Por Leonardo Parrini
Resulta ya un lugar común afirmar que la lucha contra la corrupción para una óptima conducta ética del ser humano, comienza en la educación. Tal vez amparada en esta obviedad, la actual ministra de Educación, Alegría Crespo, anunció que “la materia de Cívica, Ética e Integridad se integran como vitaminas al currículo escolar en este momento de debilidad”. Adicionalmente, en un decreto ministerial proclamó la obligación de celebrar un minuto cívico en colegios y escuelas, con la exigencia de “cantar el Himno Nacional a todo pulmón”, acciones que “fortalecerán el civismo, y respeto por los símbolos patrios y valores”, se incorporan además al estudio escolar y colegial, la Educación para el Desarrollo Sostenible, Educación Socioemocional, Educación Financiera y Educación para la Seguridad Vial y Movilidad Sostenible. La ministra concluye: “Desde el Ministerio de Educación, partimos de la premisa de que los problemas se generan por falta de límites”.
No resulta aventurado colegir que la declaración de Crespo se relaciona con un pálido intento de lucha contra la corrupción, inspirado en una suerte de patriotismo moralista, desde el que no resulta suficiente suministrar “vitaminas”, sino antibióticos contra virus y bacterias que contaminan el comportamiento humano: la propiedad privada, germen de toda corrupción y la distribución inequitativa de la riqueza en la sociedad capitalista, a lo que se suma el culto al individualismo, el mercantilismo y la insolidaridad social.
A la luz de estas reflexiones, la observancia de valores humanos no debe ser una actitud moralista, sino una práctica que se fundamenta en una teoría de cambio social que concibe un mundo distinto, un país diferente, es decir, en una ideología transformadora de la realidad. La postura moralista, que tiene orígenes en la ideología judeo cristiano occidental, reduce la conducta humana a pecar y redimir, poner la otra mejilla, en constante círculo vicioso de reiteración de las faltas. Una actitud promovida por los fariseos, secta judía surgida hacia 150 a C., que concebía la idea de pureza sacerdotal, fe en la providencia o en el destino. Lo cual implica el menor esfuerzo protagónico del hombre y la mujer por transformar su realidad existencial. Los fariseos, desde tiempos bíblicos, fueron considerados seres hipócritas que juzgan severamente el comportamiento de los demás en base a una postura moralista que ve la paja en el ojo ajeno, sin ver la viga en el propio. Moralistas que se presentan como puros, auto reprimidos, pero están impuros por dentro, sepulcros blanqueados.
El arte fuente de conducta humana
Existe un consenso en torno a la importancia del aprendizaje del Arte, en la transmisión de valores, hábitos y costumbres humanas. La literatura en particular es el vehículo más idóneo para esa transferencia de valores existente, a través de la complicidad que se crea entre autores y lectores. Consecuentemente, la mediación de la lectura practicada en clubes de lectura en colegios y escuelas, así como la formación de mediadores entre profesores garantiza la formación de lectores entre los alumnos.
Sabido es que la literatura pervive por el reconocimiento y la ilusoria posibilidad reflexiva de su discurso. En ese sentido, la literatura puede plantearse como el espejo donde los sujetos reflejan y reflexionan su experiencia individual y colectiva. La novela permite la proyección ética del sujeto y la escenificación de los múltiples mecanismos de las decisiones vitales en diferentes contextos sociales. La actividad estética de la novela podría llamarse ética, en la medida en que se convierte en lo que Adela Cortina entiende como «aquella forma de reflexión sobre la reflexión y el lenguaje de la moralidad».
La ideología sustentada en una clase social a la que pertenece el escritor y la literatura como forma de escritura, tienen como objetivo explorar dilemas humanos y, por tanto, inspirar a los jóvenes a reflexionar sobre sus propios valores y acciones y desafiarlos a pensar de manera crítica y creativa sobre el mundo, al encontrar en ella valores como amistad, solidaridad, amor, y por otro lado antivalores como apatía, aniquilación o deshonestidad.
En diversas concepciones escritores consagrados comparten su idea de literatura y ética: “Siempre he pensado -dice Julio Cortazar- que la literatura no nació para dar respuestas, tarea especifica de la ciencia y la filosofía, sino más bien para hacer preguntas, para inquietar, para abrir la inteligencia y la sensibilidad a nuevas perspectivas de lo real”. A su vez, Jorge Luis Borges entendió la literatura como “un espacio lleno de vida, un ámbito donde se reflejan las mismas pasiones, los mismos deseos, las mismas aventuras en la realidad”. Y para Vargas Llosa “la literatura no solo es una herramienta ideológica para transformar la sociedad, sino también, una elevada representación artística, cuya elaboración artesanal es construida a partir de un trabajo intelectual”.
Estas ideas concebidas por los escritores solo son posible entenderlas en el ámbito de la Educación, según Cortázar, cuando se entiende que “ser maestro significa estar en posesión de los medios conducentes a la transmisión de una civilización y una cultura; significa construir, en el espíritu y la inteligencia del niño, el panorama cultural necesario para capacitar su ser en el nivel social contemporáneo y, a la vez, estimular todo lo que en el alma infantil haya de bello, de bueno, de aspiración a la total realización”.
Labor nada fácil a partir de una doble tarea: Instruir y educar y la de dar alas a los anhelos que existen en toda consciencia naciente. “El maestro -dice Cortazar- tiende desde la inteligencia, hacia el espíritu y finalmente, hacia la esencia moral que reposa en el ser humano. Enseña aquello que es exterior al niño, pero cumple el hondo viaje hacia el interior de ese espíritu y regresa a él trayendo la noción de bondad y la noción de belleza y estética, elementos esenciales de la condición humana. Lo hipócrita debe ser desterrado, y he aquí el primer duro combate; porque los elementos negativos forman también parte de nuestro ser. Enseñar el bien, supone la previa noción del mal, permitir que el niño intuya la belleza no excluye la necesidad de hacerle saber lo no bello. Es entonces que la capacidad del que enseña –yo diría mejor: del que construye descubriéndose pone a prueba. Es entonces que un número desoladoramente grande de maestros fracasa. Fracasa calladamente, sin que el mecanismo de nuestra enseñanza primaria se entere de su derrota. Fracasa tornándose rutinario, abandonándose a lo cotidiano, enseñando lo que los programas exigen y nada más, rindiendo rigurosa cuenta de la conducta y disciplina de sus alumnos”.
¿Por qué fracasa un número tan elevado de maestros? El fracaso de tantos maestros obedece a la carencia de una verdadera cultura que no se apoye en el mero acopio de elementos intelectuales, sino que afiance sus raíces en el recto conocimiento de la esencia humana, de aquellos valores del espíritu que nos elevan por sobre lo animal.
No será entoces la cívica, la moral o la integridad, las materias esencialmente llamadas a sembrar una nueva conciencia en los estudiantes, sino maestros formados en la lectura y sus infinitas posibilidades de enseñanza aprendizaje.



