Por Felipe Vega de la Cuadra
Desde la antigüedad, el pueblo hebreo celebra el día de Expiación o Yom Kippur, el ritual para ese día (el décimo del mes judío de Tishrei) se encuentra descrito en el capítulo 16 del Levítico. En la ceremonia, el sumo Sacerdote ofrenda dos machos cabríos y sortea su destino con una moneda (algo así como un juicio de Dios); uno de los animales será sacrificado y el otro, será expulsado como un chivo expiatorio, un animal que cargará con todas las culpas del pueblo de Israel. De allí, de aquel ritual, nos viene el concepto que tenemos hoy: “endilgar una culpa colectiva sobre alguien en particular, aun cuando este no haya sido el responsable de tal falta” (lo dice Javier López Quitian, en un ensayo presentado a la Universidad Libre de Colombia en 2012).
El chivo expiatorio será expulsado y perseguido por la gente entre gritos, insultos y pedradas. En el pasado lo conducían hasta un lugar llamado Azazel, nombre de un demonio antiguo, donde lo desbarrancaban.
El chivo expiatorio, entonces, es el culpable simbólico, es el individuo o grupo que carga con las culpas de otros, es a quien se le endilgan las responsabilidades y el que asume el castigo de los pecados de todo el pueblo o de otros que, al entregarlo a la turba, se lavan las manos de sus actos dolosos. Además, lo que se haga en contra del chivo expiatorio se vuelve legítimo al estar permitido y sacralizado por el ethos colectivo, es así que, cuando el chivo expiatorio es una o varias personas, la violencia contra esos íconos se vuelve “santa”, necesaria y justificable moralmente, puesto que engendraría un sui géneris principio de reconciliación comunitaria y un acto, básicamente inequitativo, de catarsis ante los dramas y rupturas que vive una sociedad.
Fueron los mismos hebreos quienes se convirtieron en chivo expiatorio en occidente. De allí las acusaciones brutales, como el caso del Santo niño de La Guardia, en España; los pogromos (ataques violentos de la población contra judíos en Europa) y el Nazismo.
El ejemplo evidente de nuestros días lo encarna la boxeadora argelina Imane Khelif, ganadora de medalla de oro en su categoría, quien fue el blanco de brutales ataques como si fuese un hombre haciéndose pasar por mujer, cuando en realidad es una mujer con una condición genética. La respuesta global la convirtió en el chivo expiatorio del prejuicio y del injustificado rechazo a todo lo que sea trans.
Otro chivo expiatorio global es Venezuela y su gobierno progresista. A ellos se les acusa de todos los males (desde los fraudes, pasando por la dictadura, sin importar que hayan vivido 31 procesos electorales en los últimos tiempos, hasta la corrupción, el asesinato y la crueldad más refinada contra su propio pueblo), se le ataca por todo lado y se pretende desbarrancarlo hasta derrocar y luego exterminar a quienes, la rabia y la culpa colectiva nos vende como responsables de cuanto mal existe en la política.
En el libro El Chivo Expiatorio (Editorial Anagrama S.A. Barcelona. 2ª ed. 2002), a su autor, el filósofo y antropólogo francés René Girard, analiza los entramados en que se presentan las persecuciones contra los modernos chivos expiatorios, aborda también la mecánica de la acusación; por eso afirma que la multitud siempre tiende a la persecución pues busca, de forma natural, una justificación que satisfaga su ira y su necesidad de dar una salida violenta a sus frustraciones. La multitud siempre será un grupo irracional de perseguidores en potencia pues sueñan con purgar a la comunidad, por su propia mano, de los elementos impuros que, en su imaginario, la corrompen. La turba está convencida de que los chivos expiatorios, así sea un solo individuo, llega a ser, a causa de lo que simbólicamente representa, extremadamente nocivo para el conjunto de la sociedad.
En el Ecuador de los últimos años, el chivo expiatorio es, sin lugar a dudas, lo que se designa como “correísmo” y sus representantes, empezando por Rafael Correa que sufre un exilio injusto en base de las más absurdas, disparatadas e inmorales acusaciones; Jorge Glas, que está preso, siendo inocente, en una cárcel de alta seguridad, luego de ser secuestrado; y un grupo de hombres y de mujeres que son los recipiendarios de todos los males causados por otros y chivos expiatorios impuestos por una clase que se apropia de la riqueza y que se mantiene en la sombra (aunque ahora gobierna directamente y sin intermediaciones), causando las tragedias y frustraciones que vive, todos los días, nuestro pueblo llano.



