Por Leonardo Parrini
Una de las peores derrotas que puede experimentar una sociedad civilizada es la pérdida de la paz como convivencia colectiva. Y esta es la realidad de nuestro país, insólitamente asolado por un “conflicto armado interno”, declarado por decreto por un gobierno que no encuentra otra salida a la crisis de inseguridad social que vivimos, que multiplicar la violencia con violencia. Conflicto luego justificado con afirmaciones oficiales de dudosa veracidad, confirmando la sentencia histórica de que en una guerra lo primero que muere es la verdad. Lo aberrante de la situación del país es que el electorado en una consulta manipulada termina de aprobar la militarización de la sociedad como respuesta a la violencia criminal que impera en Ecuador.
Asistimos al extravío de los referentes culturales de convivencia pacífica, estimulado por la ideología del poder dominante y reproducido por el imperio del discurso mediático. Ideología que, impotente privilegia la violencia callejera y carcelaria desatada por el sicariato contratado a sueldo por los carteles de la droga, bajo la consigna de que solo es posible disuadirla con las armas militares y policiales que hoy conforman en Ecuador una sociedad militarizada.
Una doctrina de Seguridad Nacional adoptada por las derechas y ultraderechas criollas que proporciona solo seguridad al Estado policiaco, en detrimento de la integridad de la población, víctima colateral de la violencia. Asistimos a la dictadura del poder central de un mandato legitimado, supuestamente, por una consulta y respuesta popular amañada en preguntas de interés clave para el régimen, obvias o de relleno para un electorado que compelido por el miedo no se iba a oponer a vivir en una sociedad constante y regularmente vigilada por batallones militares y policiales. Es la cultura de la violencia impuesta, a través de la militarización social y estructural del país a la que ninguna ideología política ha sido capaz de contener. Las derechas se resarcen en una aparente victoria electoral, mientras las izquierdas -extrema y progresista- no atinan a repeler dicha militarización, carente de argumentos, ausentes de liderazgo e impotentes de acción.
Lenta, pero inexorablemente, la doctrina de la Seguridad Nacional -léase preceptos militarizados desde las escuelas norteamericanas de formación castrense regional- se han ido entronizado en la cultura de masas, al punto que su ideología se convirtió en referente para el hombre de a pie, del transeúnte que expresa irreflexiva, emocionalmente, el anhelo de ser defendido por militares en las calles en lugar de identificar su derecho a la vida como miembro de la sociedad civil. Ese mismo ciudadano, convertido en electorado manipulado, dio su visto bueno a la violencia legitimada sin otro motivo que su temor a ser víctima eventual de una violencia que no controla, peor comprende a cabalidad, la de la delincuencia organizada y la respuesta de un Estado policíaco.
La mayor pérdida civilizatoria ocurre cuando un Estado militarizado consigue erradicar del imaginario colectivo la noción de paz como convivencia social, el entendimiento consensuado en la solución de conflictos y en su lugar se asigna la fuerza impuesta por arsenales armados en un estado de barbarie. En un círculo vicioso el miedo llama al miedo y la violencia es la respuesta a la violencia impuesta. Es la lógica y dinámica perversa de una sociedad militarizada.
La cultura de paz
¿Con qué reemplazar esta dinámica proterva que impone la violencia por sobre una cultura de paz? Ese es el desafío y la duda que el país no logra aun disipar. En años de irracionalidad bélica en la década de los años cuarenta del pasado siglo, frente a una guerra también impuesta aquella vez desde el exterior por el invasor sureño al territorio patrio, la cultura y su más conspicuo representante -Benjamín Carrión- formuló la promesa de ser una potencia cultural frente a la imposibilidad de serlo en lo económico y militar.
Hoy que la historia parece repetirse como tragedia, sino como farsa, ante la incapacidad de ser una potencia económica o militar, la cultura se advierte como el derrotero para recuperar el sentido de una convivencia armónica y digna entre los ecuatorianos. El arte, única gestión humana que plantea y responde a grandes interrogantes existenciales del ser colectivo e individual. La literatura, ese espacio lleno de vida, como dijera Borges. No será la política, la economía o las ciencias sociales -porque no lo han sido-, las disciplinas llamadas a contestar con certeza las urgentes interrogantes a la crisis. La literatura, a la postre en tal sentido, puede ser política en lugar de relegarse a un arte puro, como sugirió Sartre, sin que por ello abandone sus resonancias estéticas.
Una cultura de paz se construye con cultura. Nunca la doctrina militar ha conquistado la pacificación social, porque surge como respuesta a la violencia con mayor violencia. Jamás una sociedad militarizada, como la de Ecuador hoy, ha conseguido justicia social, equidad económica y dignidad política.
La guerra no tiene ganadores y antes que la derrota de la paz se imponga, es la fuerza de la razón la que debe primar por sobre la razón de la fuerza. Solo el poder en manos de un mandatario arrogante puede pretender lo contrario, pero a cuenta de una inexorable factura que, más temprano que tarde, la historia le devengará.



