Por Leonardo Parrini
Un viejo adagio popular dice al pan, pan, y al vino, vino, queriendo indicar la necesidad de decir las cosas por su nombre. No obstante, existe un camuflaje lingüístico en el uso de las palabras del discurso político. Barthes lo aclara señalando que, el discurso no refiere a un texto que construye un sentido, sino al sentido socialmente creado y compartido que atraviesa a los textos. Por tanto, la política como otros oficios, tiene su propio metalenguaje que da sentido a las ideas. El uso de eufemismos es habitual en la política. Por ejemplo, decir habitantes de calle, por significar indigentes sin casa, vagabundos abandonados a su suerte, es frecuente.
¿Cuál debe ser el criterio de verdad contra el cual contrastar el contenido de los discursos para verificar su literalidad? En otras palabras, ¿es la realidad el criterio de verdad que confirma la objetividad de lo expresado en un discurso?
El discurso es parte de la vida social y a la vez un instrumento que crea la vida social. De esta forma, podemos decir que el discurso refleja la sociedad y es a través del discurso que podemos comprender las relaciones que existen en la sociedad. En todos los discursos hay un fin y una independencia con el contexto.
Foucault caracteriza al discurso como una narrativa que se encuentra vinculada con el deseo y el poder: el discurso es objeto del deseo por ser el poder: «El discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse». Todo saber implica poder y todo poder, un saber específico. En otras palabras, todo discurso está atravesado por relaciones inherentes de poder.
Sabido es que ciencia y política no asumen el lenguaje del mismo modo, no obstante que ambos son discursos. Hay un rasgo que ciencia y política poseen en común, pero este rasgo es, a la vez, el que las separa con más nitidez que ninguna otra diferencia: ambas son discursos, pero el lenguaje que constituye a la una y a la otra no está asumido por la ciencia y la política de la misma manera, o, si se prefiere, ciencia y política no lo profesan de la misma manera.
El miedo a las palabras, que no es otra cosa que el miedo a la verdad, es habitual en ciertos discursos políticos. El miedo a la palabra comunismo es propio también de cierta actitud política. O el uso arbitrario de la palabra terrorismo que sirve para designar a cualquier enemigo político. Mientras tanto, la ciencia se esfuerza por devolver a las palabras su esencia literal, denotativa.
No es desconocido el intento vergonzante de la derecha política de no reconocerse a sí misma, y ocultar sus verdaderas intenciones tras las palabras que buscan no mencionar las cosas por su nombre. Se diría que todo el léxico derechista político es un simulacro, una forzada y falsa metáfora, sin poder denotativo y sin fuerza connotativa simbólica.
Cuando la derecha nos habla de terrorismo nos están hablando de sus enemigos comunistas y cuando nos habla de democracia nos está hablando de libre mercado. En ambos casos, las palabras cumplen un rol encubridor, distractor de las verdaderas intenciones del pensamiento político que las inspira.
Este ejercicio simulador termina por cumplir el rol de banalización de la política y, en esa gestión los medios de comunicación cumplen su tarea especifica. Para Roland Barthes acercarse a los medios de comunicación de masas, es acercarse a la vez a la estética de la sociedad de consumo, de sus estructuras y funciones. La sociedad de consumo ha llegado a un perfeccionamiento asombroso en el terreno de la aparición de un tipo de estética que deviene en ideología (oscurecimiento de las relaciones sociales). Ideología con un «discurso interno» ya que las formas estéticas de los fenómenos (signos) vienen condicionadas, sobre todo, por la organización social de los participantes implicados y también por la condición inmediata de su interacción. Interacción que en la sociedad de consumo someterá a la lógica del intercambio de mercancías la lógica de lo estético. De este modo, Barthes trata de descifrar los códigos de la retórica ideológica de la cultura masiva con la finalidad de restituir los lenguajes creativos auténticos frente a las pseudocreaciones y pseudovanguardias imperantes.
La derecha es el segmento del espectro político que afirma que determinados órdenes sociales y jerarquías son inevitables o deseables, apoyándose por lo general sobre la naturaleza humana, el derecho natural, la economía o la tradición. En esa visión, el lenguaje político de la derecha cumple la función de naturalizar lo falso frente a la realidad, con el uso manipulador de las palabras, muy propio de aquellos que padecen cierta dislexia ideológica en la incapacidad de distinguir la izquierda de la derecha.
Frente a lo cual bien vale reivindicar, junto al poeta Blas de Otero, el valor de las palabras.
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
Si abrí los ojos para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.
La asignatura pendiente de un periodismo honesto y objetivo, así como la de una política sincera no demagógica es devolver el valor sin miedo a las palabras, a la hora de nombrar al pan, pan, y al vino, vino.



