Por Leonardo Parrini
Un estimado amigo, Fausto Segovia Baus, editorialista de El Comercio y ex ministro de Educación del gobierno de Durán Ballén me envía un mensaje por WhatsApp en el que me dice: “Buenos días, estimado Leonardo. A veces es bueno escuchar a la gente del pueblo, sin preparación académica, que habla con sentido común: «Mire, amigo -me dijo un taxista-. De gana se hacen bolas. Glas, si es inocente, debe probarlo ante los jueces, y si es culpable, muy simple: devolver la plata, pedir disculpas al país e ir a la cárcel con rebaja de penas, por decir la verdad. Y punto».
La primera idea que me cruzó por la mente fue si la opinión de un taxista es o no representativa del sentir popular. Aparentemente sí, porque los taxistas escuchan a la gente y reproducen sus opiniones mezcladas con las propias. No obstante, las cosas no son tan simples. La primaria afirmación del taxista, que proviene del “sentido común” revestida de aparente verdad, deja que desear porque es una percepción que dista mucho de ser una noción consciente. Es nada más un rudimento elemental proveniente de sus necesidades en ese momento o de sus experiencias.
En la escuela secundaria nos enseñaron que percepción no es lo mismo que noción y, peor aún, consciencia. Ya Descartes dejó por demás claro que consciencia es la facultad de pensar y ser conscientes de nuestros pensamientos mediante autorreflexión. Mientras que la percepción es un proceso simple de información, sin necesidad de procesamientos mentales internos posteriores. La percepción se guía por las apariencias, por tanto, es subjetiva ya que las reacciones a un mismo estímulo varían de un individuo a otro. Las sensaciones constituyen una información proveniente del entorno exterior y son la respuesta directa e inmediata a una estimulación de los órganos sensoriales.
Esta diferencia entre percepción, noción y consciencia sugiere que la mayoría no siempre tiene la razón. Hitler fue elegido por una mayoría en 1932 y en el poder provocó el más grave conflicto bélico internacional de la historia de la humanidad, con derramamiento de sangre y millones de muertos. La opinión de una mayoría también supone un juicio de valor contaminado por la ideología, que es una niebla que lo envuelve todo, obnubila y no deja ver lo objetivo de la realidad.
Los hechos
Una reciente encuesta de la empresa Comunicaliza, señala que el 50% de los entrevistados está de acuerdo con la forma como la policía arrestó a Glas en la Embajada mexicana, un 13% está en desacuerdo, y un 12% no sabe. Esa es la percepción que tiene el público. Sin embargo, según la Convención de Viena de Relaciones Diplomáticas de 1961, artículo 22, párrafo 1, la intervención de agentes ecuatorianos constituyó un quebrantamiento de la inviolabilidad del local de la misión diplomática que goza la embajada mexicana en Quito: “Las instalaciones de la misión serán inviolables. Los agentes del Estado receptor no pueden entrar en ellas”.
Las causas por las que un Estado suele conceder asilo a opositores políticos perseguidos por un tercer Estado pueden ser varias: conveniencias o afinidades políticas, motivos humanitarios, obligaciones jurídicas, etc. Si existen diferencias de apreciación respecto a la naturaleza del delito -si es político o común- entre el Estado que persigue al fugitivo y el Estado asilante, o existe una controversia internacional sobre el caso, entonces necesariamente se deberá apelar al principio de solución pacífica de controversias internacionales, conforme con la Carta de la ONU, artículo 2, párrafo 3.
Un tribunal de Ecuador declaró como «ilegal» y «arbitraria» la detención del ex vicepresidente Jorge Glas en la embajada de México, pero lo mantuvo en prisión al tener todavía pendiente por cumplir una pena de ocho años de cárcel por dos condenas. De esta forma, el tribunal denegó la petición del recurso de habeas corpus con el que Glas buscaba que se le anulara su detención y se le entregara a México o a otro país que le dé asilo. El ex vicepresidente se encontraba en la sede diplomática mexicana desde el 17 de diciembre de 2023 para solicitar asilo al declararse un perseguido político y víctima de lawfare o utilización del aparato judicial contra adversarios políticos.
Ergo, la opinión de un taxista es una aparente verdad sobre ruedas, que no siempre conduce a la objetividad de los hechos.



