Por Leonardo Parrini
¿Qué misterios esconde la noche detrás de su manto de oscuridad? Voces, murmullos, luces, fragancias, encuentros, grillos, canciones, pasos, amores, silencios, sueños, sensaciones, soledades…entre los velos negros de su presencia. La noche es un misterio en sí misma, iluminada por incontables estrellas y la luna. En las ciudades, millones de luces se encienden e intentan opacar su magia sin conseguir detener su fría penumbra. Es imposible apartarla de su esencia. En ella habitan insomnes solitarios y solitarias, con el corazón desolado.
En los años sesenta Los Beatles popularizaron una canción llamada El Club de los corazones solitarios. En un verso, dice: “Siéntense y dejen que pase la noche / Los solitarios del sargento Pepper / la banda de corazones solitarios del sargento Pepper / No me gustaría interrumpir el concierto / pero he pensado que os gustaría saber / que el cantante va a cantar una canción».
¿Cómo pueden mostrarse preocupados por la soledad cuatro músicos famosos, rodeados de millones de personas que los idolatran, como en su momento idolatramos a los Beatles? Puede que este sea, precisamente, uno de los misterios de la noche.
Como obsceno pájaro de la noche, me disponía a concluir mi habitual artículo redactado al alba o en medio de la nocturna soledad, cuando recibí un mensaje de texto, extraño. Era una mujer, omitiré su nombre por razones obvias. Me saludó con cierta timidez y me dijo que no tenía sueño. Que era artista, y me adjuntó fotografías de unas pinturas suyas. No pinta mal, pensé. Cómo me contactaste, le pregunté. Que le recomendó mi nombre el Facebook, respondió. Debe haber un club de los corazones solitarios, en el que me incluyen, pensé. Qué hace una mujer sola, a estas horas, pregunté. Me dijo que era divorciada de un suizo: Estoy sola porque soy difícil de emparejar, respondió. En seguida, me preguntó si tenía algo de marihuana, le dije que no fumo.
Me envió un número telefónico y le llamé, buscando dar naturalidad a mi llamada. Al responder, en su voz había un dejo de tristeza, pesadumbre en el tono de sus palabras distantes. Le hice un comentario sobre su actitud depresiva y dijo que le ocurrían cosas terribles. No insistí en detalles, solo le dije que no tenía sentido vivir así. Cerré la llamada y la indagué en Facebook. Sus antecedentes no mentían, aparentemente. Tenía más de cinco mil seguidores, todos virtuales, pensé, ningún amigo real. Y había más fotografías posteadas de su obra en medio de un mensaje que hablaba de su soledad, bajo el título de Nueve verdades dolorosas: Nadie es real. La gente no respeta a la gente sino al dinero. La persona que más amas, te hará más daño. Cuando estas feliz disfrutas la música, cuando estas triste entiendes la letra. En la vida dos cosas te definen: tu paciencia cuando no tienes nada, tu actitud cuando lo tienes todo. La comparación es la ladrona de la alegría, concéntrate en tu propio viaje. El primer fracaso te abofetea en público, luego el éxito te abraza en privado. El tiempo no lo cura todo, simplemente nos ayuda a vivir con el dolor. La confianza lo es todo, pero una vez que se rompe, lo siento, no significa nada.
¡Vaya filosofía!, pensé.
La desolación de la soledad
Las personas no tienen miedo a la soledad, temen a la desolación. La construcción patriarcal de la relación entre los géneros es que las mujeres, supuestamente, no están hechas para estar solas de los hombres, el sosiego de las mujeres depende de la presencia de los hombres.
¿Una mujer sola, además, es mal vista? Sí, y supuestamente es presa fácil de apetitos masculinos. El trato que ideológicamente se da a la soledad y la construcción de género del machismo, anulan la experiencia positiva de la soledad como parte de la experiencia humana de las mujeres.
¿Se sienten más desoladas las mujeres que los hombres, resisten menos a la soledad?
Buscando una respuesta encontré las reflexiones de otra mujer en Internet, que llamaré María. Ella sugiere: necesitamos desarrollar pensamiento crítico, abierto, flexible, en movimiento, que no aspira a construir verdades. No hay autonomía sin revolucionar la manera de pensar y el contenido de los pensamientos. Si nos quedamos solas únicamente para pensar en los otros, haremos lo que sabemos hacer muy bien: evocar, rememorar, entrar en estados de nostalgia: sentir el dolor de lo perdido, de lo pasado, aquello que ya no se tiene. Nos han enseñado a tener miedo a la libertad; miedo a tomar decisiones, miedo a la soledad.
El miedo a la soledad es un gran impedimento en la construcción de la autonomía, porque desde muy pequeñas y toda la vida se nos ha formado en el sentimiento de orfandad; porque se nos ha hecho profundamente dependientes de los demás y se nos ha hecho sentir que la soledad es negativa, alrededor de la cual hay toda clase de mitos.
Estar desoladas es el resultado de sentir una pérdida irreparable. Y en el caso de muchas mujeres, la desolación sobreviene cada vez que nos quedamos solas, la desolación y que es parte de la cultura de género de las mujeres es la educación fantástica para la esperanza. A la desolación la acompaña la esperanza: la esperanza de encontrar a alguien que nos quite el sentimiento de desolación.
La soledad, en cambio, puede definirse como el tiempo, el espacio, o el estado donde no hay otros que actúan como intermediarios con nosotras mismas. La soledad es un espacio necesario para ejercer los derechos autónomos de la persona. Convertirnos en sujetas significa asumir que de veras estamos solas: solas en la vida, solas en la existencia. Las mujeres somos expertas en nostalgia y como parte de la cultura romántica se vuelve un atributo del género de las mujeres. La soledad es un recurso metodológico imprescindible para construir la autonomía.
Se trata entonces de hacer de la soledad un espacio de desarrollo del pensamiento propio, de la afectividad, del erotismo y sexualidad propias. La autonomía requiere convertir la soledad en un estado placentero, de goce, de creatividad, con posibilidad de pensamiento, de duda, de meditación, de reflexión. Se requiere disciplina para aislarse sistemáticamente en un proceso de búsqueda del estado de soledad. Mirada como un estado del ser – la soledad ontológica – la soledad es un hecho presente en nuestra vida desde que nacemos. En el hecho de nacer hay un proceso de autonomía que, al mismo tiempo, de inmediato se constituye en un proceso de dependencia. Al crecer en dependencia, por ese proceso de orfandad que se construye en las mujeres, se nos crea una necesidad irremediable de apego a los otros. Una demanda típicamente femenina es que nos «acompañen» pero es un pedido de acompañamiento de alguien que es débil, infantil, carenciada, incapaz de asumir su soledad.
Ciertas mujeres no tienen los recursos reales, ni los desarrollan para salir de la vida subjetiva intrapsíquica al mundo de las relaciones sociales, que es donde se vive la autonomía. Tenemos que deshacer el monólogo interior. Tenemos que dejar de funcionar con fantasías. Se trata más bien de pensar «aquí estoy, ¿qué pienso?, ¿qué quiero?, ¿hacia dónde?, ¿cómo?, ¿cuándo? y ¿por qué?» que son preguntas vitales de la existencia, sugiere María.
La soledad se la sobrelleva, la desolación se la padece. La soledad puede ser productiva, la desolación estéril, porque aniquila, inhibe, reduce, paraliza. La próxima vez que una mujer me escriba en medio de la noche buscando paliar su soledad, le remitiré este artículo con las reflexiones de una mujer como María, que ha convertido su desolación en soledad. Aquella mujer que rompió ese diálogo interior que se vuelve sustitutivo de la acción; y decidió su realización vicaria cambiando la fantasía por acción. Esa mujer que hace en la práctica, aquello que evoca en la fantasía: vivir.



