Por Edgar Allan García
Sabemos que hay unos pocos que todo el tiempo se preguntan qué se fragua a sus espaldas. Es una pregunta inteligente que a buena parte de la humanidad, por suerte, no le interesa. Esos pocos saben –o al menos sospechan- que las mayorías son simples marionetas en un escenario que hemos diseñado previamente. Es una minoría que suele preguntarse, por ejemplo, por qué, de un tiempo a esta parte, se les ha querido convencer de que viven en un mundo líquido, amorfo, sin límites claros, susceptible de tan variadas como múltiples interpretaciones, todas válidas, todas iguales, un mundo donde apenas si ocurren simulacros, no hechos concretos ni definidos, y donde las personas, ubicadas en escenarios preestablecidos, a duras penas si interpretan roles intercambiables y son, por tanto, prescindibles.
Ante esto, esos pocos no pueden dejar de preguntarse si el poder, nuestro poder, que siempre es sólido, inexorable, brutal, directo, contundente, es el que les quiere convencer de que nada en el fondo importa y que los límites se desvanecen en un claroscuro brumoso donde todo puede ser esto o aquello.
Mientras nosotros vamos a lo que vamos, con consignas claras y agendas bien diseñadas, concentrando en nuestro favor todo el poder financiero y político que podemos, y adueñándonos, por tanto, del mundo, ellos sospechan, y hasta tienen pruebas, de que los hemos convencido de que el juego se llama incertidumbre, frivolidad, consumismo, obsesión lúdica y que, por tanto, es imposible escapar del sinsentido y la multiplicidad evanescente, por lo que, no hay otro norte que la apatía y la indiferencia ante temas que, de otra manera, podrían ser vitales.
Por supuesto que no nos inquietan sus acusaciones, ni sus sospechas, las mayorías viven en la inercia, temen salir del paradigma dominante, es más, lo defienden a dentelladas, y han demostrado ser obedientes a nuestras consignas, pero para los que dudan y se hacen preguntas que podrían inquietar, tenemos siempre respuestas contundentes: usamos los medios para desacreditarlos, nos tomamos las redes para deslizar dudas, consignas o acusaciones, los dejamos en manos de nuestros expertos, que destruyen sus lógicas y los convierten en meros payasos o dementes, aprovechando que, de hecho, existen verdaderos paranoicos y delirantes entre ellos. El resultado, hasta ahora, es halagador. Por lo general, no se necesita usar la fuerza, que siempre es un recurso que tenemos a mano. Si todo va como hasta hora, la agenda se cumplirá, como debe ser, y podría llegar el momento en que la humanidad se muestre agradecida porque le permitimos seguir viviendo. Ese, sin duda, será nuestro más grande triunfo.



