Por Leonardo Parrini
El fallido atentado perpetrado contra Donald Trump rodeado como todo hecho mediático de mitos y verdades, genera una trama singular al final de la cual Trump salva su vida. Suceso que para unos es un milagro y para otros, un golpe de una desproporcionada suerte del candidato a la presidencia de los Estados Unidos. En uno y otro caso, los hechos hablan por sí mismos, y amerita preguntarse quiénes son en realidad los protagonistas tras los entretelones de este intento de magnicidio.
Thomas Crooks, joven que disparó a Trump con intenciones de matarlo, era un militante afiliado al Partido Republicano -aunque erróneamente circuló la versión de que era un propagandista del Partido Demócrata, lo cual no es cierto-, que vivía en Bethel Park a 70 kilómetros del lugar del atentado en Butler, Pennsylvania.
Los hechos.
Crooks se entera de que Trump iba a dar un mitin el sábado pasado a las cinco de la tarde y decide viajar desde la localidad donde vivía con su padre, hasta el lugar de los hechos. El muchacho tenía una mala vida, como adolescente solitario abrumado por traumas y avergonzado de sí mismo, acomplejado e inseguro, según manifestaron sus amigos del colegio. Thomas andaba siempre solo sin amigos y no tenía novia, iba vestido siempre con traje de camuflaje y era aficionado a las armas. El padre de Crooks tenía varias armas de fuego en su casa, entre ellas el rifle semiautomático AR15 que usó el joven en el atentado. Ese era Crooks, un solitario desdichado y sin futuro, con un trabajo precario como ayudante de una enfermería.
Thomas decide tramar el atentado y se dirige en la camioneta de su padre al lugar de los hechos. Sin duda, un atentado inviable, si el Servicio Secreto hubiera tomado todas las precauciones de seguridad. El mitin debió comenzar a las cinco de la tarde, pero Trump que estaba dando una entrevista a Fox News se retrasa y llega en su avión privado una hora tarde, a las 18h03, al lugar del mitin. El Servicio Secreto ha acordonado el lugar y ubicado a francotiradores en los edificios detrás del escenario donde hablará Trump. Los agentes no ven a Crooks subir a la sotea del edificio desde donde dispara porque ese inmueble no fue incluido en el perímetro de seguridad y no fue revisado y bloqueado previamente. He ahí el error. Sin embargo, Crooks es visto por asistentes al mitin que lo graban portando el fusil en dirección al edifico que está a menos de 120 metros de la tarima, y avisan a los agentes secretos.
El edificio estaba bajo vigilancia de la policía local. Crooks, cuando ve llegar a Trump, decide subir a la sotea y es cuando la gente lo ve y avisa a la policia. Un agente intenta subir a la sotea, pero se cae. Este hecho hace que el potencial asesino se precipite y dispare, sin mayor concentración, al apuro. Detalle que salva la vida a Trump. Crooks dispara ocho veces y, probablemente, la primera bala es la que impacta en la oreja derecha de Trump durante el tiroteo que duró no más de dos minutos. Trump se lanza al piso y los agentes secretos lo cubren. El agresor sigue disparando y mata a un hombre que se lanza sobre su familia, su mujer y dos hijas, cubriéndola, y recibe los impactos de bala, además, resultan heridas otras dos personas. En ese momento, recién los agentes disparan sobre Thomas Crooks eliminándolo al instante.
Trump hace un gesto propio de un candidato, levanta su brazo y grita a sus seguidores que sigan luchando. En su rostro se advierten huellas de sangre y Trump pide a los agentes que busquen su zapato que se ha caido producto del movimiento brusco. Su reflejo político de alzar el brazo desafiante se explica por su intención mediática de querer parecer un héroe.
El atentado no se consuma porque Trump, providencialmente, mueve la cabeza para mirar a una pantalla donde había datos que debió revelar en el discurso, entonces la bala no impactó directamente en su frente. Esto, que para unos es un milagro y para otros una desmedida suerte de Trump, quedará para el anecdotario de la historia como un designio del azar.
En busca de fama
Más allá de estos entretelones, cuál pudo ser la causa que motivó a Thomas Crooks disparar sobre Trump. Este, como en otros atentados contra famosos ocurridos en los Estados Unidos, tiene algo en común: siempre el victimario fue eliminado o arrestado, lo cual imposibilita obtener su versión de los hechos. A su vez, el resultado oculta detalles acerca de acciones, presumiblemente, colectivas en contra de las víctimas, cuyos motivos siempre fueron políticos, según las teorías conspirativas. Esta circunstancia impide, finalmente, que las investigaciones profundicen en la realidad de una democracia que se muestra fallida y de un sistema político donde impera la ley del revolver, como en el viejo Oeste.
No resulta suficiente saber que los asesinos actuaron por razones personales en busca de notoriedad pública. David Chapman asesino de John Lennon, dijo haber actuado por gloria personal, quería ser famoso. Entre los asesinos de celebridades, y que fue eliminado, está Lee Harvey Oswald que mató al presidente John F. Kennedy. El atacante que disparó a Ronald Reagan, el joven John Hinckley Jr., confesó que atacó al presidente para ser famoso, llamar la atención, y así demostrar a Judie Foster su amor por ella.
El atentado potenció la candidatura de Donald Trump. En un país religioso como EE.UU, los electores dirán que si Dios salvó la vida a Trump es porque quiere que vuelva a ser presidente, entonces votarán el 5 de noviembre por el candidato republicano. Así lo demuestran las encuestas que a pocas horas del atentado, mostraban que Trump subió 8 puntos en la intención de voto, ubicándose ya a 14 puntos por sobre Joe Biden. Todo juega, enormemente, a favor del político. Una bala en la oreja de Trump hace olvidar que fue condenado por acoso sexual y soborno a una actriz porno, que instó a sus seguidores a asaltar el Capitolio con el resultado de cuatro muertos, y que Trump es capaz de apretar el botón nuclear para dirimir conflictos geopolíticos.
El común denominador de los asesinos de personalidades es que no odian a sus víctimas sino que odian su propia vida. En una sociedad abrumada por el hastío cultural de repertirse mitos a sí misma, saturada por el hiperconsumismo que la consume, una sociedad que no identifica sus propios valores cuturales, negativos y positivos, y que proclama ufana: América para los americanos. Cuando en realidad debería proclamar, EE.UU para los anglosajones, porque los americanos somos nosotros, los hispanoamericanos. Una sociedad en la que un muchacho agobiado, sin futuro, avergonzado de su fracaso existencial decide alcanzar su célebre cuarto de hora y encumbrarse a la fama como un asesino para dar sentido a su frustración vital, da mucho qué pensar acerca de los valores espirituales que fomentó en él la sociedad donde nace, vive y muere.
Esa es la sociedad que pretende erigirse paradigmática ante el mundo, modelo a seguir, ejemplo de democracia y civismo. País que actúa como hegemón geopolítico internacional, imperio que pretende dominar el planeta. Todo eso es Estados Unidos en el posicionamiento del sistema, en la propaganda y en la percepción de incautos e ignorantes observadores que repiten acríticamente las versiones que emergen desde los centros de poder y pensamiento en la propia nación del norte.
Es hora de repensar qué ejemplos seguimos y cómo podemos seguir, sin atender ejemplos de esa naturaleza.



