Por Gustavo Lovato*
Eran pasadas las 12 de la noche: dos magníficos eventos se producían simultáneamente en medio de la noche andina. Por una parte, un ritual de purificación-limpia, precedido por el Yachak, (el ritual incluye palabras de agradecimiento a la madre tierra, permiso a la naturaleza y el desentierro del licor enterrado el año anterior). Por el otro lado, un grupo de músicos (danzantes) bajan desde la montaña tocando en sincronía. Momento único. Al principio era solo sonido -una música discreta y bella que se escuchaba avanzar – la colina los escondía, su música los precedía. Poco a poco fueron apareciendo en el borde de la cima los cuatro músicos hasta convertirse en magníficas figuras que se movían sincrónicas al ritmo de su música corpórea y de sus flautas andinas de carrizo, en el frio del páramo andino.
Bailar y tocar al mismo tiempo es solo para iniciados, hay algo de magia detrás de eso (bajan a la toma de la plaza tocando sus flautas en trote frenético e infatigable). La música del cuarteto de flautas de carrizo de la comunidad de El Topo Grande (Cotacachi-Imbabura-Ecuador), es música silente y profunda. Son sonidos delicados, impregnados de dulzura y magia, que se combinan con variados ritmos, acentos e intervalos, provocando permanentes circuitos de éxtasis sonoros que solo terminan con la ruptura, que a su vez solo da paso a un nuevo comienzo. No se sabe exactamente qué los guía, pero cada uno tiene un sentido de orientación perfecto, listo para reconstruir la tradición que guardan, en cada tocada y en cada tono que ejecutan. Son capaces de saborear el néctar de la música con solo empuñar su flauta y ponerla al servicio de sus sentidos.
Podrían ser horas, minutos o apenas segundos que se convierten en días, semanas, meses, años, siglos y milenios que van sonando de montaña en montaña en cada amanecer andino que perdura en el tiempo. Estamos en medio del vientre amplio del monte, alumbrado por la mama luna que se entrega a los amplios corredores, pasadizos, caminos, chaquiñanes, laderas, pampas, llanos, ramales, árboles y arbustos que se ennoblecen con su luz.
La luna está presente en estos caminos, en estas noches, en estos riscos que se convierten en música con cada soplido de los flauteros de Topo Grande. Son cuatro guerreros sonoros que combaten la soledad y el frío con los sonidos que producen sus carrizos ahuecados, empujando el aire que sale de su vientre azucarado con aire cósmico bendecido por la lluvia de estrellas siderales que rodean los puntos galácticos que solo los seres iluminados (como ellos) conocen.
Ellos, se convierten en vertiente de sonoridades de madera dura y fina que es ejecutada con cariño único y tibio que es como silbido nítido que se resbala desde arriba hacia la punta y desde ahí hasta el último rincón de la noche-mañana (amanecer).
¡Que deleite el de los dioses andinos que se regocijan con los sabores sonoros que producen sus hijos flautistas, hacedores de sonidos de viento, agua, madera y luz!
*Músico Profesional Independiente, Director de Orquesta y Coros, Flautista, Investigador, Compositor y Gestor Cultural.



