Por Leonardo Parrini
Vino al mundo en forma poco usual, a bordo de una canoa una noche de luna refulgente en un río de la provincia de Esmeraldas, el 1 de abril de 1940. El acontecimiento, entre mágico y poético, fue como un augurio de su vida posterior, Luz Argentina Chiriboga se hizo poeta y en sus versos cantaría a la naturaleza y a la problemática de la mujer negra inmersa en esa realidad esmeraldeña de postergación social y miseria. Hija de Segundo Chiriboga, hombre del campo y de Luz María Guerrero, Argentina creció en el seno de una familia numerosa de diez hermanos, vivió su infancia y adolescencia en la provincia verde entre la casa de campo y la residencia familiar en la ciudad de Esmeraldas.
¿Haber nacido a bordo de una canoa una noche de luna fue un augurio poético en su vida?
Como no, sí. El río y el mar le llevo en mi vida. Los seres humanos somos productos de la geografía, nacemos con esa inclinación al paisaje. Como una palmera éramos todas las mujeres esmeraldeñas. Somos productos de ese ambiente de calor y mar. A veces gritamos, porque las olas del mar hacen que uno levante la voz. Aprendimos a nadar y bogar. Lo que no pude aprender nunca fue a lanzar la atarraya, muy pesado. Y ese ambiente de campo influyó mucho en mi escritura. Aprendí muchísimo de las campesinas, ellas a pesar de no saber leer ni escribir se hacían respetar.
¿Cómo marcó su condición de mujer ser oriunda de una provincia como Esmeraldas, postergada y rebelde?
La Revolución de Concha (1913-1916) contra la muerte de Alfaro, aunque conseguimos un poco de libertad no fue libertad, sino un concertaje, cambio la palabra esclavo por concertaje. La mujer en ese entonces trabajaba en el campo, sembraba y cosechaba, así como mi madre, siempre defendiendo su dignidad. El poder de los hombres era grande, vivíamos en un régimen en que el hombre mandaba y hacia lo que le daba la gana. Nosotras pedimos equidad de género, se consiguió no todo, pero sí se ha logrado bastante. En mi caso, presenté una novela en la Casa de la Cultura y, como soy afro, siempre hay que luchar contra la discriminación racial.
¿Su proximidad a la realidad de la mujer afroecuatoriana como condicionó su creación literaria?
La mujer esmeraldeña siempre fue rebelde. Debemos seguir luchando por conseguir la equidad de género. No consiste la liberación femenina en ir a discotecas o ponerse minifalda. Para mí es necesario que la mujer estudie, la única forma de que la mujer pueda conseguir una igualdad es estudiando. Yo soy la única novelista en Esmeraldas, he sentido en persona muchos problemas de la mujer en la sociedad. Cuando llegué a Quito, los hombres me miraban siempre como “la mona”, que siempre era de citas. Tenía que estar con la frente arrugada guardando distancias. El regionalismo era bien fuerte, creían que la mona era para “otras actividades”. Siempre decían: “la monita esta” y yo guardaba distancia y me decían “mona creída”. Además, tenía el respaldo de mi hermano Jorge, ¿quién se metía con una Chiriboga? Mis hermanas eran profesionales, una era capitana de básquetbol, otra secretaria bilingüe, otra odontóloga, yo estudie biología, todas éramos bien estudiosas.
Se ha dicho que usted es poseedora de un estilo de narrativa muy exuberante, con elementos mágicos, abundante en descripciones, ¿qué influencias literarias reconoce?
Bueno, algunas. Por ejemplo, yo leía libros no en computadora, Leí al Quijote, de Cervantes, a Lope de Vega, a Jorge Icaza, a Nelson Estupiñán Bass. Entonces también tuve influencia de la marimba, de las coplas esmeraldeñas. Mi casa estaba frente al río donde los peces hacían acrobacias y teníamos junto al mar una playa inmensa, una maravilla. En ese paisaje precioso yo escuchaba las coplas de los campesinos, todo eso influyó mi obra, siempre a favor de la mujer afro. La mamá de Jaime Hurtado, la señora Pastora, hacia décimas. Yo intenté escribir lo que viví en carne propia, los problemas de la sociedad. En la construcción del ferrocarril en mi novela La nariz del diablo, siempre está la mujer esforzándose, aportando en muchos aspectos.
¿Usted sigue escribiendo…?
Ahorita estoy en poesía. Yo estudie ecología y genética, y uno escribe según lo que es. Hay que ser auténtica para escribir, estoy escribiendo otro tipo de literatura, otro tipo de poesía
¿Una poesía ecológica…?
¡Ya me inventó, usted! (ríe). Todo se va transformando, todo se va acabando y los jóvenes no tienen consciencia de que hay que cuidar este planeta, esta es la casa grande, nuestra casa, no tenemos otra, hay que cuidar los ríos, cuidar el mar, el aire. Hacer consciencia en las nuevas generaciones, eso es lo que yo hago ahora: concienciar a los jóvenes y a los niños a cuidar esta casa grande.
¿Determinó en algún sentido su obra literaria haber tenido como compañero a Nelson Estupiñán Bass?
Estuve cuarenta años casada con Nelson. Era un hombre muy disciplinado y además honrado al centavo. Pudimos habernos hecho millonarios. Cuando estábamos construyendo esta casa un vecino se hizo amigo de Nelson y le ofreció una libretita en la San Francisco de Asís y que fuera del directorio, le dijo, así y usted puede hacer un préstamo y si quiere lo paga… Nelson le dijo: ¡No señor, yo puedo seguir siendo pobre, pero usted no me mete en ese lío! Por eso quebró la mutualista…

¿Cómo influyó Nelson Estupiñán en su quehacer literario?
Mi tío, Ramón Chiriboga, fue novelista, él dejó un legado. Mi padre tenía biblioteca y me obligaba a leer, mi madre recitaba. Crecí en un lugar donde se amaba la lectura. En ese ambiente, Nelson me conoció a mí, yo no a él. Era una muchacha adolescente y tenía esa formación de hacer grupos literarios e invitó a mi hermana mayor, que escribía poesía, a que ingrese a un grupo suyo. Cuando sesionaban en mi casa, yo llevaba la bandeja con las colas al señor Estupiñán. Luego salió mi foto en el periódico como candidata a Miss Ecuador, y él me “echó el ojo” y me escribió una carta que me llegó con el cartero, teníamos treinta años de diferencia. Cuando yo iba a Esmeraldas él me salía a recibir, “porque el mar esta bravísimo”, decía. Antes de morir me dijo: “No te pongas a pelear con nadie, sigue adelante escribiendo, sigue”. Fue lo último que me dijo.
¿Cree en la literatura feminista o simplemente la condición femenina es parte de un destino humano común al hombre?
Claro, no se trata de ser feminista. Se trata de concienciar de que somos iguales a los hombres, que somos capaces también y hemos aportado. Como yo era mujer y me esposo escritor, decían: Ah claro… él le escribió. Entonces, hice un estilo que no tenía Ecuador: mi primera novela es erótica. Y un sacerdote me dijo: “Oiga, Argentina, leí su novela” (ríe). Y una señora me dijo: ¿No le da vergüenza? (ríe). La novela es una realidad no real. Una vez estoy en un centro comercial y veo a dos jovencitas besándose, acariciándose y dije: esa es una novela. La novela tiene que ser vida, tiene que ser un reflejo de la ciudad, del ser humano que está ahí. Esas jovencitas me dieron el camino para otra novela.
¿Cómo ha sido su relación con otros escritores ecuatorianos?
Afortunadamente, a mí me quieren. Mis compañeros poetas me respetan. Yo no hablo mal de nadie. Si me invitan bien, si no me invitan qué le vamos hacer. Yo he sido traducida a varios idiomas y puede haber envidia. Por ejemplo, ahora un señor quiere hacer un estudio de mi obra, pero tengo miedo de que venga al país por la inseguridad, me da miedo. Estoy esperando que pasen los problemas del país para que venga.
¿Por qué escribe y para quién?
Bueno, yo escribo para dar a conocer los problemas de la mujer a través de esta sociedad, no solamente en Ecuador. Por ejemplo, en mi novela La Muerte Blanca hablo de los problemas de los gitanos. Y en La nariz del diablo, cuento la realidad de la mujer y su aporte a la sociedad.
¿Qué otras temáticas le interesan en su obra?
En Jonatás hablo de cómo la mujer abrió camino para la Independencia de toda América, porque fue espía de los españoles. A esa mujer no se le ha hecho justicia. Esa señora luchó con Bolívar, se metía en los cuarteles a vender dulcecitos se hacía amiga de los capitales y les sacaba secretos, veía el movimiento que tenían los ejércitos y le pasaba datos a Bolívar.
¿Cómo es su rutina de escribir, sigue algún protocolo o la inspiración le surge libre, caóticamente…?
Hay que levantar tres columnas en que se sostiene la novela, según sea el tema que usted escriba, pero también ha cambiado el concepto de novela. Los franceses o los rusos tenían un método lineal, seguían una meta. Ya no es la escritura como una carrera de caballo, pero hay que tener una disciplina, si no se van las ideas.
¿Los premios que ha recibido han cambiado su vida de alguna manera?
Hay que tener mucha modestia, no ser como pavo real, ser siempre sencilla con el compromiso de seguir escribiendo por su provincia, por su país. No encuentro porqué te vas a poner presumida. Sigo siendo sencilla, amable con la gente. Somos seres humanos todos somos hermanos, el blanco el negro.
¿Cómo le gustaría que la recordemos?
Leyendo mis libros…si es que decido morirme (ríe).
Tomado de revista Rocinante



