Por Leonardo Parrini
Una de las emociones primarias del ser humano, sin duda, es el miedo. Asunto que subyace bajo la inseguridad como noción del temor, convirtiendo a la inseguridad en un tema recurrente de nuestra sociedad: la sociedad del miedo.
Siendo un sentimiento irracional, a través del miedo se pretende racionalizar la conducta humana individual y el control social desde los estamentos del poder. Divide y vencerás, atemoriza y dominarás, parece ser la máxima de todo gobierno en el poder. Le asiste mucha razón a Norbert Lechner cuando afirma que un modo de morir antes de la muerte es el miedo. La gente se muere de miedo.
Y el miedo como emoción primitiva e incontrolable, puede responder a un peligro real o imaginario. En cualquiera de los casos, la historia muestra que el miedo ha sido utilizado por instituciones religiosas, políticas, militares y educativas para la consecución de sus objetivos. De allí que, como señala Spinoza, es terrible que el pueblo pierda el miedo. A partir de entonces se vuelve ingobernable. La gobernabilidad tiene que ver con la seguridad y ésta con el miedo, la inseguridad es símbolo de muerte. Por eso acaso será que los miedos son motivo de manipulación, presa útil de manejo a través del cual las campañas del miedo pretenden funcionalizar y adueñarse de los temores ciudadanos para disciplinar a los colectivos.
El miedo opera sobre un sustrato ya existente reproduciendo los fantasmas creados por la familia, la educación, el sistema político a través del discurso. El miedo, en tal sentido, es una narrativa que busca instaurar una versión de la realidad magnificada. Esa versión temerosa y única de la realidad opera como agente de disciplina que mantiene el orden, porque se sostiene por recelo al castigo. Esa perturbación rige la conducta como una sensación de angustia alimentada por un sentido de culpa ante la proximidad de un daño real o imaginario.
La angustiosa percepción de culpa atañe a todos los hombres. Todos los seres humanos sienten miedo. El que no tiene miedo no es mortal, dice Sartre, y eso no tiene nada que ver con el valor.
Decíamos antes que la inseguridad es un tema recurrente hoy en la sociedad ecuatoriana, convertida en la sociedad del miedo. Y esa percepción colectiva se expresa en forma inversa a la seguridad ciudadana que implica estar libre de temor, sentirse sin amenazas contra la seguridad personal y colectiva. Por eso es que el miedo social se construye políticamente como una estrategia de gobernanza. Y se lo hace a través de un discurso, por lo general mediático, edificado desde el poder oficial por medio de rumores, noticias que conforman una versión nueva de un suceso.
En los tiempos actuales, Ecuador es un ejemplo de construcción del miedo, por un discurso oficial impartido desde el poder a través de los medios masivos. Dicho discurso ha materializado en la narrativa mediática una suerte de victimización social, propiciada por la percepción de ineficiencia policial y judicial. Instancias inherentes a la seguridad que pretende ser reemplazadas por la acción militar de unas fuerzas armadas no capacitadas específicamente para ese propósito. El 9 de enero de 2024, el presidente Noboa emite el decreto 111 en el que agrega una causal al estado de excepción con el reconocimiento de conflicto armado interno, que indica que el crimen organizado se ha transformado en un “actor no estatal beligerante” e identifica a 22 grupos terroristas en el país. Con lo cual las Fuerzas Armadas entran a operar, lo que implica poner la seguridad interna a cargo de quienes no están entrenados para el tema.
Jugando con el factor confianza, y su contrario la desconfianza, se ha manipulado esa certeza trasladándola de una institución a otra, otorgando a la fuerza militar el control interno del país en un proceso de militarización y acción bélica de impredecibles consecuencias. No obstante, esta estrategia del poder muestra sus limitaciones, puesto que, “una política de seguridad construida sobre el temor tiene un alcance limitado porque su durabilidad depende del temor y no de la búsqueda de cohesión social y de una cultura de la prevención”, como bien señala Lautaro Ojeda en su texto Miedos, poder y seguridad.
Sin embargo, el poder tiene imperiosa necesidad de traducir el miedo en vigilancia, como uno de los principales mecanismos de control. Así lo demuestra la historia en la utilización del miedo para la dominación del poder, sea político o religioso en la búsqueda de sumisión y obediencia social.
Ojeda lo expresa con meridiana claridad: “Todas las instituciones que han tenido el poder han utilizado el miedo para conseguir sus objetivos: las instituciones religiosas con el pecado (el premio y el castigo), las instituciones políticas con el delito (lo correcto y lo incorrecto), las instituciones educativas con el saber (lo apropiado y lo inapropiado), las instituciones económicas con el trabajo (lo productivo y lo improductivo.), el miedo es la emoción política más potente y necesaria”.
De ese modo se crea la cultura del miedo que, sin duda, agudiza la demanda de seguridad y exacerba el deseo de “mano dura” y se soslaya así el problema de fondo, las causas que generan la violencia y la delincuencia, como apunta Lechner. Se abre así la puerta a un universo de arbitrariedades que, tal y como lo conocemos de nuestra lamentablemente rica experiencia latinoamericana, no augura nada bueno.
En los gobiernos de Moreno y Lasso se nos hizo creer que frente a las masacres carcelarias no había nada que hacer, al final del día, que se maten entre los delincuentes. Cosa inaceptable, puesto que muchos detenidos están sin sentencia condenatoria. También se difundió la idea de que el regreso de la base de Manta solucionaría los problemas de inseguridad, cuando la inseguridad se debe al debilitamiento del Estado con la consecuente pérdida de la capacidad estatal de control de la justicia y del uso legítimo de la fuerza.
Ese discurso estimula un círculo vicioso en que el poder genera temores para potenciar el miedo ciudadano, con amenazas de mayores desastres, en caso de omisiones o acciones, convirtiendo al miedo en factor de rentabilidad política. Un ejemplo lo constituye las declaraciones del ministro de Finanzas del actual régimen, Juan Carlos Vega, cuando advierte de las complicaciones que tendría el país, y que la propia dolarización está en riesgo, si la Asamblea Nacional no aprueba el proyecto planteado por el presidente de la República, Daniel Noboa, del incremento de tres puntos en el IVA.
Cierto es que el miedo debe ser enfrentado, y se lo hace conociendo su origen, sus mecanismos de manifestación y difusión. Más temprano que tarde Ecuador, la sociedad del miedo, comprenderá que el miedo une, pero excluye, con miedo el poder profundiza la desconfianza, estimula el control y la vigilancia. Nos vuelve cada vez más aprehensivos temerosos los unos de los otros y de la vida misma.



