Por Leonardo Parrini
Lo decimos sin metafóricas intenciones: la política es esa suerte de dama de compañía que está presente en todas las acciones del ser humano. A tal punto que el hombre es un ser político, o en palabras de Aristóteles, un “animal político”. El estagirita llegó a esta conclusión a partir de su teoría hilemórfica del hombre, cuando encontró la causa del ser en su propio sustrato biológico y en su naturaleza social.
Dos poderosas razones que confirman que la política rige los destinos de la humanidad, pero que como ciencia no ilumina por igual a todos. Para unos pocos privilegiados brilla como el sol en los centros de poder económico, mientras que en el mundo marginal brilla por su ausencia para muchos. En las esferas del poder económico existen los sujetos políticos que regentan la vida de los objetos políticos a su arbitrio. Y a esto Aristóteles llamó “la ciencia rectora suprema”, algo así como la dimensión constitutiva del ser humano.
Esta vastedad política en la vida de hombres y mujeres adquiere diversas significancias. Para unos será un acto de redención hasta ofrendar la vida por los demás. Para otros, la partera de la historia bajo los designios de la lucha de clases.
A partir de esa bifurcación ideológica, la política adquiere un sentido utilitario entre los usuarios. Moros y cristianos emprenden sendas distintas bajo un aparente derrotero político común. Para unos conciliación para otros beligerancia, la política sigue dividiendo al mundo entre quienes valoran la política al servicio de los demás y quienes se valen de ella al servicio propio. Algunos pretenden permanecer neutros, ingenuos y no tan ingenuos, y otros desencantados que se declaran apolíticos, sin embargo, nada más politizados que aquellos que pretenden aparecer políticamente neutrales.
No faltan los que se quejan de vivir siempre en crisis. Pero las crisis no son procesos que ocurren como el día o la noche, una crisis es un estado de estancamiento a que conducen la política los propios políticos. Si la política es una gestión, o la suma de diversas gestiones, ésta se estanca, pierde norte y deja de ser la dinámica fluida del ser humano en busca de su plenitud.
En las sociedades dependientes la política siempre está en crisis, principalmente de tipo moral porque sus actores se rigen por el maquiavelismo como norma práctica en que todo vale y los medios son justificados por el fin. Por eso es frecuente el desprestigio de la política en los países marginados en boca de los serviles de la política que se desviven por figurar en la administración del Estado neocolonial, cuando aquellos que maldicen la política se arrastran tras los beneficios personales que obtienen de ella.
En nuestra política criolla los ejemplos abundan. Los últimos tres presidentes ecuatorianos, indistintamente, hicieron de la política nacional un acto de felonía, un negocio redondo o un asunto de vanidad personal. Alineados a los grupos de poder económico que los secundan en sus cargos, han hecho de la política un acto indistinto de gamberra. Se vendieron como expresión de la nueva política, cuando desde sus orígenes forman parte de la vieja práctica política, aquella que desdice de la ciencia rectora suprema.
¿Acaso existe otra dimensión de la política en aquella que conciben los poetas?
La verdadera poesía lleva siempre en sí la justicia, y un político debe ser siempre un hombre justo, un poeta; y su política, justicia y poesía, dejó escrito Juan Ramón Jiménez en su texto El trabajo gustoso, donde el poeta concibió la política poética. La única política que verdaderamente podía provocar un cambio de paradigma social y cultural, a favor del pueblo, de la comunión y la hermandad. Esta dimensión de la política acaso quedó expresada en los versos de Neruda: Para mi corazón basta tu pecho, para tu libertad bastan mis alas.
¿Sería acaso la existencia más íntegra y llevadera si nos gobernaran los poetas? Es una posibilidad, asumiendo las consecuencias con valentía y fortaleza, para seguir remando a contracorriente, a pesar de las fatalidades que no hacen sino desafiar la verdadera naturaleza humana, ahí donde reside la auténtica política, justa y poética.



