Por Leonardo Parrini
La descomposición social del país desembocó en un estado que jamás debió desembocar: en un estado de guerra. ¿Cómo se pudo llegar a esta situación? La respuesta es diversa. Frente a la violencia no se llega a mayor violencia, así como así.
En la práctica, la violencia provocada por la delincuencia organizada ha ido escalando desde motines carcelarios, sicariato callejero, secuestros selectivos, hasta atentados con explosivos y ahora la ocupación y captura de rehenes de una estación de televisión. De igual manera, de acciones esporádicas y aisladas, pasa a la ejecución de actos de violencia coordinados y con capacidad de impacto generalizado a escala nacional. Adicionalmente, la delincuencia deja en segundo plano el enfrentamiento entre bandas, para actuar de manera conjunta contra el Estado.
El propio Estado había renunciado, hace poco menos de una década, a su rol de precautelar la paz y el orden social, disminuyendo sus responsabilidades y recursos. Un Estado debilitado, reducido en sus tareas que pretende delegar al sector privado, abandonó su responsabilidad histórica frente al progreso y a la inclusión social. Desde hace un tiempo el neoliberalismo de Estado dejó de serlo de una manera clásica y se convirtió en libertarianismo anarco-capitalista, que por primera vez se observa en Ecuador en el “intento por construir la utopía del mercado libre y de la empresa privada absoluta, sin Estado”.
De cara al nuevo neoliberalismo anarco capitalista, el Estado actúa con total ausencia de políticas públicas, sociales y de seguridad, y restringe su accionar a eventos de emergencia que, de manera excepcional, -estados de excepción- se plantea responder a la delincuencia con medidas aisladas y repetitivas, que no han brindado ningún resultado satisfactorio.
El neoliberalismo hace rato que viene confundiendo desarrollo con modernismo, cambio social con reformismo. La pregunta pertinente es si el neoliberalismo trajo algún “desarrollo” para América Latina. Sin duda, ocurrió un claro avance y modernización del capitalismo en América Latina, la región más inequitativa del mundo. Bien constata el historiador Juan Paz y Miño que en Ecuador se viene consolidando un bloque de poder empresarial-neoliberal y derechista, constituido en 2017 por el gobierno de Lenin Moreno (2017-2021), que ha convertido al país “en el más inseguro de América Latina durante ese gobierno y más profundamente en el de Guillermo Lasso (2021-2023)”. De esta situación se percató la delincuencia organizada que, a ratos, pasa de hacer su narco negocio para ejercer un terrorismo desafiante al Estado e intimidante a la población.
De manera intuitiva la delincuencia percibe, además, la falta de políticas de seguridad y sabe que solo se enfrenta a medidas emergentes como son los estados de excepción, y ahora, la libertad de acción militar y policial en el uso de armas letales, etc.
Frente a esta situación la delincuencia cuenta con licencia para matar y, esta vez, plateó una provocación de violencia terrorista, ante la cual el Estado respondió con guerra ¿Se dejó provocar o es la solución correcta? La historia lo dirá. Por ahora, la historia nos ha dicho que la primera víctima en una guerra, es la verdad.
Frente a esta inédita realidad la ciudadanía reclama un Estado protagonista.



