Por Leonardo Parrini
Que la historia la hacen los pueblos no es noticia. La novedad es que decidan hacerla como tragedia o como farsa. A simple vista esa es la disyuntiva que se vive en la perpleja Venezuela de hoy. No obstante, el proceso de transformación social que vive el país bolivariano comporta determinadas características consignadas por la teoría de la ciencia política que también suelen ser parte del sentido común, cuando lo irresoluto, indeciso, o vacilante son conductas humanas en situación de crisis.
Visto a la luz de la teoría, en Venezuela se vive una crisis revolucionaria en que el factor objetivo del cambio social -agudización de las contradicciones sociales- está dado. No obstante, el factor subjetivo que impulse el proceso revolucionario -organización, movilización y conciencia política de masas- sigue en veremos, en vías de resolverse.
Si postulamos a que Venezuela vive un proceso revolucionario, este último factor para cristalizarse históricamente, requiere de condicionantes factibles. No basta la ideología o la mística revolucionaria para obtener la convicción de las masas, se requiere de que las grandes mayorías perciban que los cambios sociales son para mejorar su calidad de vida. Se hace la revolución social para optimizar la precaria situación material y espiritual y sacar de la miseria existencial al ser humano. Y si el proceso revolucionario no es capaz de producir esas condiciones, no será suficiente con adherir a un método teórico de transformación social sin resultados, puesto que las utopías para dejar de serlo y convertirse en realidad exigen cumplir los propósitos para los que fueron formuladas. En otras palabras, no bastan los triunfos morales, también hay que obtenerlos materialmente. En ese sentido, el método científico se diferencia del romanticismo revolucionario utópico contra el que lucharon los creadores del socialismo científico.
La historia muestra que los grandes procesos de cambio social, se verifican cuando la praxis política cambia la historia. Y obviamente, aquello no es fácil puesto que el instinto conservador del ser humano, la defensa a ultranza de privilegios, los enormes poderes fácticos que enfrenta un proceso de cambio atentan sin tregua contra la ideología y el ímpetu revolucionarios.
A la luz de los hechos, el intento de desestabilización masiva en Venezuela que cuenta con financiamiento de los EEUU y del narcotráfico colombiano, es una fuerza de choque que arremete contra la paz en ese país, de tal manera, que pone a prueba la fortaleza ideológica de los protagonistas del cambio, su capacidad de generar resultados atractivos a las masas y una situación de defensa de los logros revolucionarios. Esas condiciones concretas deben estar hoy a la vista en Venezuela. Sin embargo, el país muestra siete millones de emigrantes, un deterioro sustancial de la economía desde 2013, pese a una leve recuperación de los últimos tiempos, siendo la nación que tiene la primera reserva petrolera certificada y la cuarta reserva de gas del mundo, dispone de la primera reserva de oro y del 20% de los acuíferos del planeta.
La teoría enseña y la historia demuestra que solo la movilización de masas garantiza la consolidación de los procesos revolucionarios, bajo una clara definición y conducción política de una vanguardia orgánica que oriente el proceso. El foquismo militar, o paramilitar, nunca ha tenido éxito en la historia de las revoluciones sociales, ejemplos sobran en nuestro propio continente en la experiencia del Che Guevara en Bolivia, pese a su entrega revolucionaria; y de otras experiencias guerrilleras urbanas y rurales que se lanzaron al asalto al cielo sin apoyo de masas organizadas. Cuba es el ejemplo clásico de una revolución consolidada en la región por la concurrencia de una vanguardia político-militar que encabezó una importante movilización de masas obrero-campesinas en la consecución de estrategias y tácticas revolucionarias que condujeron al cambio social en la isla y su consolidación en la historia moderna.
Venezuela y Chile similar camino
En una analogía histórica, Chile se asemeja al proceso revolucionario venezolano. Ambos procesos de cambio se apoyaron en la voluntad colectiva expresada en elecciones. En los dos países el respeto de la “democracia burguesa” ha sido la conducta tradicional de los revolucionarios locales, a través de la cual pretendieron realizar los cambios sociales. Ambas naciones exhibieron valores culturales históricos que pusieron al servicio del cambio social, en el caso de Venezuela el bolivarianismo, y Chile su tradición de lucha proletaria organizada.
La diferencia mayor entre ambos procesos es que en el caso venezolano el chavismo logró concientizar a las fuerzas armadas hasta convertirlas en fuerzas armadas bolivarianas, en Chile nunca se pudo influir políticamente en el aparato militar y policial del Estado, instituciones profundamente arraigadas a una formación prusiana de fácil acceso al fascismo. A la luz de los hechos, en Venezuela son sus fuerzas armadas las que sostienen la revolución bolivariana de cambio, prueba de ello es que recientemente han confirmado su lealtad al proceso. No es casualidad que María Corina Machado llamara a los militares a “respetar la elección de González”. Mientras que el ministro de Defensa venezolano declaró absoluta lealtad y apoyo incondicional a “Maduro presidente y nuestro comandante en jefe”, contra las protestas que son “un golpe de Estado fraguado por actores fascistas de derecha extremista”. Con este antecedente no debe sorprender que el periodista peruano, Jaime Bayly, cómodo residente de una isla privada en Miami que ahora funge de consejero político-espiritual de la oposición venezolana, proponga una descabellada sugerencia a María Corina Machado: que “convoque a los 10 millonarios más solventes del país y los comprometa a dar sus aportes económicos para comprar a los militares venezolanos que tienen su precio, y que están vendidos a la dictadura, por tanto que les hagan una mejor oferta”; y “que María Corina no se vaya del país porque la dictadura no la va a reprimir”; y que no convoque a los venezolanos a protestar a las calles “porque se puede desatar un baño de sangre“. Este discurso de Bayly, sin duda, forma parte de la perpleja Venezuela.
En Chile, en cambio, jamás existió tal adhesión militar al proceso revolucionario, y ahí está el resultado en la conducta violenta de las FFAA y Policía chilenas, del 11 de septiembre de 1973, que derrocaron al Gobierno de Salvador Allende provocando el baño de sangre bajo represión y muerte y el exilio masivo de chilenos por el mundo. En la Venezuela del 2024 hay un factor que no había en Chile en 1973: el aparato militar del Estado se pronuncia a favor de la revolución bolivariana y emerge como garantía del proceso. Esto es fruto de la labor de ideologización y politización militar encabezado por Hugo Chávez durante décadas. Sin embargo, sin movilización de masas organizadas y conscientes, esa situación puede convertirse en reversible.
Los últimos días del presidente Allende, el “gobierno popular, democrático y antimperialista” de la Unidad Popular, estaba cercado por las fuerzas políticas reaccionarias internas y externas que amenazaban con derribar al régimen mediante paros y huelgas empresariales, caos callejero, sonadas violentas en las principales ciudades, sabotaje a la distribución de alimentos, crímenes políticos, obstrucción parlamentaria, provocación a las FFAA para obtener un pronunciamiento en contra del proceso, entre otras innumerables acciones de la reacción política derechista interna, financiada por las agencias norteamericanas, como quedó al descubierto luego de la desclasificación de documentos secretos de la Central de Inteligencia Americana (CIA) durante el gobierno de Nixon.
La Unidad Popular, coalición integrada por el Partido Comunista, Partido Socialista, Partido Radical, Izquierda Cristina y Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), no estuvo en capacidad de neutralizar el poderoso aparato político diplomático militar que se puso en marcha a nivel internacional y local, con el propósito de derrocar por la fuerza al presidente democráticamente elegido, Salvador Allende Gossens. La disyuntiva en un momento clave fue avanzar sin transar, como proponía la ultra izquierda trotskista -MIR y sectores socialistas- consolidar avanzando; o en su efecto, avanzar consolidando como orientaba la política de masas de la izquierda tradicional comunista y socialista.
La situación venezolana comporta ciertas similitudes. La salida a la crisis en Venezuela tiene dos alternativas: consolidación del cambio social mediante radicalización del proceso, o avanzar consolidando bajo la condición de apoyarse en las masas convencidas y leales. En el primer caso, el proceso reclama una considerable movilización y apoyo de masas populares bajo una clara vanguardia política orgánica que conduzca el movimiento. En el segundo, requiere redoblar un proceso de educación política de masas, que toma tiempo y que ve resultados al ritmo de la consecución de logros sociales favorables a las mayorías.
Si en Venezuela las partes del conflicto dicen tener pruebas de su triunfo electoral, deben exhibirlas. Tanto Machado como Maduro, deben poner a disposición las actas que dicen probar los hechos a su favor. En ningún caso es aceptable el intervencionismo y chantaje norteamericano que convoca a los regímenes afines del mundo, a presionar al Gobierno venezolano a dimitir porque “ya se les acabó la paciencia”. Lo que el mundo no puede aceptar en virtud de la verdad, es que una farsa se convierta en tragedia y hacer que en la perpleja Venezuela la historia se repita. La revolución, en primer lugar y en última instancia, es apego a la verdad histórica.



