Por Leonardo Parrini
“Nuestro himno patrio es el más lindo del mundo, después de la Marsellesa”. Aquella frase henchida de chauvinismo la he escuchado en Chile, Argentina, Perú y por cierto en Ecuador. Será que el himno nacional es el cántico al patrioterismo de los criollos, de los actuales y de los de antaño: los primeros los hijos del suelo que, soberbio; el Pichincha decora te aclamaron por siempre señora y vertieron su sangre por ti. Y los que exaltaban su heroísmo, indignados tus hijos del yugo que te impuso la ibérica audacia.
No hay himno nacional latinoamericano que no sea un panegírico a la lucha independentista que consagra el cambio de tirano en “el último día de despotismo y el primero de lo mismo”, como solemos decir en Ecuador.
A propósito de los símbolos patrios, esta semana que concluye, el Himno Nacional ecuatoriano ha sonado más que en otras ocasiones, luego de que la periodista cubana, Alondra Santiago, cambiara la música y lo interpretara en redes sociales cantando acompañada de un ukelele, acto considerado una burla con fines políticos de crítica al régimen de Daniel Noboa. Una presunta ofensa que le costó la permanencia en Ecuador, luego de que el Gobierno decidiera deportarla, situación que divide al país entre quienes quisieran cantar: ¡Salve Alondra, mil veces Alondra, gloria a ti! y aquellos que la quieren ver lo más lejos posible de aquí.
En el contexto de la polémica decisión gubernamental de revocar la visa de residente a la periodista cubana, bien vale cuestionar el sentido y vigencia del himno nacional como símbolo patrio. Qué sentido tuvo el himno en el momento de ser compuesto por Juan León Mera, en 1865, y si el mensaje textual del poeta conserva algún vigor en la actualidad.
Los signos se desgastan dice Barthes, y los símbolos patrios, además de desgastarse y perder utilidad y condumio histórico, suelen ser arbitrarios porque en el romanticismo de aquellas épocas cuando fueron escritos nadie reparaba en la pertinencia o no del verso con respecto a la realidad.
El himno patrio es una suerte de constructo literario y musical que busca hacer conciencia de país, mediante la identificación ciudadana con un elemento identitario nacional. La historiadora Alexandra Kennedy-Troya sugiere que “se trataba de crear estrategias distintas para moldear al nuevo ciudadano ecuatoriano, independiente y secularizado por la acción directa y comprometida del naciente Estado o por la Iglesia Católica, revisitada y en principio alejada en apariencia de la Colonia. La imagen de un escudo, la virgen procesional, el himno entonado o la novena fundacional de esta nueva comunidad debían traducirse en textos -visuales o literarios- que hicieran referencia al ciudadano “virtuoso” y “patriota”, al puro estilo republicano instaurado tras la Revolución Francesa de 1789, cuyos postulados se recrearon en América Latina hacia la segunda mitad del siglo XIX”.
El himno patrio recoge el ideario independentista y evoca las gestas del 24 de mayo y del 10 de agosto criollas, rindiendo culto con sendas loas a sus próceres y mártires incluidos. Y por si los reveces históricos no fueran favorables, el himno patrio confiere al volcán Pichincha la potestad y poder de corregir los entuertos colonialistas: “Y si nuevas cadenas prepara / la injusticia de bárbara suerte / gran Pichincha prevé tú la muerte / de la Patria y sus hijos al fin”.
En contraste con este imaginario político, el devenir histórico del país configuró un ciudadano ecuatoriano que difiere en gran medida en la impronta que atribuye Jorge Enrique Adoum en las señas particulares del ser ecuatoriano. Adoum, en su lúcido ensayo sobre la identidad cultural del país, Ecuador, Señas particulares, advierte de las características del ser ecuatorianos, y nos obliga a preguntarnos si hay un modo de ser ecuatoriano o, mejor dicho, si tenemos los ecuatorianos las mismas facciones en la misma cédula de identidad nacional, a pesar de los problemas que persisten como nación, la pobreza, la desigualdad, el racismo, y ser tan dados a culpar al otro. En la nación fragmentada en todos los aspectos, será que necesitábamos del himno nacional para encontrar ese sentido de pertenencia y hacernos sentir orgullosos del pasado y del porvenir, en un país sin vocación de futuro, como apunta Adoum, y ver la radiografía de nuestro modo de ser o la cartografía de todos nuestros males, monumento al pesimismo o exaltación patriótica de nuestros valores. Un país con necesidad de héroes y destrucción del mito, en busca de una nueva geografía y reescritura de la historia, creación de nuevos símbolos como suplantación de la realidad, precisa luchar contra la degradación de la palabra y la tristeza en la alegría popular o la viveza criolla de su gente. Como sugiere Adoum en su libro: “Ante todo la identidad colectiva no es algo definido e inmutable, conformado por los siglos anteriores a nosotros, que hubiéramos recibido como una instantánea del pasado, menos aún como un tatuaje que no podemos borrar, sino que se va haciendo como un autorretrato, por acumulación de rasgos, como un collage fatalmente incompleto y no siempre de nuestro agrado, menos aún si defendemos una supuesta pureza cultural”.
Toda cultura es producto de una transculturación y, en tal sentido, Adoum sueña un nuevo país. Cree en el país igualitario y con equidad. País libre y democrático en el que, por ser parte del Estado, el ciudadano exija educación, salud y trabajo, justo y digno, donde tenga la potestad y el liderazgo. Un país que ama la paz y victorioso. Cree en un país donde el joven sea respetado como el adulto, el pobre como el rico, la mujer como el hombre.
Anhela un país sin conflictos que pueda ayudar a los demás países vecinos en confraternidad. Un país donde seamos punto de partida y seres destinatarios del esfuerzo por parte de quienes hacen las leyes. Que los políticos vean con claridad la justicia. Un país donde cuidemos la tierra y sea nuestro hogar a futuro. Donde la armonía sea un milagro para todos. El país de la multiplicidad poblacional, orgulloso de cada parte de su territorio, formado con su cultura y su lengua y sea reconocido como tal. Un país de futuro, que sea parte de una patria única y grande. Cree en un país donde los jóvenes enarbolen la bandera del orgullo nacional.
Un país con derecho a la vida, idealización lamentablemente muy distante de la realidad. Salve patria, mil veces oh patria… el país que soñaba Adoum.



