Por Leonardo Parrini
Luego de la muerte de Sebastián Piñera dos preguntas claves continúan sin respuesta en Chile: ¿es Piñera el padre de la derecha chilena?, ¿qué pasará con la tendencia en su ausencia?
Para aventurar una respuesta hay que comprender que leer lo que resume la prensa de ese país acerca de la historia de Piñera equivale a leer una novela de Balzac, donde se entremezclan las tramas de negocios, vida social e intrigas políticas. La sola estimación de su fortuna publicada por la prensa supera los tres mil millones de dólares, cuya mayor parte de esos recursos permanecen en portafolios financieros en el exterior, fuera de Chile.
La historia del imperio de Piñera se remonta a los trágicos años ochenta de Chile, marcados por una sistemática violación de los derechos humanos a manos de la dictadura de Pinochet, la crisis económica y las protestas nacionales en contra del régimen militar. Una etapa clave de la historia de Piñera es su paso por Citicorp Chile, empresa donde ejerció de gerente general entre 1980 y 1987. Una característica de la gerencia de Piñera fue que el ex político-empresario llevó a destacados egresados de la Universidad Católica a trabajar con él, conformando un equipo que ocupó cargos en el sector empresarial y, posteriormente, en sus dos gobiernos. Al final del día, la obra de Piñera fue el resultado de un intento sistemático que se remonta a la dictadura que lo lleva a ocupar un lugar privilegiado en los negocios del sector financiero, desde donde ejerció influencia en numerosas industrias en las que participa, directa o indirectamente, a través de discípulos o familiares, en una permanente tarea de formar cuadros técnicos que se desplazaron entre el Estado y el sector privado.
La paternidad de Piñera sobre la derecha política incluía su empeño por restituir la unidad del sector para convertirla en una alternativa de gobierno, bajo la visión de un neoliberalismo ortodoxo. Piñera, en ese paternalismo político, no fue un sujeto intachable ni tampoco un excepcional estadista. Su personalidad, según observadores, representaba fielmente la moral del hombre de negocios descrita por Balzac, “basada en la codicia, la búsqueda de la maximización de las ganancias y una visión del Estado un poco más sofisticada que Milei, como un instrumento útil para el emprendimiento de los privados”.
Es necesario recordar que Piñera termina a su mandato con la peor marca de un presidente desde el retorno a la democracia en Chile. Su familia ligada a inversiones en paraísos fiscales e indagado por irregularidades financieras, y sometido a un proceso por violaciones a los derechos humanos. Entonces, la verdad es que al final del gobierno de Piñera, de la derecha fragmentada no queda casi nada, su liderazgo en la tendencia se mantiene hasta octubre del 2019, momento en que pierde ese sitial en pleno estallido social. La causa es simple: Piñera no fue capaz de hacer una propuesta que dé cuenta del vacío constitucional que generó la revuelta de octubre del 2019 y que la derecha extrema trató de llenar políticamente con una propuesta inaceptable, mientras la grieta sigue abierta en una crisis que Piñera no pudo resolver.
Para saber qué papel jugará la supuesta paternidad de Piñera sobre la derecha de su país, se precisa tiempo. La expectativa de su legado continúa siendo una polémica en Chile y lo que de ese legado deja para el mundo conservador. Lo más probable es que no haya una guerra al interior de la tendencia por ocupar el lugar de Piñera, sino más bien por sintetizar las facetas de su legado en una propuesta que le permita a la derecha disputar la dirección de un gobierno. Los muertos no llegan a presidentes. Habrá que ver quién es el político que hereda e interpreta, naturalmente, el legado de Piñera.
¿Qué le espera a la derecha sin Piñera?
Algunos de sus partidarios se alegraron, después de la muerte de su líder, con el hecho de que “él alcanzó a ver cómo estaba creciendo en las encuestas”. Recordemos que el ex mandatario terminó en 2022 con una aprobación entre 15% y 20% y una desaprobación de su gestión del 80% -según encuestas Mori y Cadem-, lo que habla por sí mismo de un fracaso en la presidencia. Al final de su mandato se revelaron inversiones de su familia en paraísos fiscales y un caso de irregularidades financieras, luego fue sometido a indagación por violación a los derechos humanos y crímenes de lesa humanidad, por la respuesta que su gobierno dio a la protesta en octubre 2019. Por estas razones Piñera termina replegado al interior de la tendencia, y emerge el protagonismo reformista de Gabriel Boric que llega al poder en 2022, frente a una derecha fragmentada. Piñera no fue capaz de levantar una candidatura fuerte con una propuesta contundente y el ganador de la primera vuelta fue el representante de la extrema derecha, José Antonio Kast, al que se vio obligado apoyar Piñera en una segunda vuelta. Kast se instala como líder del sector apoyado por toda la tendencia y por la familia militar. En este contexto, Piñera pierde la hegemonía de la tendencia frente al liderazgo de la derecha radical y en ese instante nadie atribuyó a Piñera un liderazgo capaz de dejar una herencia ideológica o un legado político, tampoco nadie lo vio como el guía de la derecha, según observadores. No era el padre de la derecha ni del sector conservador. Sin embargo, Piñera no se resignó, pero tampoco habría esperado los elogios y las afirmaciones inspiradoras que se emiten ahora después de su trágica muerte que lo señalan como “líder e imitar por sus grandes cualidades, capacidades de trabajo, inteligencia y sustantivas ideas”.
Últimamente su figura se había recompuesto en las encuestas y se le proyectaba como candidato a la presidencia de la derecha en el 2025. El ex mandatario seguía siendo parte de liderazgos en la derecha y la ultra derecha en disputa, sin ser un representante hegemónico, ni representar la única alternativa de la tendencia, peor para superar las controversias. Como bien señalan observadores, “Piñera era demasiado democrático para ser el líder indiscutido de la derecha”.
La interrogante colateral es, ¿habría Piñera sido capaz de movilizar a su sector convenciéndolo de no caer en la tentación de los extremos, para lograr su proyecto de darle a Chile “una derecha moderna, dialogante y comprometida con la democracia liberal»?
En ese sentido la muerte de Piñera le sirve a la derecha, porque ahora tendrán menos oposición dentro de su conglomerado, se abre así un momento de disputa interna entre el sector ultra de la derecha y aquel más moderado. Esta disputa esta matizada por una suerte de consenso en torno a la personalidad de Piñera. La prensa chilena recoge expresiones como: “Piñera es el líder más notable que ha tenido nuestro sector en su historia”. “Perdimos a un gran líder político…es una pérdida muy grande”. “El líder más importante en los últimos 50 o 60 años de la derecha chilena”. “Tuvo un compromiso irrestricto y genuino con la democracia liberal”, pero también que “fracasó en configurar de manera definitiva una derecha liberal”.
Lo que probablemente se verá en Chile es una lucha interna por tratar de capitalizar los votos de ese sector de derecha y que se veían mejor representados por Piñera. Pasado el funeral y el pesar inmediato que produjo su muerte, Piñera seguirá siendo un punto polémico, respecto de cuál es realmente su legado, dónde radica su influencia y guía y si será verdad que es un líder indiscutido de los sectores conservadores del país.
Después de Piñera queda una derecha fragmentada, y se ve claro que desde esa derecha se instalará con fuerza lo que llaman “su legado”, su rol como “aporte a la democracia en Chile”.
Algo sí es evidente: Como sea, fallecido Sebastián Piñera, pareciera que ahora sí se convirtió en “el” líder. Quizá la respuesta que haya que esperar es si, en efecto, Sebastián Piñera se convierte en el padre del sector conservador de Chile.
El tiempo lo diría.



