Por Leonardo Parrini
El fotógrafo holandés Rob Rombout y la fotógrafa ecuatoriana, Paula Parrini participaron en un conversatorio que tuvo lugar en Puka Bistro, en la ciudad de Quito. La tertulia, conducida por Francoise Laso y Juan Martin Cueva, se dio en búsqueda de establecer similitudes y diferencias entre la fotografía y el cine documental, a la luz de la experiencia y testimonio de dos cineastas y fotógrafos que han incursionado en la realización de cine y fotografía documental.
Rombout dirige documentales desde hace tres décadas, sus películas se exhiben en cadenas internacionales y han sido premiadas en varios festivales. Es docente y autor de textos acerca del trabajo documentalista. Parrini ha producido cine de ficción junto a la cineasta Tania Hermida, y ha realizado documentales sobre temas sociales y de género, con la productora Registro Aurora. Es autora de dos libros – Barrio y UIO– sobre fotografía del paisaje urbano.
Ambos fotógrafos están exponiendo sus trabajos, junto a un colectivo de Fotógrafos Ecuatorianos, en la muestra Identidades Líquidas que se exhibe en la Alianza Francesa, en Quito.

Volver a la imagen silente
Rob en su criterio considera que la fotografía debe “volver al silencio y al rostro”, en un ejercicio de retrato esencial y, por añadidura, el documental fílmico debería hacer igual, y concentrarse de ese modo en la visión del otro. Lo que puede resultar un contrasentido al obviar el recurso sonoro de la palabra. No obstante, Rob considera que no, en tanto y en cuanto el film pueda enfocarse en el rostro del testimonio hablado y captar su mensaje oral y mímico. De hecho, el fotógrafo holandés dijo mantener una exposición en Europa que lleva por título El Rostro, el paisaje. Paula reiteró que su trabajo documental se propone dar la palabra al sujeto, por diversas razones silenciado, como lo hizo en su documental Marieta, un testimonio de qué es ser mujer en una sociedad patriarcal.
Un ejercicio en solitario
Paula Parrini reafirmó que “la fotografía es un acto en solitario”. Al cabo de los años con la madurez y la experiencia adquirida en su oficio, ella sigue considerando que “la actividad del fotógrafo es una actividad solitaria, lo cual -reiteró- a mí me parece significativo. En este mundo el estar solo nos pesa, la fotografía sigue siendo una actividad en solitario. Yo defiendo la soledad, porque no está mal, cuando es productiva”.
Este criterio es ratificado por Rob quien señala que “cuando haces una película te encuentras con la gente, pero en el fondo no encuentras nada y se produce una crisis, que es buena porque en esa crisis surgen los buenos proyectos”.
Sin embargo, el mundo es colectivo y de aquello se jactan los activistas de lo social. “Estoy de acuerdo que ahora todo es colectivo -dice Paula- los fotógrafos se juntan porque es gente que huele igual. Hacemos juntos grandes reflexiones en torno a una imagen. Lo colectivo es una suma de soledades que yo comparto. Estoy de acuerdo que haya colectividad, pero sin perder esa individualidad”, concluye. Rob interpela: “Una cosa es ser un colectivo y otra es trabajar en colectivo”.
Indagados acerca de cuál es la imagen que les parece más representativa de la ciudad de Quito, digna de retratar en una fotografía, Rob sostiene que es “la gente en la niebla”, en una ciudad que tiene como fondo ese ambiente. Por su parte, Paula reconoció “me interesa mostrar a las madres solteras, es la imagen de un drama que me interesa registrar”.
En definitiva, documentales fílmicos y fotografía documental comparten la tentativa que debe existir de parte de los realizadores por hacer de su oficio un acto de creación individual, con señas particulares y un sello propio. Respondiendo siempre a un llamado interno por algo esencial que decir, dándose espacio y tiempo para escuchar el rumor de la realidad circundante y lo que dicen sus actores.



