Por Leonardo Parrini
Cierta vez Julio Cortázar aclaró en entrevista de prensa su noción de realidad y fantasía, en referencia a su libro Bestiario, seis cuentos fantásticos en los que surgen elementos del absurdo y del humor. La noción de fantástico es una noción que el diccionario ha dividido para separarlo de lo real, dijo el escritor argentino: “Me di cuenta que mi noción de lo fantástico no tenía que ver con la noción que tenían mis condiscípulos. Descubrí que me movía en el territorio de lo fantástico, sin distinguirlo demasiado de lo real. El que sucedieran cosas fantásticas en los libros y que me sucedieran a mí en la vida, eran hechos que yo asumía sin protesta y sin escándalo, mi noción de fantástico no es diferente que la noción del realismo, porque mi noción de realidad es una noción donde fantástico y real se entrecruzan cotidianamente”.
Creo que escuchar al gran cronopio resultó ser mi primera lección de periodismo, con enseñanzas de cómo había que enfrentar y vivir la realidad para contarla, inteligentemente. La inteligencia pura crea silogismos internos, asocia ideas, saca consecuencias y luego se crea otro silogismo y vuelve otra consecuencia, así sucesivamente, dice Cortázar. En el periodismo escrito hay una cierta inteligencia similar, un camino de previsiones donde se vislumbra algo que hay que decir y, de cierta manera, lo digo.
Las circunstancias sociales suelen estar presente en la literatura de manera simbólica, recreadas en su esencia y apariencia. Razón por la cual en el nuevo periodismo que renace desde la reflexión es dado usar recursos de la literatura como la aliteración, la metaforización, el simbolismo, el testimonio vivencial, el lenguaje coloquial de todos y asequible a todos, entre otros.
Lo más fantástico suele ser la realidad, por lo mismo, el arte con su capacidad y función creativas es el azadón idóneo para cultivar aquello que otros sembraron con su experiencia vital en vivencias reales, echadas en los surcos de la vida para germinar cual fruto de sabiduría que sirve a otros de manera natural y generosa. El periodista, hortelano de vivencias ajenas, recolecta canastos de historias recreadas.
En las escuelas de periodismo, hoy facultades de comunicación, enseñan que el periodismo es un oficio objetivo en cuanto narra las cosas tal y como ocurren en la realidad, sin interpretaciones hay que ser imparcial, se nos dice. A eso llaman objetividad periodística; nada más hipócrita y alejado de la verdad. Las páginas de los periódicos, frecuencias de radio o pantallas de televisión, están atestadas de fingimientos, versiones interesadas, preconcebidas en las salas de redacción que no se compadecen con la verdad en la llamada agenda setting, que es con la que el dueño del medio informativo determina lo que conviene decir o callar.
Existe una valoración de la realidad que el periodista de verdad no puede soslayar y, de hecho, no soslaya a guisa de ponerse al margen de la realidad, ignorándola. Ser objetivo no consiste en mirar indiferente la realidad; todo lo contrario, la diferencia está en constatarla con una mirada crítica para transformarla. Marx, como filósofo y periodista, decía que los pensadores anteriores interpretaron la realidad, describiéndola, y que se trataba de cambiarla. En el periodismo sucede igual: el periodista es un comunicador y comunicar es poner en común, compartir algo, y ese algo es ayudar a hacer del mundo un espacio superior, transformándolo.
Solo una fotografía de cajón suele dar cuenta material de la realidad y generar una imagen congelada. En la dinámica social, el periodista está llamado a explicar esa realidad con las clásicas seis preguntas: qué, quién, cuándo, dónde, cómo y porqué, para narrar los hechos a los diversos públicos con su respuesta. En esa línea, no es el afán científico el que explica las cosas, es el arte o la literatura con sus recursos propios que desentrañan la realidad que está ahí para extraer de ella lo oculto. Mesiánica labor que no hace la ciencia, que le interesa mostrar lo evidente, nada más lo comprobable.
Heidegger, que se sumió en una reflexión sobre el papel del arte en la revelación del ser, decía que la expresión artística no es simplemente una representación de la realidad, sino una forma de revelar la verdad del ser: una obra de arte puede mostrarnos aspectos de nuestra existencia que, de otro modo, pasarían desapercibidos. El arte puede hacer visible lo invisible, revelar las sutilezas y profundidades de nuestra existencia sacándonos de la rutina diaria y confrontarnos con la esencia de nuestra propia existencia, y nos abre a nuevas formas de entendernos a nosotros mismos y al mundo. Como el arte, el periodismo con sus revelaciones puede invitarnos a experimentar el mundo de una manera más auténtica.
La vida suele ser mucho más compleja e insólita en sus reveces y locuras. Y no se trata de estar loco, sino de ver el revés de las cosas y multiplicarles el porvenir, como dice Tristan Tzara. Las vicisitudes de la existencia con sus sombras, relieves y contrastes, suceden para ser vistas a los ojos críticos e inquietos del periodista. En tal sentido el periodismo, acaso, pudiera ser objetivo, nunca imparcial, porque la parcialidad forma parte del oficio como la cara de una moneda -el modo personal de contar las cosas-, que enfrenta a la otra como su contrario. Y suele ser tan singular el estilo, que el texto puede perder su significante y significado o descubrir la vida como una revelación de sus cualidades.
En el trabajo periodístico no es suficiente cuantificar. No creo en un periodismo fáctico donde el comunicador actúa como el notario, inventariando la realidad y sus circunstancias históricas, sino recreándolas, descubriéndolas en su verdad ontológica que no es cuantitativa, sino atributiva por ser esencial. En tal sentido digo que tenemos un compromiso con la verdad, en la narración de grandes temas y grandes historias. En la recreación periodística de la verdad, descubrir una mentira hace sentido, no solo la veracidad puede conducir a ella.
No obstante, la falsedad pretende ser entrañable, se entroniza y penetra la realidad con disimulo, como un tumor benigno que termina siendo cancerígeno en el cerebro que para extraerlo hay que destruir neuronas en la sinapsis, anulando impulsos sensibles que gobiernan órganos vitales.
La verdad tiene su símil como elemento inherente a la realidad: es lo que ocurre y hay que vivir para contarla, como dejó escrito Gabo, el gran narrador de cien años de soledad con sus verdades encontradas. Es esa la relación existente en el nuevo periodismo entre realidad y fantasía. Un acto real de recreación.



