Por Leonardo Parrini
En repentina decisión -que ya era un secreto a voces-, la Secretaría de Cultura del DMQ, Valeria Coronel, dejó el cargo y fue reemplazada por Jorge Cisneros, nuevo secretario de cultura encargado. El alcalde, Pabel Muñoz, en una evaluación del desempeño de la funcionaria saliente señaló: “las acciones que ha desarrollado la Secretaría de Cultura en la ciudad, con actividades de concurrencia masiva que posibilitaron el aseguramiento de los derechos culturales de quienes viven en Quito, con eventos pensados con una lógica de diversidad, inclusión y reconocimiento al valor de lo rural, lo intercultural, lo juvenil, entre otros matices”. El alcalde felicitó la gestión de la secretaria de Cultura, Valeria Coronel, a quien agradeció “por este año de entrega a la ciudad”, debido a que deja su cargo para cumplir una delegación internacional de carácter académico fuera del país.
Valeria Coronel es historiadora, PhD por el Departamento de Historia de The New York University y tiene una Maestría en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, Ecuador). Además, es catedrática del Departamento de Sociología y Estudios de género, del doctorado en Historia Andina y miembro del coloquio de investigación en sociología política.
Jorge Cisneros, el reemplazo “indefinido”, según anuncio oficial, realizó sus estudios superiores en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales Sede Argentina, donde obtuvo un Posgrado Internacional en Políticas Culturales en Base Comunitaria. En la Universidad Salesiana, obtuvo el título de Antropología Aplicada a Proyectos de Desarrollo Social, Facultad de Ciencias Sociales (2020). Ha ocupado cargos como Coordinador de servicios sociales en el Patronato Municipal San José; Especialista técnico de proyectos para el Plan de Protección y Recuperación del Patrimonio Cultural del Ecuador, entre otros.
Desde la Secretaría de Cultura se advirtió que “no existirán por el momento cambios dentro de la planta de colaboradores ni en las actividades programadas por la secretaría para lo que resta del 2024”. En el supuesto, no consentido, de que la cultura se remita a una serie de actividades o eventos culturales –eventismo utilitario-, no debería haber cambios, peor, anquilosamientos en la política cultural vigente. ¿Cuál es ésta, a nivel municipal? Sabemos que política cultural son acciones, leyes y programas gubernamentales que regulan, protegen, fomentan y apoyan económicamente las actividades relacionadas con las artes y los sectores creativos. ¿Fue aquello lo que gestionó la saliente administración cultural del DMQ?
Política cultural
Ventajosamente los temas culturales no son solo un asunto de personas, sino de políticas culturales, por tanto, un tema que, lejos de ser individual, atañe a decisiones colectivas, orgánicas al interior de una institución.
Y una política cultural supone una visión del mundo, la concepción de una realidad futura que involucra a mucha gente, a los colectivos sociales y culturales de una comunidad. En otras palabras, una política cultural son las decisiones y acciones de muchos para todos. La cultura, por tanto, no es cuestión de individualidades sino un tema de políticas públicas de afectación colectiva.
La cultura puede apelar a la política para fomento de la gestión cultural, pero no al revés, la política no debe echar mano de la cultura con aquel sentido utilitario tan propio de los movimientos culturales y políticos que se valen de cierta sospechosa metaforización panfletaria que suelen confundir con la creación artística. El arte no es utilitario, es libertario, hace sentido a la vida no a la compraventa de formas estéticas. Por tanto, marca distancias con aquel mito de las llamadas industrias culturales que pregona la teoría de la Economía Naranja, que es el color y la versión neoliberal de la cultura que busca aporte al PIB y que el artista, poco menos, se convierta en empresario de la obra de arte.
Un mal endémico de nuestras instituciones culturales en el país, es haber pretendido coloridas gestiones anaranjadas bajo la égida de las industrias culturales y creativas (ICC), una suerte de comités que regentan actividades que están en la intersección entre el arte, la cultura, los negocios y la tecnología; y comprenden el ciclo de la creación, producción y distribución de bienes y servicios, cuyo valor puede estar basado en la propiedad intelectual (Buitrago F. y Duque I.). Las ICC conforman lo que en el Banco Interamericano (BID) dieron en llamar economía naranja, es decir, todos aquellos sectores que tienen al talento, la creatividad y al patrimonio cultural como sus principales insumos.
Un viejo adagio dice que todo depende del color con que se quieran ver las cosas. Esto aplicado a la cultura no es una excepción. Si miramos el quehacer cultural de un pueblo bajo el anaranjado color de la economía capitalista, que privilegia el consumo por sobre la producción, estaremos viendo la cultura -ese signo identitario de los pueblos- bajo el prisma anaranjado del neoliberalismo cultural.
Sin duda, es un asunto controversial en la actualidad, que divide al mundo de la cultura entre gestores que prefieren reconocer un rol político, social, al “hecho cultural”, frente a otros que lo quieren ver como una actividad lucrativa, que debe aportar a la economía engrosando los puntos del PIB o producto interno bruto.
El arte no es política ni económicamente utilitario es, como lo concibe un concepto japonés, un ikigai, término que se refiere a la razón de ser o razón de vivir, aquello que hace que la vida tenga un sentido. Todo el mundo tiene un ikigai. Encontrarlo -dice la cultura japonesa- requiere de una búsqueda interior, profunda y a menudo prolongada. Esta búsqueda se considera de mucha importancia, ya que se cree que el descubrimiento del propio ikigai trae sentido a la vida, y a su vez un motivo de satisfacción con la vida. Haruki Murakami considerado el más importante escritor japonés, define el ikigai como «una especie de felicidad sin nombre. El ikigai no es algo que se pueda comprar. Es algo que tienes que encontrar dentro de ti”.
Ese es el sentido de la cultura que, a su vez, hace sentido a la vida. Cuando las personas encuentran su ikigai, se sienten más felices, realizadas y conectadas con el mundo que les rodea. La cultura es ese hallazgo, en la fruición que brinda el disfrute estético. En la posibilidad de descubrir una belleza nueva cada día, como decía Edgar Allan Poe, un factor de felicidad.
La cultura es contestataria, no panfletaria. Liberadora, jamás opresora. Gratuidad pura, no mercancía. No tributaria a la moda de las corrientes burocráticas. El arte es la deconstrucción de la utopía, la desnudes de aquellos sueños trasnochados de la impunidad política.
La cultura debe significar para el hombre y la mujer la capacidad de reflexionar sobre sí mismos. Es la cultura la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. Precisamente, cuando la cultura es expresión libre de racionalidad, actitud crítica y compromiso de manera primordial con el ser humano.
Para que ello sea posible, más allá de las utopías, es preciso superar la idea basada en el desarrollo y la extracción del potencial económico del sector cultural y creativo, generando condiciones para la sostenibilidad de las organizaciones y agentes que integran dicho sector. Este concepto persiste en contrapunto con el concepto de cultura como un todo que, según el escritor Iván Égüez, “no solo es la transformación de la Naturaleza y las formas de su usufructo a lo largo del tiempo; no solo las representaciones mágicas, filosóficas, heurísticas, simbólicas, o las lenguas y las idiosincrasias del mundo, sino una generalidad, abstracta y concreta, del proceso civilizatorio en procura del bienestar humano”. Visto así, una quintaesencia de la cultura -su expresión más alta y significativa- son las lenguas, las artes, los repositorios y las producciones culturales populares, intangibles, cotidianas.
Con nítida visión, Égüez afirma que nadie puede planificar la Cultura: “No es una tarea, no es un encargo, no obedece a una mentalidad ni a una dedicación”. La Cultura, en su concepto, “es una inmanencia que ha surgido de la acción, sobrevivencia y trascendencia humanas”. Lo que sí se debe planificar y desarrollar es el campo cultural y sus manifestaciones, es decir, el ámbito de socialización de las prácticas reconocidas de forma patente como culturales o creativas. Y esto se lo debe realizar mediante políticas públicas concertadas entre el Estado y la sociedad civil.
Lamentablemente en nuestro país las políticas públicas que, no obstante estar enunciadas en varios tramos de la Ley de cultura, “no han sido entendidas como una forma de gobernanza, no se han aplicado quizás por no haber entendido su alcance y naturaleza”. Acaso esta sea la mayor deuda cultural del Estado con la sociedad, aunque no es una responsabilidad exclusiva de los gobiernos estos pueden ser articuladores de agendas compartidas, pues actúan junto a otros actores en un proceso “que armoniza diversas visiones, dinámicas, formaciones, prácticas, normativas, experiencias e intereses sobre determinada problemática”, puntualiza Égüez.
Égüez es concluyente: “Exceptuando a los dos primeros ministros de Cultura, los otros doce no consiguieron que sus respectivos presidentes se interesaran por la cultura. Les llegó la novelería de la cultura naranja, unos la torearon lo que pudieron, otros la iban instrumentando solapadamente, creando «cuentas satélites» o el RUAC. No lograron implementarla ni legitimarla, se volvió un asunto vergonzante, pero lograron, a lo largo de los años, insuflar disimuladamente un espíritu naranja en la ley, una ley conceptualmente confusa, que por un lado jerarquiza todo el campo cultural al ente rector (ministro/a) y por otro habla de fantasmales industrias culturales y comercialización de la cultura”. Y este mal de muchos organismos culturales fue diagnosticado hace ya unos años en revista Rocinante de abril del 2021, y que no ha cambiado en su esencia.
Opinan los gestores
Antonio Ordoñez, dramaturgo y director de teatro, caracterizando el momento cultural, señala que “la crisis es mucho más fuerte, porque hay una concepción bien distinta de lo que es la cultura y lo que debe ser la cultura. No sé si hablar de la construcción de un “teatro del barrio” está confundiéndose con hacer “banco del barrio” si eres banquero y eres lo que eres, si instauras un teatro en cada barrio sería maravilloso, pero hacerlo demagógicamente sin un fundamento y porque se les ocurre que puede ser una solución para fomentar las artes en el país, esto es una mentira más, no se puede hacer así por decreto, sino que hay que trabajar y ser serio”.
Lucrecia Maldonado, novelista y poeta, señala que en el campo de las políticas públicas no se han logrado implementar, porque “la cultura en Ecuador es una pariente pobre de todas las demás cosas de las que se ocupa la administración pública, en parte porque en el país hay muchas cosas por hacer y lo urgente siempre quita lugar a lo importante”. Y, además, porque “también en el gobierno de la Revolución Ciudadana la cultura estaba a la cola de un montón de cosas, no fue una prioridad ni se le dio una enorme preminencia ni se le alimentó como se necesita, y peor en otros gobiernos como el anterior y este en donde se quiere minimizar, por no decir acabar, con lo público, pues nos da a entender lo que es la cultura para estos regímenes neoliberales, que es completamente suntuaria, secundaria y, por tanto, no puede haber políticas públicas culturales».
La situación de los gestores culturales es difícil porque no son pocos integrantes del mundo de la cultura quienes se ven obligados a pedir limosna, cuando debería haber un fondo para los actores de la cultura. Acaso esto sea así porque, como señala A. Ordoñez, “cuando se oye la palabra cultura sacan el revolver, porque la cultura es considerada peligrosa, cuidado que exista más cultura y la gente pueda leer, pueda ver cine o pueda ver teatro, cuidado, eso hay que cortar, y esto sucede en nuestro país y todo eso es deliberado”.
La crisis desnuda la precariedad de la cultura que evidencia el drama de los gestores culturales que sobreviven de sus propias actividades, sin presupuestos de las instituciones llamadas a fomentar el desarrollo y sostenimiento de actividades culturales como la literatura, artes escénicas, plásticas y musicales. El sector editorial que no ha sido precisamente “muy beneficiado por la política pública”, enfrenta necesidades no resueltas por el sector estatal de la cultura.
Sobre las exigencias del mercado que hace guiños a la economía naranja en las propuestas de los gobierno neoliberales, A. Ordoñez considera que “ese es un campo que nada tiene que ver con la cultura, es atribuirle a una actividad lo mismo que vender papas. La propuesta es que una empresa en lugar de pagar impuestos pague para programas culturales, pero eso nos convierte a los actores en menesterosos de la cultura, vamos corriendo a pedirle a la empresa privada, por dios regáleme un poco de plata para hacer una obra, a usted no le van a cobrar impuestos”.
Maldonado es más escéptica,“lamentablemente la política pública en el Ecuador, es una política de componendas, de mafias, de actos por debajo de la mesa y de repartos, entonces en ese punto el Estado podría ser el organismo fuerte que se encargue de sostener la cultura que es el patrimonio inmaterial de la sociedad”.
¿Qué hacer?
Al final del día, según Ordoñez, «gestores culturales y consumidores de cultura podemos esperar desde la institución cultural que las autoridades reflexionen en torno al fomento de la cultura para que no se cierren actividades de teatro, literarias, musicales o plásticas que se están eliminando paulatinamente, y que se observa en la merma del público a estas actividades».
Maldonado propone, «los gestores deberíamos unirnos para hacer propuestas y para tomar acciones, si cada uno sufre en silencio no se llega a ningún lado, no es el momento de ser pasivos u observar sin acción lo que está pasando con las culturas en el país, así nos están quitando todo». No obstante, las instituciones culturales deben ser defendidas por los gestores a fin de que las culturas y la cultura dejen de ser la última rueda del coche.
Hace ya tiempo que el escritor Iván Égüez, en una línea de acción, propuso “propiciar en el campo cultural la crítica y autocrítica para que surja una voluntad política fecunda”, y establecer otro tipo de relaciones entre el Estado y la sociedad civil, a fin de delinear las políticas culturales pertinentes. Encontrar en esa perspectiva “una salida jurídica que viabilice el cambio y active las rutas democráticas, y la construcción de acuerdos y consensos para construir una institucionalidad cultural sólida y un movimiento cultural independiente”.
Si se quiere un cambio hay que hacerlo a fondo, con los actores reales, no a sus espaldas. Si se debe suprimir o reformular el Ministerio de Cultura, hay que hacerlo. Si es preciso reeducar a la Secretaría de Cultura municipal, hay que hacerlo. Ya el tiempo no da para parches y medias tintas. Una vez más, no es cuestión de personas, sino de políticas.



