Por Leonardo Parrini
Es la pregunta que deben responder los oficiosos que fungen de periodistas y escriben editoriales sin serlo, o “cubren” información como pretendidos influencers en las redes sociales.
Mayra Salazar, la lobista relacionadora pública del narcotráfico y cabildera en la justicia, hoy testigo protegida de la Fiscalía que gestionaba servicios de las muñecas de la mafia, prostitutas de a 700 dólares, para complacencia íntima de jueces políticos y empresarios corruptos, tal vez tenga la respuesta. No es casual ni gratuito que su imagen genere rechazo en las redes sociales, por la trama que relató a la Fiscalía, acerca de sus declaraciones sobre el accionar de algunas modelos y actrices más conocidas de la farándula de Guayaquil. Divas de medios que albergan a opinadores improvisados y “talentos de pantalla” con buena facha para ejercer el periodismo vergonzante de encubrir los hechos o cabildear con sus encantos físicos resoluciones de jueces y fiscales a favor de los mafiosos. Poco difieren aquellas de opinadores improvisados, inspirados en la sensatez y las “buenas costumbres”, que no cuestionan nada y otorgan con su silencio ventaja a los responsables de la crisis nacional.
Para eso han servido los medios de comunicación en el país. ¿Qué pasó con el periodismo de antaño y su lucidez y valentía frente a la realidad nacional, verdaderos referentes de valores democráticos y gestores del cambio social que fueron reemplazados por mercenarios sin formación profesional y sin formación moral que ejercen la opinión pública como un oficio de meretrices de la palabra ante el mejor postor?
Ecuavisa y TC han liderado la pléyade de anchor que con la palabra o con el silencio ejercen las relaciones públicas de diversos intereses destinados a justificar las medidas antipopulares oficialmente adoptadas, como el alza de impuestos comerciales o la designación irregular de funcionarios.
Las damiselas, pasatiempo de funcionarios judiciales y asambleístas, han desmentido su oficio y asegurado que su “nombre vende” a la hora de hacer trueque de favores íntimos por fallos a favor de los delincuentes presos.
Las reacciones de los usuarios de las redes sociales no se han hecho esperar para expresar rechazo: según reporte de Social Alert de Golden un 73.12% de las interacciones con este tema es negativa, seguida de un 4,5% de valoraciones positivas y un 22% de valoraciones neutras frente a este sonado caso de corrupción judicial y mediática.
Al buscar respuesta a la pregunta de qué pasa con el periodismo criollo, ésta no admite una explicación como un evento circunstancial, aislado o casual. La corrupción del periodismo no se produce por generación espontánea, por arte de magia o por acción de personajes improvisados reñidos con la moral. La corrupción del periodismo cómplice con la corruptela delincuencial viene de mucho tiempo atrás. No se entiende la intromisión de las empresas vinculadas a los medios de comunicación en tiempos de Febres Cordero, sino como hitos del proceso de destrucción institucional de la prensa alineada a las élites criollas con el propósito de poner en práctica un esquema eficaz de ejercicio del poder con la complicidad de los productores de información.
No resulta por lo demás casual que esta lumpenización del periodismo cómplice, y la ausencia de su conciencia de clase, radique en la ciudad de Guayaquil, sede del proletariado de andrajos que actúa coludido con individuos socialmente degradados, marginados o no integrados a la sociedad, como indigentes, mendigos, prostitutas o delincuentes. Como grupo que carece de medios de producción y no aporta su fuerza de trabajo, el lumpen se considera un grupo social improductivo carente de sentido clasista, como tal es un grupo social susceptible de ser comprado por las clases poderosas y de apoyar sus proyectos con tal de asegurar su supervivencia.
Guayaquil, feudo socialcristiano, es cuna del lumpen periodismo y de damiselas faranduleras del placer, dispuestos todos a brindar favores a cambio de servicios profesionales de jueces y fiscales. En la headquarter costeña de la delincuencia proliferó el negocio chueco, la trama ilícita, la transacción ilegal de bienes y servicios. A eso llamaron “el modelo exitoso” de un municipio encubridor y encubierto por delincuentes de cuello, corbata y guayabera.
Esa es la trama del poder que nos gobierna en el país, una colusión de crimen organizado, narcotráfico y política que impone sus criterios en las grandes decisiones nacionales. Para este fin se han camuflado en la prensa mercenaria, en el ejercicio de la lumpenización del periodismo, nueva modalidad del poder mediático y sus empresas vinculadas. El periodismo nunca fue ni será objetivo, pero puede evitar arrastrarse en el fango del interés personal hasta no ser más que una vil prostituta de los poderes fácticos.



