Por Leonardo Parrini
A propósito de la reciente novela póstuma de Gabriel García Márquez, En agosto nos vemos, el Nobel colombiano hijo de su Aracataca natal recoge la tradición narrativa de una región donde fue testigo del advenimiento de la modernidad. Allí vio la lucha decimonónica entre liberales y conservadores, la llegada del ferrocarril, la fiebre del banano, la expansión del capitalismo y sus prácticas de dominación. Heredero de esos avatares, el autor narra la historia de Ana Magdalena, que cumple religiosamente la cita cada 16 de agosto, en la que lleva gladiolos a su madre y le relata los acontecimientos recientes. Una noche, conoce a un hombre en el bar del hotel donde se aloja, dando comienzo a una historia de amor, que solo tiene lugar cada año por la misma fecha. Una vez más el amor, lenitivo de la soledad, en la obra de Gabo.
La novela póstuma del escritor colombiano revive su narrativa en toda su suntuosidad literaria presente en aquellos Cien Años de Soledad, emblema de la literatura regional latinoamericana. Obra que se inscribió en el llamado realismo mágico, lo real maravilloso, como lo llamó Alejo Carpentier. Una vorágine creativa que narra la historia de siete generaciones de la familia Buendía, condenados a la soledad. Acaso será por eso que Gabo dijo de su obra: Cien años de soledad es un vallenato de 350 páginas.
El vallenato, género musical tradicional surgido de la fusión de expresiones culturales del norte de Colombia, canciones de los vaqueros del Magdalena Grande, cantos de los esclavos africanos y ritmos de danzas tradicionales de los pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta.
No en vano es cuna del vallenato Valledupar, y de Gabo Aracataca, en la misma región. Criado entre tradiciones, mitos y leyendas locales, aprendió del vallenato a contar historias, según confesó en vida. El vallenato, fruto de la heredad de tradiciones de juglares españoles y africanos que cantaban y tocaban instrumentos -flauta, guacharaca y tambores que se unieron al acordeón-, mientras iban de pueblo en pueblo con su ganado compartiendo historias, enseñaron a Gabo a vivir para contarla. García Márquez así lo reconocería: “En esa música, al principio, lo que más me interesaba era el cuento que contaban, no tanto la música. Pero después siempre se me quedó vinculada la historia, los hechos y prácticamente la vida de la región a una música”.
Si el Vallenato se refiere a historias de desamor y soledades, está allí donde lo insólito es cotidiano, siempre fue cotidiano, como en las novelas de Gabo, donde lo maravilloso se comporta como algo que pervive, a través de una historia que encierra toda suerte de mitos, prejuicios, anécdotas, sueños y voluntades destinadas al olvido, a la transformación del tiempo: eso tienen en común la novela de Gabo y el Vallenato de su tierra natal.
En cada relato de Cien años de soledad, en la historia de cada personaje y en la forma en que cada una se hilvana existe una fuerza que las anula a todas las demás: el amor. Sentimiento que aunque está presente a lo largo de toda la novela, sucumbe ante el peso de una cultura que condena a los Buendía a vivir cien años de soledad.
Qué es el Vallenato sino la conjunción de aires o ritmos: son, paseo, puya y merengue, que dinamizan con sus cadencias una melodía y una historia de amor que sucumbe a la melancolía de su estructura lírica. En tanto en la novela, el espacio -Macondo- no es lugar geográfico sino un estado de ánimo, es el estado anímico en el que se vive en el Caribe, dijo alguna vez Gabo. Animosidad del sentimiento amor, que no era el eje de su creación, sino que era el eje de su vida, -reconoció- de tal forma que creía que “todo lo que realmente puede conmover en el arte tiene que estar basado en el amor”.
«Creo que más que cualquier otro libro, lo que me abrió los ojos fue la música, los cantos vallenatos, me llamaba la atención como ellos contaban un hecho, una historia», reconoció García Márquez. Y no es casual, porque el vallenato en la riqueza de su texto y vuelo literario, comporta una suerte de narrativa en el que transforma al vallenato clásico en un relato costumbrista musicalizado.
La obra póstuma de Gabo, En agosto nos vemos, bien pudo ser contada y cantada en un vallenato, como la historia de amor de una mujer de 52 años, Ana Magdalena Bach, felizmente casada, que visita cada 16 de agosto la tumba de su madre en una isla del Caribe y que una noche conoce un hombre más joven que ella, mientras lleva a su madre novedades y un ramillete de gladiolos frescos, rito repetido durante 28 años hasta que en uno de estos viajes encuentra el amor. En agosto nos vemos, es un canto a la vida, a la resistencia del goce pese al paso del tiempo y al deseo femenino vivido en sombríos peregrinajes, brevemente liberada de su esposo y su familia.
Todas las virtudes que hicieron grande a García Márquez están también presente en su libro póstumo, afirma la crítica. Acaso Nos vemos en agosto sea el réquiem musical y literario del escritor a su propia vida, por lo demás ya inmortal.
Vallenatos tradicionales



