Por Leonardo Parrini
Una de las más dramáticas afirmaciones acerca de la forma de ser del país, provino del intelectual Jorge Enrique Adoum en su célebre libro Señas particulares: Ecuador es un país sin vocación de futuro. ¿Qué nos habrá querido decir Adoum, que vivimos arrastrando el lastre romántico del pasado, que marcamos el paso en un presente sin avanzar hacia destino alguno?
Creo que se refería a la falta de proyecto país, a una ciega práctica política sin norte, atada al libre albedrío de los hacendados decimonónicos que nos impusieron sus conservadores designios, y luego, de los burócratas setenteros que nunca supieron cómo darnos gobernanza con justicia social.
Sin embargo, una certera verdad contradice todo criollo vaticinio: No hay tal país ingobernable, lo que hay es falta de gobernantes. Esa misma verdad muestra sus constantes: el cambio no viene solo, la unidad es un imperativo de las fuerzas transformadoras, la orgánica política garantiza la continuidad de los procesos sociales, la formación política mediante la educación es condición sine qua non de un movimiento de masas, la crisis prevalece cuando lo viejo muere sin que lo nuevo nazca.
Ecuador ha vivido muchos años en crisis, se diría que su forma de ser es la crisis frente a la perspectiva de cambio. Desde los años setenta con la industrialización e institucionalización del país, la recuperación de la democracia, el reformismo progresista y el neoliberalismo en pañales. Proceso de cambio interrumpido en el nuevo siglo por la felonía y la incapacidad del reformismo progresista de mantenerse el poder.
El país contradictorio
La contradicción neoliberalismo/democracia tiene hoy en día un nuevo significado. Sus proyecciones no son formales o exclusivamente instrumentales, como lo fue la eliminación de la dictadura militar con la recuperación democrática de los años setenta. Dicha contradicción está determinada en la actualidad por un contenido concreto que es el tipo de sociedad que expresa y a la vez modela la institucionalidad política del país.
El Ecuador que queremos es un enunciado que anticipa el proyecto que daría vocación de futuro al país. Se han hecho diversas alusiones al combate a la corrupción, a la inseguridad provocada por la violencia delincuencial, a la inequidad social del modelo, pero ninguna importancia al rol protagónico del Estado, a la unidad de los partidos transformadores, como una condición habilitante de cambio de esa realidad. Proyecto reformador progresista interrumpido en el 2017 que debería ser retomado en la actualidad bajo la forma de lucha por un nuevo país, que es el Ecuador que queremos.
El nuevo Ecuador que intenta abrirse paso, supone la desmilitarización porque no se puede vivir eternamente en guerra contra nadie, y la restitución del Estado constitucional e institucional de derechos sociales, incluidos la seguridad y la estabilidad laboral que tiene a los trabajadores a los principales interesados. Somos los trabajadores a los que el neoliberalismo ha fragmentado, dividido en sectas, de manera que sean los sindicatos los que luchen por los salarios, las mujeres por sus asuntos de género, los pueblos originarios por sus derechos étnicos y los jóvenes por el medioambiente, todos sin una visión de proyecto país. A todos, el neoliberalismo nos ha dividido como sujeto social y como movimiento de masas al ritmo de una tecnología alienante que pretende reemplazar a la ideología como visión política y social.
Y el reformismo progresista, de algún modo extraño, le hace el juego. No referirse a la construcción de una sociedad que supere los antagonismos de clase, es quitarle todo el significado que la idea de cambio tiene y las posibilidades de reconstruirse y de reconstruir un movimiento popular pleno que debe reivindicar el futuro en un proyecto con vocación transformadora y no solo reformadora de la actual realidad nacional.
La resistencia que puso la restauración conservadora auspiciada por Moreno y luego por Lasso en su proyecto neoliberal, puede adoptar hoy la forma de neofascismo como Trump o Milei. La unidad de las fuerzas transformadoras es condición para impedirlo y proyectar un proceso de cambio social hacia la construcción de un nuevo país.
El Ecuador que queremos no solo reclama vocación de futuro, sino vocación de cambio y fundarse en la convicción de que el cambio social y político no será un producto espontáneo o evolutivo de una sociedad que se resiste a morir, sino de la práctica y del involucramiento de movimientos sociales orgánicos en la lucha política.



