Por Felipe Vega de la Cuadra*
Los conflictos en Europa del este tienen origen en 1912, durante las guerras balcánicas, que brindaron la justificación perfecta para que Prusia entre en combate contra Inglaterra y Francia dos años después, cuando fue asesinado del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona austro-húngara, en Sarajevo.
Desde aquellos años el término “balcanización” forma parte del diccionario de la lengua española y alude a la desmembración de un país en comunidades o territorios enfrentados.
La historia de los Balcanes tiene dos episodios más: su integración y convivencia como Yugoeslavia, luego de la II Guerra Mundial, bajo el gobierno del Mariscal Josiph Broz Tito; y su desintegración, tras las guerras consecutivas de 1991 y 2001 entre serbios, bosnios, croatas y albano-kosovares, que terminó disgregando la ex Yugoeslavia en seis repúblicas.
La separación en bandos y el enfrentamiento, como signos de la balcanización, son aplicables a realidades diversas, pero conflictivas y sectarias en el mundo.
¿El enfrentamiento político en el Ecuador puede identificarse con el fenómeno que vivieron, a lo largo de un siglo, aquellas naciones…? Por supuesto que sí, porque en la última década ha crecido y se ha establecido la contradicción, falsa y artificiosa, entre lo que han dado por llamar “correísmo” y su versión “anti”, que ha alineado a grandes sectores poblacionales y de opinión en una de las dos supuestas vertientes de diferenciación de los ecuatorianos, “balcanizando” la política, la administración, la comunicación y la conversación pública.
La balcanización no es un fenómeno producido espontáneamente, constituye, por el contrario, un falso dilema inducido y alentado por grupos de interés para asumir el control de diversidades difíciles de integrar. Aquellos grupos de interés indujeron las confrontaciones intergrupales en esas poblaciones, en 1912 los imperios Otomano y Austro Húngaro; también los intereses de la OTAN, luego de la caída del muro de Berlín y el final del socialismo soviético, buscaban posesionarse en Yugoeslavia mediante la exacerbación de los odios que llevaron a las guerras finiseculares de Serbia, Eslovenia, Croacia y Bosnia.
En Ecuador, una casta económica que se mantuvo alejada del poder político durante diez años, a causa del gobierno de Rafael Correa y de un proceso progresista que copó a la América Latina, asumió, con su aparato comunicacional y el apoyo del hegemón continental, la tarea de balcanizar la política del país, sembrando el odio y el sectarismo entre dos supuestos bandos: correistas y anticorreistas (como si fuésemos serbios y croatas enfrentados o hutus y tutsis deseosos de aniquilarnos el uno al otro).
Este clivaje, gracias a la construcción y difusión de narrativas, judicializaciones e inculpaciones ficticias que van desde acusaciones de nepotismo (inventadas, como la supuesta prima que manejaría, en el mundo de las ficciones, el contrabando de combustible); pasando por conjeturas de enriquecimiento y corrupción (un hiperbólico y mítico robo de 70 mil millones de dólares); hasta llegar a suposiciones del cometimiento de crímenes (cometidos por “influjo psíquico”); de narcotráfico (el presidente electo del Consejo de la Judicatura resulta ser, según algún francotirador de la balcanización, “el abogado del abogado de Correa”, por tanto sospechoso de todo crimen) y hasta de la comisión de asesinatos (gritaron que “el gobierno de Correa” SIC, había ordenado el asesinato de Villavicencio, gobierno que había terminado 6 años atrás). La balcanización y el alentado conflicto entre ecuatorianos se ha profundizado y extendido hasta interpretarse como si formase parte de nuestra idiosincrasia (48% en un bando, contra 52% en el otro, datos evidentes en las dos últimas elecciones presidenciales que parecerían confirmarlo).
Es imperioso que el votante de nuestro país salga del dilema artificial que le han impuesto, para terminar con la confrontación y encarar, sin miedo ni prejuicios, las soluciones que demanda la trágica realidad que vivimos. Ello implica un ineludible proceso de reconciliación nacional. Solo entonces, las disyuntivas electorales del 2025 podrán resolverse superando la balcanización local, reconociendo, por lo tanto, la necesidad de articular un solo frente para salvar a la nación de la tragedia que vive desde hace más de 7 años.
* Escritor y Psicólogo



