Por Leonardo Parrini
En días de odio no toda arma habla en la sinrazón de la guerra, también la poesía deja escuchar sus ecos del pasado como un fundamento de paz futura.
Ibrahim Ben Utman (Córdoba, Siglo XII)
No me tachéis de inconsecuente porque mi corazón
haya sido apresado por una voz que canta:
Hay que estar serio unas veces y otras dejarse emocionar:
como la madera, de la que sale lo mismo
el arco del guerrero que el laúd del cantor.
La poesía en lengua española gozó, durante la edad media, de la influencia de la poesía árabe escrita en idioma persa: lo mismo poetas de tradición sufí que los llamados poetas andalusíes. Fueron poetas medievales que poseían gracia y donaire, sus versos con espíritu epigramático se emparentaron con el candor de la poesía popular hispánica, tan llamada a la búsqueda de lo sorpresivo, según el investigador Helmut Hatzfeld. De este modo, el barroco en su origen como en su exageración, está en razón directa con ese espíritu mozárabe, creador del arte modéjar y la literatura aljamiada.
Ulayya Bint al-Mahdi (poeta mujer, Irak, Siglo VIII)
Ni mi corazón ni mi cuerpo pueden vaciarse de ti
Toda yo estoy ocupada con todo tú y dedicada a ti:
una luz que nace de un sol y de una luna.
Hasta tal punto el cuerpo y el alma se completan mutuamente.
Se considera que la Poesía Clásica Persa se inicia en el siglo VII. Es así porque coincide con la adopción de la Nueva Lengua Persa, a partir de la conquista islámica, ya que hasta entonces la poesía era escrita en Pahlavi, la variante Occidental del Iraní. Este período clásico se extiende hasta el fin de la Primera Guerra Mundial con muy pocas variaciones, ya que la tradición canónica es muy fuerte y los avances en esta clase de poesía son pequeñas y sutiles modificaciones que no afectan ni la forma ni el contenido en profundidad. He ahí la gran influencia de la poesía árabe en la literatura hispánica. Prueba de ello es que los poetas arábicos andaluces compartieron de una generación a otra el uso de la metáfora, abierta primero y luego oculta.
Shabestari (Irán 1288-1340)
El «no-ser» es un espejo;
el mundo, la imagen reflejada en él;
y el hombre, como el ojo de esa imagen
en la que se oculta la Persona invisible.
Apura aquel vino cuya copa es
el rostro de la Amada,
y su vaso,
los ojos ebrios del bebedor.
Bien se podría decir que es la forma más pura, más esencial del islamismo. Para quienes el camino al conocimiento espiritual jamás podría ser meramente intelectual o racional, sin el elemento zawq, la sapiencia. Roland Barthes la llamaba “Sapientia: cierto saber, el mínimo posible de poder y el máximo posible de sabor». Sólo que el sabor suele ser llevado a su extremo. Sabido es que en el siglo X un poema le costó la vida al Sufi Al-Hallaj: «Yo soy Aquel a quien amo, y Aquel que amo soy yo mismo», comenzaba diciendo. Una afirmación que, en aquellos tiempos, para un consejo de teólogos que lo leyeron un tanto literalmente, significaba una herejía.

Mártir de nuestros días
Cuando la poesía palestina permanece bajo fuego, en medio del sollozo de la tierra y del disparo de los misiles israelíes, en octubre del año pasado, murió la poeta y novelista Heba Abu Nada, a la edad de 32 años. Nacida en 1991 en La Meca, Heba creció envuelta en la historia de su familia que se refugió durante la Nakba (el desplazamiento forzado de palestinos ocasionado por la ocupación israelí en 1948). En 2017, Abu Nada había obtenido el segundo lugar en el Premio Sharjah a la Creatividad Árabe, por su novela El oxígeno no es para los muertos. Heba Abu Nada dijo antes de morir en un bombardeo israelí en Gaza: «Si morimos, sepan que estamos satisfechos y firmes, y digan al mundo, en nuestro nombre, que somos personas justas, del lado de la verdad». Heba era una joven en resistencia. Su palabra ardía de indignación, dice el portal feminista Ciudad CCS. Este fue uno de los últimos mensajes poéticos de la escritora islámica.
La noche en la ciudad es oscura,
excepto por el brillo de los misiles;
silenciosa,
excepto por el sonido del bombardeo;
aterradora,
excepto por la promesa tranquilizadora de la oración;
negra, excepto por la luz de los mártires.
Buenas noches.
Los poetas debieran ser eternos. Hoy, recordando el sacrifico de la poeta palestina, evocamos uno de los versos del poeta español Federico García Lorca:
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Buscaba su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró la sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!



