Por Patricio Silva Delgado*
Desde que el ser humano toma conciencia de sí mismo y de su entorno, la verdad ha sido un enigma que carcome su pensamiento. El advenimiento de la modernidad abrió una ventana crucial para generar conocimiento a través de la razón, cimentando las bases del desarrollo científico y liberándonos del yugo religioso y de numerosos mitos y paradigmas falsos. Sin embargo, en aquel contexto, cuestionar el poder de la Iglesia y del absolutismo implicaba arriesgar la vida. La Inquisición no solo lo recordaba, sino que reducía a cenizas cualquier intento de sublevación al dogma de la fe.
En este desafiante y peligroso escenario, el genio francés Descartes se erigió como un héroe. Un verdadero Messi de la razón, colocó este instrumento en la cima del pedestal epistemológico, facilitando el acceso al saber bajo un orden y una metodología que, al aplicarla, impulsa el desarrollo.
Este giro copernicano permitió que la verdad intentara revelarse, pero no ha sido un proceso fácil. La verdad tiene en su contra a muchos dioses, pero sobre todo, al poder. Ante la amenaza, el poder juega sus cartas y utiliza la imprenta y los libros para transmitir información y conocimiento, tejiendo estrategias que dan lugar a verdades a medias, verdades pintadas de diferentes colores y tamaños. La verdad es tan inmensa que no hay tinta que la devele ni espacio que la contenga. Irónicamente, se vuelve camaleónica, se gasifica, escapa a cualquier intento de captura, transitando de lo cuántico a lo general a través de paisajes diversos.
En la trama de la película Rashomon, de Akira Kurosawa se expone a la verdad como una producción subjetiva del hombre, el discurso de cada uno de los personajes recrea su propia verdad, todo con el afán de proteger sus propios egos y vanidades. La objetividad no tiene puerto y la verdad navega en un mar de incertidumbres, se configura la narrativa de la verdad como una construcción humana motivada y manipulada desde la voluntad de poder individual.
En esa perspectiva, el poder no reside en una sola figura, sino que se distribuye entre los personajes, quienes utilizan sus visiones sobre un hecho para ejercer control sobre la situación y los demás. Cada testimonio construye una verdad diferente, y ninguna puede ser considerada absoluta o definitiva. No existe una verdad, existen muchas verdades, el poder las moldea como un alfarero, el verdadero Dios.
El poder construye verdades. Reside en los discursos, las narrativas, los textos y los medios.
Utiliza las vanidades, los egos y el conocimiento. La razón cartesiana pierde vigencia, los académicos ven diluido su trabajo y el conocimiento científico se dispersa en productos que pocos consumen. El poder se aburre en su omnipotencia, habiendo sometido y dividido la verdad. Sin embargo, en su perversión, busca seguir jugando. Ahora, el poder también se divide y reparte para dominar y jugar con la verdad. En esta estrategia, el poder es dueño de los casinos, las IA son los talladores de las mesas de juego, y el conocimiento se entrega por partes, limitado por el poder adquisitivo de cada jugador. Bienvenido al juego del poder y verdad, del poder y engaño.
*Patricio Silva Delgado, Economista con Maestrías en Administración Pública y Estudios Financieros, con Especialidades en Proyectos de desarrollo social, Pymes y Estudios de mercado.



