Por Leonardo Parrini
Hoy que se cumplen 67 años de la partida de Gabriela Mistral, acaecida el 10 de enero de 1957, evoco el último adiós que brindó el pueblo de Chile a la poeta del mundo. Gabriela Mistral había ingresado a la habitación 420 del hospital de Hempstead, Nueva York. La poeta volvía a estar en el recinto que había visitado en octubre de ese año por una anemia y síntomas de agotamiento, patologías que se sumaban a una diabetes, reumatismo, problemas cardíacos y al cáncer de páncreas que la aquejaba. Cuatro días después de recibir el año nuevo se marcó la tendencia definitiva: Mistral entró en un estado de coma y perdió la conciencia. A las 4:18 de la mañana del 10 de enero murió la escritora chilena.
Era el suyo un rostro duro como el cactus del desierto del Valle de Elqui de donde había germinado la poesía de Gabriela Mistral. En el sereno rictus de muerte en ese sarcófago que dejaba ver su humanidad ya sin vida, no había la ternura con que cantó a los piececillos de niños azulosos de frio, de los infantes desposeídos de su Chile natal. Había, en cambio, la serenidad de la vida vivida a plenitud y de la muerte recibida en paz.
Allí estaba Gabriela ahora recibiendo el último adiós de sus compatriotas, solitaria como la estrella en la bandera chilena, aunque éramos miles quienes nos habíamos dado cita fúnebre ante el féretro de la poetisa del mundo, mujer sencilla y enérgica como el pueblo que la despedía. Allí yacía la poeta popular -Premio Nobel de Literatura- que escribía versos en un cuaderno apoyado sobre sus rodillas.
Mi madre me había llevado hasta la Catedral en la Plaza de Armas de Santiago, esa mañana del 21 de enero de 1958 cuando las campanas tañían a muerte, doblaban lentas con la lentitud de la fila de feligreses que avanzaba esperando su turno llegar hasta el ataúd de Gabriela para darle un último adiós con un rezo, una palabra o un beso dedicado a su frente serena como la muerte.
La estación estival animaba sudores, esencias de cuerpos avanzando por un constreñido sendero que conducía a la multitud de ciento setenta mil personas, según la prensa, hasta el cadáver de la Mistral que ya tenía varios días de haber recibido honores de pompas fúnebre en el Salón de Honor de la Universidad de Chile. Ahora esperaba su transitoria morada en el Cementerio General de Santiago; y, finalmente, luego de ser exhumando su cuerpo el 22 de marzo de 1960, llevarlo hasta a su última morada en el cementerio de Montegrande en el Valle de Elqui, al norte de Chile.
Yo llevaba esa tarde entre mis manos unos versos de Gabriela, su dedicatoria de aquellos versos dedicados a los niños, resultaron una premonición: “Después de muchos años, cuando yo sea un montón de polvo callado, jugad conmigo, con la tierra de mis huesos. Mejor quiero ser el polvo con que jugáis en los caminos del campo. Decid cuando me tengáis en vuestras manos, un verso hermoso y crepitaré de placer entre vuestros dedos. Y cuando hagáis conmigo cualquier imagen, rompedla a cada instante, que a cada instante me rompieron los niños de amor y de dolor”.



