Por Felipe Vega de la Cuadra
Tomo para estas notas el título que el gran sociólogo, Agustín Cueva, le dio al primero de sus libros: una brillante exégesis de la historia cultural del Ecuador que cubre más de 400 años. Y también porque según las últimas encuestas publicadas (Maluk Research y Comunicaliza) el estado de ánimo mayoritario de ecuatorianos y ecuatorianas es de agresividad, es decir de ira; y las respuestas alcanzadas en las encuestas nos revelan como una sociedad esperanzada en que “alguien” haga “algo” para terminar con la inseguridad, la violencia, la crisis económica, el desempleo y demás desgracias que nos asaltan y nos deprimen.
¿Será que somos un país y un continente iracundo y esperanzado al mismo tiempo…? ¿Que nuestra rabia tiene el mismo tamaño de la expectativa de vivir días mejores, mejores gobiernos, destinos mejores…? Posiblemente, y esa puede ser la paradoja en la que nos debatimos, día a día, cada habitante de la costa, de la sierra, de la amazonia y de las Galápagos. La cuestión que se nos adviene, entonces, no será otra que: de ser así, ¿cómo se resuelve la ira y cómo la esperanza, en estos días aciagos para nuestro sufrido país?
La ira se convierte en violencia, en una que vivimos en el Ecuador, desenfrenadamente, desde el gobierno de Moreno; que creció hasta cifras inéditas y astronómicas de muertes violentas y delitos, en el gobierno de Lasso y, que continúa su desborde en el actual.
La ira se experimenta en la calle, cuando la gente común reacciona iracunda ante cualquier estímulo, cuando conducir una bicicleta o un auto se convierte en una experiencia agresiva y violenta; la ira se la vive, cotidianamente, en el trabajo, en la familia, en el barrio, porque la agresividad social que nos ha contaminado como consecuencia de la frustración y la impunidad generalizada, va copando el mundo emocional de la población como efecto de la promoción del miedo, de la apología del delito y del ejemplo de resolución violenta de los conflictos más mundanos y banales. Además de la consolidación, en la anomia general y en la impunidad, de la política del más fuerte, de la ley de la selva, del machismo, del sexismo y del repudio al diferente.
La ira es el mejor estado para la manipulación. El miedo y la frustración, que son los motivadores profundos de la rabia, son también los ingredientes básicos de la violencia y permiten la imposición de constructos que anulan la racionalidad individual y lanzan a los grupos humanos hacia las acciones destructivas que suele protagonizar la horda.
La esperanza hace, al mismo tiempo, de su antípoda y de potenciadora de la ira. Antípoda porque anuncia el fin de la violencia como un horizonte, como un deseable social y, potenciadora, porque abre las puertas a nuevas manipulaciones sociales que se afincan, no en el miedo y la frustración, sino en la promesa de alcanzar paz y días mejores, derrotando, de la forma más rápida y con el mayor despliegue de violencia, para satisfacer el sentimiento de venganza, a la misma violencia.
Si debería poner nombre y apellido a la ira y a la esperanza, como medios de manipulación social en el Ecuador, a la primera la identificaría con las animadversiones políticas contra el progresismo y las maniobras judiciales y comunicacionales que acrecientan el odio y la rabia. La esperanza, en cambio, se evidencia en las Fuerzas Armadas en la calle, aunque no alcancen resultados: junio fue el mes más sangriento de los últimos tiempos, pese al supuesto control de los militares; pero nos contagian con la idea de que están combatiendo (tal como si se tratase de una guerra) y nos infectan con la expectativa, ficticia, de una victoria cercana y definitiva contra la delincuencia, que sucederá, siempre y cuando mantengamos la misma configuración política del estado, es decir consignemos nuestro voto por el actual gobernante.
Así nos debatimos entre la ira y la esperanza: dos caras de un mismo estado de ánimo, dos facetas de la misma manipulación y del mismo constructo, que nos ofrece, la superestructura de pensamiento político, los psicólogos sociales y los comunicadores que trabajan para la reelección, como salida ficticia y neurótica del caos y la tragedia en los que vivimos.



