Por Leonardo Parrini
No hay idea más perniciosa que la obsesión de un niño con la eventual muerte de su madre. Yo viví mi infancia, obsesionado con la posibilidad de que, María Elena, mi madre, desapareciera de mi vida en forma trágica, intempestiva, para siempre. Esa persistente obsesión de orfandad me atormentaba acompañada del pánico a la soledad, cuando aún no cumplía los diez años. Regresaba de la escuela y, al voltear la esquina de la calle Maruri, esperaba encontrar la casa maternal incendiándose y mi madre pereciendo abrazada por las llamas. Con el pasar de los años, la idea persistía bajo la pesadilla de quedar huérfano a corta edad.
En la adolescencia, la muerte de mi madre cobraba la forma de un accidente, una enfermedad incurable o un desastre natural que terminara con su vida. De hecho, mi mejor amigo en el colegio, Ricardo Cabal, perdió a su madre a los 16 años de edad, y esa circunstancia nos unió al fragor de la tragedia como dos camaradas frente a la muerte ineluctable del ser amado.
La pérdida del ser que uno ama, es de alguna manera el temor al revés más drástico en la vida. Pero no era un amor sano, había sido contagiado por el mal de la inseguridad con el síndrome del desamparo y extravío, sin el ser que me señalara el camino.
Cuando salí de mi país de origen, Chile, para radicarme en Ecuador, el tiempo y la distancia difuminaron mis temores y la relación con María Elena se tamizó, a través de la profusa correspondencia que mantuve aquellos años con mi madre. Nos escribíamos al menos dos o tres cartas por mes donde narrábamos el acontecer cotidiano de nuestras vidas. El tono de aquellas cartas era tal que, disimulábamos el tiempo y la distancia que nos desunían, hablando en tiempo presente sin reconocer un pasado o un futuro distantes, sin estrecharnos en un abrazo.
Yo le mentía, engañaba a mi madre acerca de la verdad de mi existencia diaria, sin contarle las verdaderas vicisitudes que me deparaba la vida para no preocuparla. Ella enfatizaba en su anhelo de saber de mí, de reencontrarnos y sentirnos juntos. Mi vida en esa correspondencia no tenía altibajos.
Por esos años pudimos vernos en cuatro o cinco oportunidades en los viajes que hicimos, mutuamente, ella a Quito y yo a Santiago de Chile. Las estadías nuestras eran meses de intenso diálogo durante entrevistas grabadas por las noches, consumiendo innumerables tazas de café. De esos coloquios surgió mi libro, La Hora del Lobo, en el que narro, autobiográficamente, los años que permanecí al lado de mi madre.
La idea de su ausencia definitiva se fue disipando, adoptando una forma de resignación anticipada hasta concebir su carencia como algo natural. Habíamos interiorizado tanto nuestras vidas que nos sentíamos irreductibles ante la tragedia de separarnos. Un día el tono de mis cartas asumió su eventual alejamiento final como un hecho posible, y me liberé del temor a su desaparición. Para que aquello ocurra, hubo de pasar algo extraordinario: había hecho mío su ejemplo de mujer luchadora y generosa, de ser humano íntegro y valeroso en sus ideas frente a la vida propia y la de los demás; entonces concebí la posibilidad de que ella permanecería viva para siempre durante mi vida si asumía su enseñanza ejemplar, si vivía cotidianamente su ejemplo. La muerte de mi madre ya no existía, María Elena viviría a través de mí.
Pero la vida como la muerte, son igual de inexorables. Mi madre al fin y al cabo murió un 24 de febrero del 2008. Fue un domingo luego de un accidente cerebrovascular ocurrido veinte días antes que la había dejado en estado vegetal, inconsciente. Recibí la noticia como un hecho esperado, asimilándolo como quien equipara el dolor a la serenidad. Mi madre había descansado finalmente a sus noventa y dos años de edad. Como nunca antes se hizo tan evidente su ejemplo que hice mío al evocar sus actos de vida como la mujer que a su edad cuidaba de enfermos en la Iglesia del barrio, la madre que tejía y destejía un pulóver para su hijo, en espera de entregárselo en su siguiente viaje que nunca realizó; la bordadora de sueños que no se hicieron realidad hasta que me dijo en mi cara que había fallado como hijo por mi ausencia definitiva de Chile, sin retorno. Aun me estremece la intensidad de aquella sentencia que escuché en silencio con la cámara en la mano, mientras le grababa sus palabras durante una entrevista. Aun no disipo la duda, sin el derecho a hacer mi vida independiente era superior al derecho de mi madre a tener su hijo a su lado.
Aquel domingo cuando recibí la noticia de la muerte de mi madre me aislé del mundo, recluido en mí. Caminé largas horas por las calles de la ciudad en solitario recogimiento. La muerte, como la vida de mi madre junto a mí, era un asunto entre ella y yo. En su ausencia, mi soledad ahora era real y, por tanto, la asumí literalmente. Me dirigí a una iglesia, Santa Teresita, de similar diseño arquitectónico que la iglesia de las Carmelitas del barrio Independencia en Santiago de Chile, donde mi madre solía llevarme de niño. El sitio me resultaba familiar y, por tanto, el encuentro con su presencia ausente sería natural. No tuve motivos religiosos eclesiásticos para asistir a esa iglesia aquel domingo, a duras penas suelo asumir un misticismo ateo ante la vida conventual, que me resulta notable por su austeridad, aislamiento e interiorización con uno mismo.
No asistí al entierro de mi madre por recomendación de mi cardiólogo. Pero mi mente y mi espíritu volaron cinco mil kilómetros hasta Santiago de Chile para estar a su lado.
Hoy en una nueva efemérides de su partida, María Elena aun no se ha ido de mi vida, permanece a mi lado, vigía de mis pasos, amparo espiritual y compañía. No se irá, porque vive en mí memoria, a través de su ejemplar existencia.



