarazarse de intermediarios y asumir, directamente y sin pudor alguno, el poder político y la justicia. El expresidente Lasso mantenía (o mantiene) vínculos con la mafia, según el informe “León de Troya”, su banco es acusado (así lo “tararea” Boscán) de servir para el lavado de dineros del narcotráfico; la Fiscal General, al parecer, también tiene oscuros nexos con el crimen organizado; cada día caen miembros de la policía y de las FFAA encontrados en actividades criminales; la droga llega a Europa contaminando envíos de banano, cuyo mayor exportador es el actual presidente de la república; varios asambleístas huelen a delincuencia (un chat de la fiscal, exhibido por Boscán, reconoce al asesinado Villavicencio como parte de la “mafia”); ministros que, teniendo la autoridad para definir los cupos de exportación de banano, hacen embarcos de droga por interpuestas personas… En fin, Ecuador es víctima hoy de la acción directa de las mafias en la política y en la administración con tanta violencia y desafuero como lo es en las calles.
Un cantor ambulante, canta, en la Ópera de los tres centavos, una canción que cabe hoy para nuestra sufrida patria:
Los caimanes cuando matan
la sangre los manchará;
pero Mackie lleva guantes,
¿quién su crimen notará…?



