Por Leonardo Parrini
Aun cuando se veía venir, es la noticia sorpresa de la semana: Biden mediante carta renuncia a su candidatura a la presidencia de los Estados Unidos. Una sucesión de circunstancias lo llevaron a tomar la decisión. Un sonoro fracaso en el debate -en la sede de CNN en Atlanta- que más bien fue debacle para Biden, de 81 años, donde se mostró como un hombre senil, confuso y ajeno a la realidad. El fallido atentado que convirtió a Trump en héroe de un pueblo como el norteamericano, tan proclive a crear mitos, que para eso tiene a las grandes cadenas periodísticas como CNN en Atlanta, y a las grandes cadenas cinematográficas en Hollywood.
El repunte electoral de Trump, luego del frustrado atentado, los propios errores de Biden en apariciones públicas mostrando falta de concentración y agotamiento, y el cuestionamiento de personajes claves entre sus propias filas demócratas; y, como guinda del pastel, un diagnóstico de Covid -en los últimos días- que lo sacó de circulación. A todo esto hay que sumar el fracaso de su gestión presidencial, considerando que llegó a la Casa Blanca para unir al país y lo deja más dividido que nunca; y finamente, el apoyo de EE.UU a Israel, un paso internacional en falso de la potencia militar del norte.
Todo configura un escenario que verifica la comprobación de una candidatura de Biden debilitada, bajo presiones internas del Partido Demócrata, mala evaluación en las encuestas y fortalecimiento de la posición de Trump, ratificado como candidato republicano.
Un hecho clave es, sin duda, el fallido atentado del que Trump sale con vida y políticamente fortalecido al punto de ser considerado un “héroe”, no obstante haber prometido “ser un dictador desde el primer día” de un eventual nuevo mandato presidencial. Trump representa el potencial peligro nuclear, la represión migratoria, la insensibilidad social de una derecha reptiliana que desplazó a la derecha clásica y que se proclama dispuesta a ganar la permanente guerra cultural. Todo aquello queda representado en lo que significa para Trump y sus seguidores su eslogan de campaña: “hacer grande a América otra vez”.
El atentado no consumado es, sin duda, un hecho clave en el que Thomas Crooks no mató a Trump, pero mató, políticamente, a Biden, al punto que muchos en los Estados Unidos se preguntan “Si Joe Biden pone fin a su campaña de reelección, ¿cómo puede justificar seguir siendo presidente?, debería renunciar también al cargo”.
La renuncia de Biden dio paso a Kamala Harris, actual vicepresidenta, opcionada para tomar la posta como candidata a la presidencia del país. Si a los norteamericanos no les falla la memoria deberán recordar que Harris, apoyada por Biden, por los Clinton y otros líderes demócratas es una mujer de 60 años, sin hijos, fuerte e independiente que, al final del día, representa la continuidad del gobierno actual. No obstante de ser considerada progresista, Harris es “representante de sectores afroamericanos y latinos, cercana a políticas feministas, pero al mismo tiempo se recuerda su labor en el plano judicial y de fiscalías aplicando políticas represivas, viéndose envuelta en controversias legales por posibles engaños en el actuar de policías, haciendo declaraciones para que migrantes no fueran a Estados Unidos y dando respaldos a políticas belicistas promovidas por Biden”. Ahora se está recordando que Harris ha sido la Vicepresidente de Estados Unidos en este período y, por tanto, tiene amplias responsabilidades en lo que ha hecho y dejado de hacer el Gobierno de Biden.
Lo viejo sin lo nuevo
No todo se explica por estos factores subjetivos, también pesan los factores objetivos en la sociedad capitalista estadounidense en la que, -como ya lo dijo Gramsci- mientras lo viejo no acaba de morir, lo nuevo no termina de nacer. Es entonces cuando en una sociedad se produce una descomposición con pérdida de valores y un extravío colectivo. Descomposición social que aprovechan, o en la que se expresan las fuerzas políticas reaccionarias y no es casual ni extraño que emerjan corrientes fascistas, violentas, que no creen en la llamada democracia formal y la subvierten. Esto fue lo que ocurrió cuando Trump asaltó con sus partidarios el Capitolio, provocando muertos y heridos en un hecho inédito e insólito en los Estados Unidos y sus constantes amenazas de hacer un nuevo gobierno fuerte.
Esas fuerzas anacrónicas de la extrema derecha estadounidense, no necesariamente se manifiestan orgánicas o partidistas en el espectro político, sino como una conducta que marca una tendencia de comportamiento, tanto de los actores políticos como de los sectores mediáticos.
De cara a las próximas elecciones del 5 de noviembre, los demócratas deberán posicionar un relato exitoso y seguro ante la debilidad y contratiempo con Biden. Es de esperar también una intensa ofensiva de los republicanos acentuando las debilidades y problemas de los demócratas y fortaleciendo su candidato con un discurso exitista, y situación de estabilidad y fuerza.
Esto ocurre en un país como Estados Unidos que continúa con serios problemas económicos, con dificultades en ámbitos sociales (salud pública, vivienda, empleo) y con tensiones y controversias por la guerra Rusia-Ucrania, la postura ante la OTAN, la disputa con China y los casos de irregularidades y cuestionamientos legales a altos personajes de la política, empezando por el propio Trump.
La renuncia de Biden en los Estados Unidos, significa que lo viejo da paso a lo nuevo que aun no termina de nacer.



