Por Leonardo Parrini
Palacio suscita una mezcla de contradicciones en la apreciación de su obra. Considerado un vanguardista anticipado a su tiempo, se le endilga también un desapego a lo propio en aquello que algunos lo calificaron de “ajeno a la Patria”, sin embargo, no fue otra cosa que vivir peligrosamente distante la realidad para desacreditarla.
No obstante, contrariamente, el autor lojano mantiene en su obra una relación íntima con el entorno circundante, pero de un modo alegórico en el que la metáfora está presente como una novedosa cimentación de lo real. Acaso la literatura de Palacio es ante nada recreación, bajo su consigna de describir la realidad tal y como ocurre.
Vida del infortunado
Hijo de madre soltera -Clementina Palacio Suárez-, Pablo fue inscrito en el Registro Civil como hijo de padre desconocido. De sus primeros años se cuenta que cuando tenía tres años de edad, en 1909, mientras la niñera encargada de su cuidado lavaba ropa, Pablo Palacio se cayó en un arroyo contiguo de la ciudad de Loja. Arrastrado por el torrente de agua rodó varios metros y cuando fue rescatado, tenía todo su cuerpo estropeado. Se dice que por las heridas abiertas de su cabeza le entró la inteligencia, lo que contribuyó al mito en torno a su personalidad.
Su madre falleció cuando el escritor era todavía un niño. Este hecho marcó para siempre la personalidad y psiquis de Pablo, razón por la cual el tema de la ausencia de la madre sería uno de los motivos más recurrentes en toda su obra literaria. En 1921 obtiene mención de honor en los Juegos Florales de Loja con el cuento El huerfanito, al momento de recibir el premio, Palacio puso en evidencia su carácter rebelde y se negó rotundamente a arrodillarse frente a la reina de belleza, de quien debía recibir un ramo de rosas y el mencionado galardón.
En 1939 empieza a padecer trastornos mentales, le ocurrían cosas raras que asombraban a sus amigos: fugas, amnesias repentinas, desaparición de palabras que le cortaban las frases, distracciones prolongadas, ausencias en las que la realidad circundante se le escamoteaba y nerviosidad, irritabilidad inmotivada. Ya la locura había obnubilado parte de su razón y todo por culpa del treponema pálido, según se decía. En 1945 se internó en el hospital psiquiátrico y su locura se transformó en una de las grandes coartadas de los críticos que lo acallaron y se burlaron de él.
La obra
Palacio es un antirromántico, en sus textos combate el romanticismo que se había convertido en un cliché. En su manera de parodiar los tópicos de estas tendencias literarias, Palacio multiplica los efectos de la ironía. Aprehende lo humano de sus semejantes en su entorno real y construye el carácter de sus personajes, recreándolos a partir de la realidad misma. El realismo suyo no es mera copia, sino metaforización y en ese afán observa y escucha al otro. El carácter denunciatorio lo confirma en Un hombre muerto a puntapiés, una alegoría recriminatoria de la intolerancia y discriminación sexual de su época, reafirmando el carácter político e ideológico de su obra. Por tanto, Palacio jamás puede permanecer “ajeno a la Patria», como una crítica interesada e injusta se lo endilgó.
Los personajes de Palacio, en su madurez vital y literaria se construyen a sí mismos, muestra de ello es Débora (1927), en la que el Teniente -como personaje protagónico- deambula por las calles de Quito en busca de una conquista amorosa o de cualquier evento con relevancia, que finalmente nunca llega. En su anhelo insatisfecho, el protagonista siente que se ve exteriorizado, luego de que el autor narrador lo expulsa de su interior y lo deja a merced de su libre albedrío: “has sido mi huésped durante años. Hoy te arrojo de mí para que seas la befa de los unos y la melancolía de los otros”. A partir de ese momento, el Teniente debe comenzar a reconstruirse singularmente en una urbe gris que recorre yendo al encuentro con una aventura amorosa inalcanzable.
En su condición de vanguardista, Palacio se distancia de la realidad inmediata que desacredita y resta crédito, a través de la denuncia como propiciadora de un destino insólito, a riesgo de ser acusado de ajeno a ella. En ese instante su realismo adquiere una lucidez aplastante, hasta tocar las cuerdas del absurdo que es ridiculizado por Palacio bajo la forma del humor, valiéndose de una estética comprometida con las pequeñas realidades que constituyen una vida, y que se silencian cuando “se tomaron las grandes realidades, voluminosas y se callaron las pequeñas realidades por inútiles”.
Como Un hombre muerto a puntapiés (1926) y Vida del ahorcado (1932), Débora también es el escenario donde experimentar varias posibilidades de escritura, subvertir los órdenes establecidos y desafiar los prejuicios, recreando la realidad.
Volver a la brevísima obra de Pablo Palacio, -es la sugerencia del crítico José Miguel Oviedo-, a la incómoda y discordante excepción literaria de su obra, en su época y aun en la nuestra. A esa cualidad singular e inasimilable de su producción que condujo a una serie de malentendidos que contribuyeron a oscurecer su aporte, que sólo en las dos últimas décadas ha empezado a revaluarse seriamente: todavía estamos descubriendo a Palacio.
Hoy día, tiempo absurdo, amerita volver a Palacio, como a quien elige a vivir peligrosamente lo insólito, volver a amar los riesgos de desacreditar la realidad, sin temor a transformarla.



